Coronavirus y modernidad líquida. Y los Rolling Stones.

The Rolling Stones / Jay Dickman (1981)

Estamos en 1971. The Rolling Stones empiezan a grabar su nuevo disco “Exile on Main Street” en Francia. Se han fugado de Inglaterra porque les persigue su agencia tributaria, como youtubers pioneros. Así que se van a la playa, y en los años 70 qué mejor sitio podrían encontrar que Cannes. Se cuenta que la grabación del disco fue un auténtico despropósito. Se la pasaban tomando drogas para “desayunar, comer y cenar”, el descontrol era la norma. Cuando les apetecía tocaban; cuando no querían tocar, se iban a dormir o de juerga, o se ponían hasta arriba de alcohol o cualquier merca, preferiblemente heroína. Después de tres días de canciones de porquería, de pronto surgía una obra maestra. Puro movimiento browniano. Ni el productor Jimmy Miller se escapó de tan tremenda joda. ¿Era posible obtener cualquier cosa mínimamente decente así? Así fue como, anárquicamente, se grabaron las 18 canciones del primer álbum doble de los Stones, que como método sólo tuvo ninguno. Todo eso para desesperación de Mick Jagger que contaba “tuve que terminar de producir el disco yo mismo; no hubo otra manera, porque por allí sólo había borrachos y yonquis“. No había orden, pero surgía el concierto. Cuando a Keith Richards le preguntaron sobre ello, contestó “Me, I’m just happy to wake up and see who’s hanging around. Mick’s rock, I’m roll“. Si buscamos metáforas, si Mick Jagger es sólido no hay duda que Keith Richards es líquido.

Tras la palabra “líquido” fácilmente pensamos en agua. O en la lluvia. O en el mar. A Bauman la palabra líquido le inspiraba “vida”. La vida que viviríamos todos en una sociedad moderna… líquida. En su libro del año 2000 “Modernidad líquida”, el filósofo alemán Zygmunt Bauman nos presentaba a la sociedad que aparecía en el nuevo siglo. Una sociedad donde el individuo actuaría y cambiaría más rápido y más a menudo, para fusionarse y adaptarse a otros hábitos y rutinas. Velocidad como paradigma en una permanente evolución que no podría ser ordenada, controlada o, ni siquiera, racionalizada. Paradójicamente, la liquidez se iniciaba con la modernidad que nos otorgaba la computación: en 1971 la Intel Corp diseñaba el i4004, el primer microprocesador en un chip de 4 bits, y en 1981 IBM comercializaba la primera computadora personal por 5.000 dólares, en la que podía instalar por 100 dólares un sistema operativo llamado MSDOS de una empresa desconocida: Microsoft. Mientras la computación facilitaba la construcción de orden, progreso económico y la globalización, la humanidad se desordenaba. Escribe Borges en “Fragmentos de un Evangelio Apócrifo”: “Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena...”. En la vida líquida, en la moderna sociedad líquida, individuos o instituciones no pueden mantener la forma o el rumbo por mucho tiempo. Parafraseando a Borges, en nuestra modernidad lo más sólido que podríamos construir serían castillos de arena construidos en arena

Times Square un viernes de 2020 / Angela Weiss – AFP-Getty Images (2020)

¿Es 2021 un año líquido? Eso parece. Vivir en la era del coronavirus resulta otro desafío más en nuestras vidas, ya sobradamente complejas. Seguimos estupefactos comprobando como las estructuras sociales y políticas existentes siguen sin herramientas suficientes para reconducir la situación. Paradojas de la modernidad, ante un nuevo desafío global, esta vez sanitario, los gobiernos nos proponen soluciones individuales: cuídate, protégete, sepárate, cierra. La sociedad se remodela a gran velocidad, y aún no sabemos cómo quedará tras el coronavirus. ¿Recuperar la normalidad? ¿Cuál? Sin guerra fría, con el terrorismo yihadista confinado, y sin un Donald Trump al que pegar todos los días, el coronavirus es el nuevo enemigo global. En este largo 2020, se han dado opiniones de todo tipo sobre un posible “cambio de era”. incluso en este blog. Entre todos estos ensayos, destaca el artículo de Yuval Harari que publicó el Financial Times en marzo de 2020. Ahí, el autor del best seller “Sapiens” analizaba cómo quedaría la sociedad global tras superar el virus. Según Harari, habría un control mayor sobre los individuos, el Estado, a través de la inteligencia artificial y del Big Data, nos vigilaría/protegería/controlaría, justificándolo en el riesgo de una nueva cepa vírica. Un año después, en febrero de 2021, Harari regresaba al Financial Times. Harari constata el éxito “sin precedentes” de ingenieros y científicos para no haber detenido un mundo confinado y obtener vacunas en un tiempo record. Constataba, también, el fracaso de la política: sin coordinación, sin alianzas, sin planes y (como sugería un año antes) tentada de aprovechar esta oportunidad para controlar a sus votantes, ahora, digitalmente.

Por su parte, el filósofo coreano Byung-Chul Han residente en Berlin, escribía en marzo de 2020 sobre cómo China o Corea del Sur controlaban con éxito la pandemia. A diferencia de Harari, el Dr. Han no consideraba el control tecnológico como una posibilidad: para él ya existía. China y Corea del Sur son sociedades culturalmente muy organizadas, obedientes y con modernas tecnologías implantadas, que facilitan el control tecnológico de sus gobiernos. Además, confían más en el Estado que en Occidente, lo que permite jefaturas más autoritarias. Han, de todas formas, no justificaba ese éxito sanitario en la tecnología, sino en el civismo. A la vez, exponía la paradoja de Occidente: no aceptamos el control digital del gobierno, pero nos desnudamos en las redes sociales sin excesivo pudorUn año después, Han escribió de nuevo sobre la pandemia y el efecto de la tecnología la sociedad: el coronavirus sería un catalizador de los males de las sociedades modernas. Zoom y el teletrabajo como reflejo del individualismo que prima no dejar de producir de la forma que sea; producir sin riesgo, antes que socializarnos, compartir, juntarnos o tocarnos con riesgo. El coreano-suizo-alemán planteaba en medio de la pandemia en “La Desaparición de los Rituales” como sin la socialización y sus formas perdemos la ultima estructura “sólida” que nos queda. Así, el distanciamiento social del otro, si bien nos protegería del contagio del virus, podría inocularlos otras patologías: “la distancia social destruye lo social”. Vivimos en permanente en comunicación pero sin comunidad. Juntos digitalmente, pero separados humanamente. Han escribe con desesperanza: “Ninguna alma habita dentro del enjambre digital”.

Zoom, un dia cualquiera / Forbes (2020)

Con esta peste moderna, este “golpe del destino” que díria Bauman y que ha sido 2020,  quedamos presos de lo que, también, Bauman denominaba “temblores existenciales“: las personas separadas de la comunidad a la que pertenecen ven debilitar su sentimiento estable de identidad, sintiéndose más vulnerables. Si algo recordaremos de 2020 es la precariedad con que vivimos el aislamiento o, incluso, la soledad. Miguel de Unamuno escribía en el “Del sentimiento trágico de la vida” que “Lo más santo de un templo es que es el lugar al que se va a llorar en común. […] No basta curar la peste, hay que saber llorarla”. Muchos hemos tenido que llorar solos la desgracia de esta peste moderna. Nos faltó el hombro del otro o de la otra donde llorar. Sin más visión que la nuestra, hoy el futuro nos parece más peligroso: lleno de dificultades, restricciones, protocolos, test, vigilancias… ¿Nuestro objetivo en la vida es realizarnos o, simplemente, que no nos pasen cosas malas? Gran signo de interrogación. 2020 se llevó cualquier ilusión de control engañosa. Si alguna lección hemos aprendido, al menos como individuos, es que ya no podemos controlar el mundo: ni siquiera nuestro mundo. Esta inseguridad nos convierte en personas menos libres, obligadas a una reinvención continua, porque nuestra vida social está en continuo cambio. Si no éramos líquidos, ya no queda otra chance. La flexibilidad sería la única habilidad válida; las fortalezas podrían resultar discapacidades; la incertidumbre sería la única certeza. Bueno, y el omnipresente Zoom, claro. 

El artículo clásico de Garret Hardin “La Tragedia de los Comunes” ofrecía en 1968 una predicción del dilema entre individualismo y empresas colectivas, que seguramente resulta aplicable también frente a la pandemia. Hardin describió un dilema social donde la toma de decisiones individuales en una comunidad tenía siempre incentivo (el “free rider”). El problema se daba cuando todos actuaban egocéntricamente y de la misma manera, sin preocuparse por el impacto acumulativo en la sociedad. Ante la falta de cooperación, “los bienes comunes” se destruyen. La disyuntiva es: ¿hasta dónde el aislarse, el cuidarse, sería la solución, o hasta dónde hay que arriesgarse para socializar, para integrarse o colaborar? El problema supera la escala individual, y se enmarca en la escala colectiva de la vida. El filósofo Leiser Madanes, profesor de la Universidad de San Andrés de Buenos Aires, escribe en su corto ensayo “La Peste” sobre las plagas que ha vivido la historia de la humanidad. Para Madanes las pandemias tienden a romper el vínculo social, porque el otro -portador del contagio- nos resulta el enemigo. Miedo al otro. ¿hasta dónde el miedo nos protege y hasta dónde nos desarticula? Tras este año 2020 tan líquido, precario, vacío e incierto, no sabemos bien qué mundo viene. El futuro no nos promete rosas; hoy nos promete espinas. El mundo de nuestra cabeza tiene orden y reglas. El mundo que trastocó el coronavirus no se regirá por las reglas sino por los acuerdos, para que las reglas estén -de alguna forma- decididas por nosotros y no nos sean impuestas desde afuera. Habrá que aprovechar la tecnología, escuchar al miedo, cuidarse y buscar a los demás para ser más fuertes. No todos somos los Rolling Stones.

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Elogio al miedo

Ramy Kabalan (C)

Una de las palabras quién sabe si más estigmatizadas de la lengua española es “miedo”. Miedo a perder, miedo a morir, miedo al ridículo, miedo a fracasar… Miedo como sinónimo de bloqueo. Miedo, o la parálisis ante la duda. Miedoso como la etiqueta del cobarde. Miedo como estigma para aquél que no se atreve. Miedo, esa sensación de angustia que aparece cuando detectamos un riesgo, y al que nos enseñan que hay que ignorar: “Para quien tiene miedo, todo son ruidos” dejó escrito Sófocles en “Edipo Rey” en boca de Corifeo justo cuenta la epidemia asolaba Tebas. Miedo, como enemigo al que combatir: “El enemigo es el miedo. Se piensa que es odio, pero es miedo.” se atribuye a Gandhi, alguien que perdió el miedo con convicción. El miedo, esa sensación que nos enmascara la realidad como decía Rudyard Kipling: “Los peores embusteros son los propios temores.” El infravalorado Mark Twain también escribió en su día sobre el miedo: “Hay varias buenas protecciones contra la tentación, pero la más segura es la cobardía.”. El miedo sería una enorme barrera para disfrutar la vida con plenitud, no accesible para los cobardes.

¿Es malo tener miedo? No. ES ÚTIL, y mucho.

El miedo se justifica en la misma condición física del ser humano. Un bebé recién nacido no es como un ternero, que al poco de nacer se levanta y se mueve buscando a su madre para amamantarse. El enorme tamaño del cerebro del bebé humano le complica gestarse completamente dentro de la madre. Tras el parto, el cerebro sigue creciendo (1% diario) hasta alcanzar la mitad del tamaño del adulto a los tres meses. Nacemos siendo los seres más vulnerables de la Tierra y el miedo es nuestro primer mecanismo natural para sobrevivir. Imagine a uno de los primeros niños Homo Sapiens hace 315.000 años. Entonces las plantas constituían el 99% de la dieta. ¿Cómo distinguir una planta comestible de una tóxica? Las peligrosas no dan pistas, y ahí no sirve el prueba-error… A partir de los 18 meses, los bebes rechazan por regla general sabores o alimentos que no probaron antes, y en especial… las verduras. Nuestro ADN se ha perfeccionado para evitar que un niño perdido en un bosque se coma cualquier baya venenosa. El miedo a lo desconocido, como respuesta intuitiva para protegernos, está programado en nuestros cromosomas.

Pixabay (c)

H.P. Lovecraft escribió “La emoción más antigua y fuerte de la humanidad es el miedo”. en efecto, como homínidos somos muy eficientes gestionando de forma natural el “no”. ¿Van unidos miedo e intuición? Son respuestas psicológicas muy parecidas. En 2005, Malcolm Gladwell escribía su segundo libro: “Blink: The power of thinkin without thinking”. En ese libro, que fue superventas, el habitual escritor de The New Yorkerdesarrollaba la idea de que, al revés de lo que se suele pensar, nuestro cerebro es especialmente eficiente tomando decisiones rápidas y acertadas, mientras que muchas veces el exceso de información nos hace desviarnos de lo que es realmente relevante (la famosa “parálisis por el análisis”). En muchas ocasiones sabemos qué hacer de forma inmediata sin pensar qué debemos hacer. Instinto, reflejo, olfato, intuición, visión. Somos más esclavos de las emociones, de las decisiones que nuestro cerebro toma por su cuenta, que dueños de nuestro pensamiento. Primero actuamos intuitivamente y luego, con el diario del lunes, racionalizamos lo que hicimos desde el sesgo de retrospectiva. Somos testigos de vuestros comportamiento y redactores a posteriori.

Suele decir Nassim Nicholas Taleb (el autor del “El Cisne Negro”) al ser consultado sobre el miedo: “Yo te hago una simple pregunta: ¿prefieres que tu piloto de avión sea un pesimista o un optimista?”. La respuesta es evidente: nos convienen gestores pesimistas. Si en marzo de 2020 los políticos de Occidente hubiesen entrado en pánico real con el coronavirus, y no hubiesen optado por el “noes para tanto”, “les pasa a los demás”, “vamos viendo” (o la peor de todas: “todo saldrá bien”) quizás hubiésemos cambiado miles de muertos por la pandemia por ridículas peleas por latas de garbanzos en los supermercados. Estamos flojos en matemáticas. Nos cuesta entender las relaciones entre la curtosis (las formas de las funciones de distribución de probabilidad de eventos y, por tanto, la distancia a la que están las colas que indican los eventos improbables ya sean positivos o negativos) y el valor esperado (escenarios más probables en el medio plazo). Es el problema de las funciones de distribución de colas largas: un 99% de éxito no vale tanto como un 1% de desastre total: un pavo vive feliz, bien cuidado y sin problemas hasta la víspera del gran banquete. Sólo no ocurre lo que tiene probabilidad nula, el resto acaba pasando (la Ley de Murphy, vaya). La paranoia como estrategia de supervivencia como hiper-protección muy es útil, porque te permite llegar vivo a mañana. Los optimistas, que suelen creer en el principio de Pareto, están todos muertos en las colas largas de la función de distribución.

Brittany Payjack

Algunas reflexiones sobre el miedo como estrategia eficiente, algo tan útil como desgastante y que, por tanto, quizá no es para todos:

  1. El miedo te mantiene vivo: Hay que escuchar al miedo, porque es el mejor altavoz que nos da nuestro cerebro para poder sobrevivir. Nuestro ADN está programado para perpetuarse y el miedo es un mecanismo de supervivencia que se pone en marcha cuando el cerebro detecta peligros potenciales o evidentes (si actúa tarde) o incluso el riesgo. La mitad de las pequeñas empresas en Europa tienen miedo sobre su pervivencia, y el 75% de las empresas no duran más de 10 años.  El miedo al fracaso acecha al mundo del empresario: perder clientes clave, perder al mejor talento, equivocarse con un nuevo producto, quedarse sin financiación… Para los empresarios el coraje no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de persistir a pesar de ello. Es más, ¿El miedo a equivocarse en un importante reto puede impulsar el asumir proyectos más sencillos con éxito?
  2. El miedo motiva: esa terrible sospecha de que vamos a equivocarnos, de que fallaremos, de que no estamos preparados… Esa sensación angustiosa de que somos impostores ante la persona que realmente somos, débil y asustada. Pero el miedo a fracasar puede servir también para mantenerse alerta y concentrado. Es muy útil para cuestionarte todo el tiempo. En Netflix gestionan con cultura del miedo. Cuando un empleado es despedido, se celebra una reunión con los miembros del equipo analizando porqué; luego se envía un correo electrónico a otros empleados explicando lo que el desvinculado hizo mal. Es una práctica discutible, pues el empleado ya no puede defenderse, pero quizás también sea una potente herramienta de estímulo: ¿Estoy en el camino correcto?¿Podré con este reto? ¿Estoy haciendo lo mejor? El miedo como herramienta para plantear dilemas personales, o éticos, actúa como un motivador para ser mejor día a día. Es algo tan potente como peligroso: en ocasiones una motivación negativa desencadena otras emociones negativas. infundir terror no suele ser una formar de obtener resultados a medio plazo.
  3. Todos tenemos miedo: no existen personas sin miedo. Los psicólogos hablan incluso de 5 miedos universales: la mutilación (o la pérdida de una función natural), la parálisis (o sea, la pérdida de libertad física o mental), el abandono (que no la soledad), la humillación (la pérdida de la personalidad), la extinción (la no-existencia, vaya). Todos tenemos miedos, y todas las culturas admiran el valor. Y si bien el valiente era originalmente un guerrero, el concepto de valiente ha evolucionado en el tiempo. Hoy el valeroso no es un vencedor, sino aquel que hace el bien. Un virtuoso. Y es que el valiente también siente miedo, pero actúa «a pesar de su miedo». Ese comportamiento razonado se sobrepone a la intuición neurológica, y entra en la dimensión ética, razona José Antonio Marina. El valiente supera su miedo porque quiere hacer otra cosa; quiere hacer algo mejor aunque tenga riesgo. “Mi carne puede tener miedo; yo no”, decía Borges.
  4. No diga miedo: busque, si quiere, un sinónimo más positivo. “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo” razonaba con acierto Wittgenstein. Para Lacan la estructura del lenguaje se descodifica solo el inconsciente. El nombre de las cosas acaba modificando su significado. No todos entendemos las cosas de igual manera y el sesgo cultural modifica los significados más de lo que pensamos. Solo las expresiones matemáticas pueden ser “iguales” entre ellas. Las palabras siempre van a ser “similares”, en el mejor de los casos… No diga “miedo” y use otras palabras como “cautela”, “prudencia”, “sensatez”, “responsabilidad”… Dígase a sí mismo “de momento no estoy preparado” si le parece mejor. No hay que romper las barreras. Ni siquiera hay que saltarlas. Analice esa barrera mental y descubra como rodearla. No diga “miedo”, si no quiere; basta con que se refiera a su “M-ecanismo I-nterno E-special de D-iagnosis O-perativa”.
  5. El miedo, un generador de futuros posibles: analizar nuestros miedos equivale a conocer nuestras limitaciones. Temer nos puede permitir ajustar mejor nuestras expectativas. Al temer sobre el futuro de los mercados financieros, evaluamos qué podría salir mal y calculamos el resultado probable en función de un rango apropiado de escenarios alcistas y bajistas. “La maldición del ganador” solo la sufren los avariciosos, no los prudentes. Cuando una persona motivada por el miedo ajusta así sus expectativas, tiende a trabajar duro para asegurarse de superar sus retos. El miedo ya no es un freno, es una alerta sobre que podemos conseguir y qué no. La cigarra tenía miedo del invierno. Los paranoicos prometen poco, pero suelen tener futuro. ¿Gana quién mejor acierta o gana quién mejor corrige? El análisis pre-mortem puede ser una interesante forma de vida.

El miedo o, mejor aún, el pánico les salvarán en el largo plazo. En caso de duda sigan a sus miedos, que les protegerán mejor que lo que ustedes creen. Llevamos más de 300.000 años de experiencia en ese negocio.

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Goodbye, yellow brick road

MGM (1939)

8 de noviembre de 2013. El presidente emérito de la Universidad de Harvard y antiguo secretario del tesoro con Bill Clinton, Larry Summers, hablaba durante una mesa redonda en el FMI. En 16 minutos Summers puso sobre la mesa el principal problema de la economía mundial (hasta la pandemia del coronavirus). La sesión empezaba bien: “that a remarkable job was done in containing the 2007-2008 crisis”. Y luego un gran “pero”: “Four years ago, the financial panic had been arrested […]. But in those four years, the share of adults who are working has not increased at all”.  Summers hablada de “recuperación sin empleo”. Mejoraba la economía, pero sin generar ocupación. Esto no ha sido inusual en las grandes crisis, que cada vez precisan de mayor tiempo para recolocar trabajadores. Minuto 7: “I wonder if […] a set of older ideas that went under the phrase “secular stagnation” — are not profoundly important in understanding Japan’s experience, and may not be without relevance to America’s experience”. Summers recuperaba una expresión olvidada durante unos 80 años: el estancamiento secular. Ese término estaba asociado a Alvin Hansen, un economista discípulo de Keynes, que en los años 30-40 del siglo pasado planteaba si tras la Gran Depresión la demanda sería suficiente para impulsar la recuperación o (como el sugería) quedaría estancada perpetuamente en crecimientos mínimos, en una época histórica donde la demografía era el elemento principal para crecer económicamente y ser actor geopolítico. Pocos años antes, en 2011, el profesor Tyler Cowen había escrito “The Great Stagnation” y analizaba lo que parecía el haber llegado una meseta sin crecimiento. En los primeros años de la década del 2010, todo era pesimismo económico entre los tecnócratas.

Desde el crack de las puntocom en el 2000 (tasa de interés USA máxima 6,5%) y, más o menos, hasta 2004 (tasa de 1% mínima) cualquier desaceleración de la economía norteamericana, POR LA RAZÓN QUE FUESE, era seguida de una baja de las tasas de interés para impulsar la actividad. A esa política se la denominó “Greenspan put” por el Presidente de la Reserva Federal (Fed) entre 1980 y 2006 de la Reserva Federal. Detrás de esos “put”, solían ir ajustes del Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra. Hoy sabemos que esa etapa de crédito barato fue el origen de la Gran Recesión de 2007-2008. Ya sabe: una enorme cantidad de crédito en todos los mercados que, poco a poco, asumía inversiones más arriesgadas. Primero, en los mercados inmobiliarios, invirtiendo en hipotecas de menor solvencia y mayor riesgo de impago; más tarde, en las commodities (llevando el petróleo a más de 100 USD a inicios de 2008). Con esa liquidez inundando los mercados, la inflación empezó a aumentar (+3% anual desde 2005) y las tasas de interés empezaron a subir (hasta el 5,25% en 2007); se intentó bajar más tarde, pero ya no había tiempo. Primero llegaron las insolvencias; sin dilación, las quiebras. Y Lehman. Y todo cayó como un castillo de naipes. Tras el crack, se optó por recapitalizar la quebrada banca internacional a costa de la deuda de los estados; en noviembre de 2008 el G20, de forma coordinada, estableció un enorme programa mundial de estímulos monetarios y se bajaron (de nuevo) las tasas de interés para impulsar la recuperación, pero esa enorme burbuja de deuda soberana ni generó mucho empleo, ni impulsó mucho el crecimiento. De una crisis financiera, se pasó a una económica y, de ahí, a una fiscal.

The Economist (2015)

Cuando Greenspan se retiró en 2006, tanto Ben Bernanke como Janet Yellen siguieron con la política de ayudar a los mercados financieros en dificultades inyectando liquidez cuando fuese necesario. El “Greenspan Put” ya era el “Fed Put”. 10 años después de la Gran Recesión, la economía mundial crecía a un promedio de +1,78% (datos del Banco Mundial y la OCDE para el periodo 2010-2019). Inundados de liquidez, el estancamiento era el paradigma. Hoy pocos economistas dudan del diagnóstico de Summers en noviembre de 2013. Krugman, a los pocos días reconocía en su blog del New York Times el acierto de su compañero. Coincidía en la dificultad en buscar soluciones en la demanda, y también planteaba la duda sobre si solo se podría crecer y generar empleo sería a base de hinchar y explotar burbujas en un escenario de crecimiento vegetativo. Summers lo explicaba en 2013 así: “Too easy money, too much borrowing, too much wealth. Was there a great boom?”. Y ahí aparece la llamada “trampa de liquidez”. Aunque haya liquidez, en un escenario de bajas tasas de interés muy bajas e incertidumbre la tendencia es acumular el efectivo en depósitos bancarios o en bonos. ¿Lo duda?A finales de 2019  sólo entre Alphabet, Apple, Facebook y Microsoft tenían 328 mil millones de dólares en la caja). En efecto, aumenta el ahorro esperando a que, en algún momento, suban las tasas y mejore la rentabilidad de forma automática. En ese escenario se entiende porqué hoy los depósitos bancarios no rinden nada, las comisiones bancarias se han disparado o, incluso, muchos bonos emitidos por los países rinden tasa negativa (¡se paga por tener deuda soberana! pero se supone que no se perderá ese inversión con garantía de un estado… incluso España se añadió a ese exclusivo club de bonos soberanos que cobran por tenerse). El miedo ya no es ganar poco o perder con la inflación (que es muy baja). El miedo es a una gran corrección.

El “new normal” para Summers sería gestionar “an economy in which the zero nominal interest rate is a chronic and systemic inhibitor of economic activity, holding our economies back below their potential“. Pero en 2017 Donald Trump nombró a Jerome “Jay” Powell como Presidente de la Fed y, de a poco, este fue recuperando las tasas de interés deshaciendo la “política monetaria asimétrica” de sus predecesores (ante las quejas del propio Trump). ¿Habría un cambio de dinámica? No sabremos, porque entonces llegó el coronavirus. En marzo de 2020, las bolsas mundiales caían un 30%. Se cerraron las fronteras, los estudiantes de todo el mundo fueron a hacer sus clases por internet y se cerró todo aquello que no podía mantener suficiente “distanciamiento social”. El mundo se confinaba y un shock voluntario de demanda constituiría el experimento socioeconómico más masivo de la historia. La amenaza de la peor recesión desde la segunda guerra mundial motivó la mayor inyección de liquidez vista en menos tiempo: billones de dólares, yenes, euros, yuanes, pesos… Se calcula que a final de 2020, la deuda mundial supera los 270 trillones de dólares (el +350% del PIB mundial). Pero este problema ya venia de antes… En efecto, hay una enorme burbuja de deuda global; pero esta se compone de varias otras burbujas de deuda: deuda corporativa de las empresas, deuda de tarjetas de crédito, deuda hipotecaria, deuda de préstamos estudiantiles y deuda soberana emitida por los estados. El mundo está ahogado en deuday el desempleo mundial en 2020 aumentó un 8,3% afectando a 144 millones de trabajadores según la Organización Mundial del Trabajo, y el desempleo mundial llega a 220 millones de personas. En promedio la economía mundial cayó un -10% en 2020 y SI TODO VA BIEN se podrá recuperar un +5% en 2021 y de forma muy desigual por regiones…

IIF (2020)

Pero, pandemia aparte, ¿son los créditos bajos y de tanto billete emitido la única barrera al crecimiento? No. Hay varios y múltiples elementos estructurales. Por un lado, por la incertidumbre, se ahorra más y se gasta menos; por otro lado, cada vez somos más viejos (incluyendo a los trabajadores). El gasto social a los mayores se ha disparado: las pensiones han aumentado entre el 4 y el 7% del PIB mundial, y la atención a la vejez, del 2 al 5% del PIB mundial. Pero la jobless recovery se explica también por los cambios estructurales producidos en los mercados laborales por la digitalización. ¿Lo duda? Piense en cuantos diccionarios o enciclopedias tenía en casa hace unos años. La gratuita Wikipedia mató el negocio de las enciclopedias de 3.000 millones de dólares anuales. Nunca fue tan barato escuchar toda la música del mundo en streaming por 10 dólares al mes. ¿Cuántos CDs se ahorró? Ninguno. Simplemente no escucharía tanta. Según Nielsen, el consumo de música aumentó un +9% en 2020. ¿Y Netflix? Cine en casa cuando quiera. ¿Y Whatsapp? ¿Cuanto costarían todos esos SMS? Whatsapp o WeChat son gratis para matar al SMS. ¿Cuánto dejan de ganar las empresas de telefonía? El 5% de su negocio por culpa de todas esas apps… Con la digitalización consumimos más (envíanos más mensajes, llamamos más, compramos más, escuchamos más música) y lo hacemos más barato. O gratis. Es la deflación digital. Más consumo digital, mayor transparencia de precios comparables en la web, menores coses de distribución por optimización logística, y todo ello sin aumento de precios pero casi sin generación de empleo. Pero ¿lo digital mejora la productividad? No lo parece. Entre el año 1920 y 2004 la media fue de +1,47% anual. Entre 2004 y 2014, sólo del +0,54%. Es la famosa “Paradoja de Solow”: la era digital estaba en todas partes menos en las estadísticas de productividad.

El profesor Robert J. Gordon lanzó una teoría al respecto. Investigador en Northwestern, publicaba en 2016 el excelente “The Rise and Fall of American Growth“. Como Krugman o Summers, Gordon se centra en la oferta para explicar la desaceleración del crecimiento. Para ello realiza una evaluación histórica de1920 a 2014. La media del PIB entre 1920 y 2004 fue de más del doble (3,45%) que entre 2004 y 2014 (1,58%)… ¿Y la productividad? Casi el triple (1,47% frente a 0,54% ) ¿Como lo explica Gordon? Fueron épocas muy diferentes y con disrupciones no comparables. En efecto, la implantación masiva de las invenciones de la segunda revolución industrial de 1920 a 1960 (telefonía, electricidad, fordismo, taylorismo) o la introducción de la computación en el empleo moderno de la tercera revolución industrial de 1970 al 2000 (las TIC, el procesador de Intel, el computador personal o internet) fueron de implantación masiva. ¿Hoy? el 62,5% de la población mundial tiene acceso a internet y la Revolución 4.0 avanza con sus robots, inteligencia artificial y transformación digital ¿llegará al grueso de la población? Gordon un “Tecno-pesimista” concluye que las nuevas innovaciones no tienen el potencial de las anteriores, y que se cierne ante nosotros una etapa de baja productividad y crecimiento por varios “vientos en contra” (“headwinds”) que impiden crecer: la demografía de una población envejecida y demandante de recursos, estancamiento educativo endeudado para pagar su formación, desigualdad de ingresos y elevada burbuja de deuda que captara recursos al desapalancarse. En este escenario, los aumentos de PIB per cápita no van directamente al bolsillo… Gordon lo calcula: un deprimente +0,3% anual de aumento de la renta. ¿Qué nos espera en esta nueva década? ¿Cambios radicales en la organización de la sociedad y su crecimiento? ¿o simplemente estamos hablando de que vamos a ver nuevas apps? Decía Peter Thiel con ironía que “queríamos autos voladores, y en su lugar tenemos 140 caracteres”. El futuro no es lo que solía ser, y parecería que el camino de la felicidad, pavimentado con ladrillos amarillos y que lleva a la Ciudad Esmeralda en Oz, se desvió por la senda del estancamiento secular. ¿Y ahí? Sin crecer y con la demografía (en especial en el porcentaje de mayores) al alza, seguramente niveles de vida más bajos, menor empleo, mayores déficits presupuestarios, salarios más bajos y mayor desigualdad. Ya lo avisó Elton John en su día: “Goodbye, Yellow Brick Road”.

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Los felices años 20

“Ariel, listen to me. The human world, it’s a mess”

(Sebastián, “La Sirenita”, Walt Disney Pictures, 1989)

Raymond Coyne/Courtesy of Lucretia Little History Room, Mill Valley Public Library. © The Annual Dipsea Race

Llevamos un año desde que la discutida OMS advirtió de la detección de una nueva cepa vírica en China. Casi sin darnos cuenta, y desde que el coronavirus comenzó a extenderse, nos sumergimos en una “nueva normalidad”. El distanciamiento social, los confinamientos, las restricciones a la movilidad,  los cierres de negocios (temporales y permanente), el establecimiento de toques de queda o los hisopados nos resultan normales, cuando un año atrás era un escenario inimaginable. 100 años antes del SARS-CoV-2 de 2019 a.k.a. COVID-19 ya sufrimos una pandemia global. Fue la llamada “Gripe Española” (algunos sugieren que surgió en Kansas y otros que el primer brote apareció en New York) que contagio a un tercio de la población mundial (entonces de unos 1.800 millones de personas) y se calcula mató no menos de 50 millones de personas entre 1918 y 1919 (algunos lo elevan a 100 millones). Esa enfermedad, a diferencia del actual brote coronavirus, afectaba especialmente a hombres y mujeres jóvenes. ¿Tasa de contagios? 30%… ¿tasa de mortandad? 3%. Terrible. Hasta esa fecha no se había conocido en la Tierra pandemia igual. Mató más personas en un año que la peste negra del siglo XIV y mataba más gente en un día que la que mató el SIDA en 25 años. 

Pero después de 1919 llegó 1920. Muchas cosas pasaban en el inicio de los años 20 (del siglo pasado). Finalizaba la gripe, pero también la primera guerra mundial, el conflicto más devastador de la historia: 20 millones de muertos en 4 años. Se masificaban las mejoras tecnológicas de la llamada “segunda revolución industrial” (que eran anteriores), La industrialización en Europa y Estados Unidos avanzaba a toda velocidad: uso masivo de petróleo y electricidad, automóviles en masa (mi abuelo era uno de los tres únicos mecánicos de automóvil en Madrid en 1930), extensión del ferrocarril, abonos nitrogenados sintéticos… Mejoras en la organización del trabajo: el taylorismo dividía el trabajo tareas y el fordismo especializaba al trabajador en ellas. Sobre esa base se constituían los primeros grandes conglomerados industriales que buscaban economías de escala en la producción. Surgía el consumo de masas (Estados Unidos doblaba su riqueza en 10 años), aparecía una “nueva mujer” (podía votar, trabajaba y no tenían que lavar o limpiar como sus madres). El jazz, el charlestón, el Art Decó, el cine ¡sonoro!, bailar, la radio, la aviación, los discos…  Y si en Estados Unidos eran los “roaring 20s” (literalmente los “rugidores años 20” aunque con Ley Seca, eso sí), en Francia eran los “années folles” (los “años locos”) y en Alemania los “Glückliche Zwanziger Jahre” (los “felices años 20” de la República de Weimar). Alegría por todas partes.

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Hegel dejó escrito que todos los grandes hechos (y personajes) de la historia universal, aparecen dos veces. Y si a la gripe española le sucedieron los felices años 20, también a la peste negra le siguió el luminoso Renacimiento. ¿Sucederá esto con el SARS-CoV-2? Desde hace meses muchos autores buscan paralelismos entre esos resurgimientos felices, y un posible escenario post-COVID-19. Se supone que todos descuentan la existencia de una vacuna efectiva (es decir, que inmunice y cause menos de 1 muerto por millón por su aplicación) o que se desarrolle una fuerte inmunidad grupal. El CEO de Moderna (uno de los laboratorios que dispondría de una de las vacunas más efectivas) no piensa igual. Sea como sea, hasta entonces seguiremos con la distancia social, el lavado de manos, el uso compulsivo de alcohol en gel, los barbijos, evitar multitudes… Respuestas similares a las de hace un siglo. Y si bien el virus de la gripe española (H1N1) no desapareció por completo (se siguen encontrando trazas de aquel virus en otras gripes), la sociedad desarrolló una inmunidad colectiva. Un reciente estudio de Science apuntaba si el coronavirus (y sus mutaciones) se volviese endémico podría unirse al grupo de los que al igual que los cuatro coronavirus del resfriado común y el SARS-CoV-1 que hoy causan resfriados comunes en otoño e invierno. Quizás entonces lleguen los nuevos felices años de-2020-en-adelante.

El más citado entre esos optimistas quizá sea el Dr. Nicholas Christakis, investigador en medicina de Yale, que publicó hace unos meses “La flecha de Apolo”, y vaticina un brillante futuro… en 2024. Predice un 45-50% de población vacunada en 2022 y la recuperación socioeconómica en 2023. Y aunque el COVID mucho menos letal (0,5%-1% de mortandad) que la gripe española (3%), la peste bubónica (50%) o el Ébola (80%), los efectos de esta pandemia y sus cuarentenas sobre la sociedad sí podrían ser mucho más perdurables: telemedicina, rediseño de oficinas, teletrabajo, liberación de los centros económicos, afectación psicológica, y “no more handshakes”. Pero eso por un tiempo; luego, el despelote: “cuando las pandemias terminan hay una fiesta”, resume Christakis. Otros hablan del “Revenge Travel. En 1980 los chinos asqueados de años de revolución cultural maoísta se entregaron al consumo. La idea viene de ahí. Como ejemplo, los primeros desconfinamientos en Guanzhou implicaron ventas en Hermès de 2, 7 millones de dólares en un día. Según la consultora McKinsey, los viajes nacionales se han recuperado en China un 60%, y la ocupación hotelera aumenta gradualmente. No sería extraña una explosión del consumo asociado a la movilidad, el turismo de larga distancia o la acumulación de bodas y festejos varios, postergados durante dos años o más.

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¿Es replicable el entorno de 1920 al actual? No vamos a enfrentarnos a los vengativos y reprimidos consumidores, por lo que parece que el consumo se debería recuperar en uno o dos años… La enorme inyección de liquidez realizada por todos los bancos centrarles debería servir, además, para financiar nuestra adaptación a un mundo post pandemia más global, pero más distanciado que impulsarán la Cuarta Revolución Industrial: la inteligencia artificial (IA) y el aprendizaje automático o machine learning (ML), junto con las redes 5G, harán común a la realidad aumentada y virtual; el cloud computing extenderá y llevará a cualquier lugar y en cualquier momento nuevos servicios digitales; trabajo y aprendizaje se transformarán con herramientas de IA/ML aumentando la productividad global; el big data nos descubrirá con la analítica automática de miles de millones de datos lo que ignorábamos incluso de nosotros mismos; la internet of things (sumada al Big Data) interconectará todo liberando nuestros tiempo, transformando el ocio o incluso la agricultura. Y esta cuarta revolución, además, es verde: un New Green Deal, que consciente de nuestra fragilidad ante un minúsculo virus, asume los peligros del reto climático, abandona los combustibles fósiles y lleva las energías renovables a todas partes. Un optimista futuro resultado de la acumulación de todos los “best case scenarios” posibles que surgiría como respuesta a la pandemia. No me digan que no es tentador e ilusionante.

¿Pero sería esa cuarta revolución industrial tan inclusiva como la segunda? El matiz es otro: la segunda revolución industrial fue el origen del cambio en la sociedad, mientras que la cuarta sería su consecuencia. El impulso de la nueva tecnología llevó a la producción en masa y de ahí al consumo en masa. Hoy el reto es diferente: son los cambios en el comportamiento del consumidor los que nos llevan al cambio tecnológico. No sería lo mismo el push de la Segunda que el pull de la Cuarta. Pero no sólo es eso. Es plantear cual se antoja el eje central de esa transformación: la atomización del consumo y el acceso personalizado al individuo. La ultrapersonalización del producto. La individualización como eje del cambio. Parecería inclusiva, pero sería exclusiva: especial para usted. Hay datos de todos y chips para todos. Eso por no olvidar la extraordinaria concentración del sector de las infraestructuras y servicios digitales, concentrada en unos pocos grupos empresariales chinos y estadounidenses. Europa no está ni se la espera. Eso además de las enormes dudas que genera qué efectos tendrá la digitalización masiva sobre el empleo. Una cuarta revolución industrial que se antoja veloz, inevitable y profunda, aunque se intuye con enormes costes sociales.

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Marx completaba la cita de Hegel: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa“. Sin enfrentar a Marx, la historia no se repite: las personas y los contextos nunca son iguales. Pero si se trata de repetir al menos los eventos… ¿no nos faltaría la tragedia? Con el final de la década de los años 20 llegó el crack bursátil de octubre de 1929. Resaca del enorme proceso de expansión económica de los felices años 20, llegaba la Gran Depresión, que rápidamente se extendería a toda Norteamérica y Europa. Igual que en 1920 estamos agotados por una enfermedad. También hay un enorme desfase entre la economía real y la actividad bursátil como ocurrió entre 1926 y 1929. También, como entonces, los capitales inyectados en la economía (esta vez por los bancos centrales de todos los países) parecen estar destinados más destinados a la especulación y al corto plazo que a otra cosa. Pero en los años 20 las clases medias estadounidenses, consumían, prosperaban y se endeudaban con los créditos a bajo coste para entrar en la bolsa. “Buy now, pay later” como credo. Hoy el escenario para las clases medias trabajadores es muy diferente. Según la 6º edicion del Informe de la Organización Mundial del Trabajo ha traido una caída del 17,3% global de la producción y no menos de 495 millones de desempleados. ¿Estaremos en un nuevo 1930 y no en un nuevo 1920?

Y es que quizás el siglo XXI no haya empezado hasta 2020 y antes de festejar nada, tenemos todavía que gestionar sus pesadas herencias: la sobrepoblación, la crisis climática y ecológica, el envejecimiento de la población, la quiebra de todos los sistemas previsionales de seguridad social y el fin de las clases medias como las conocíamos. El coronavirus no habría sido sino el gatillo que habría disparado esta tormenta perfecta. Tras ella, al bajar el agua del tremendo tsunami de la pandemia, estábamos todos desnudos. «Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi» escribia Tomasi de Lampedusa en “Il Gattopardo”, aquella novela que igual que hoy contaba el final de una época. Crítica universal a esos cambios que se disfrazan de estructurales y solo son superficiales; donde parece que todo cambia, pero todo queda igual. ¿Será así la industria 4.0? La historia no se repite, pero los errores que se cometen muchas veces sí. ¿Estamos condenados a repetir el pasado? Si un libro retrató mejor que ningún otro lo que fueron los felices años 20 en Estados Unidos fue “El Gran Gatsby”. F. Scott Fitzgerald finalizaba su extraordinario libro así: “De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado”. Al pasado. Hacia ahí vamos. A una farsa con unos repetidos y desiguales Felices Años 20 o a la tragedia de una Gran Depresión del 29. O muy probablemente a los dos.

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Gambito de computadora

Imagen tomada de r/PixelArt

La pelirroja de grandes ojos lo puso de moda, sin duda, pero confieso que no me atrae el ajedrez. Sé cómo se mueven las piezas y poca cosa más. Me resulta muy complejo. Quizás por la cantidad de alternativas y posiciones. O por el tiempo que necesito para procesar un movimiento y analizar que pomo puede pasar después. Quizás no solo me parece difícil a mi. Tras el primer movimiento se nos presentan 400 opciones posibles. Después del segundo, se nos muestran 197.742 partidas posibles. Imagine. En 1950. Claude Shannon (el padre de la teoría matemática que fundamenta la computación) calculó el número de partidas de ajedrez posibles (las posiciones “legales”); obtuvo un 1 seguido de 120 ceros. Si este juego les parece difícil, sepan que existe otro que todavía lo es más: el Go o Weiqi (o en chino básico 围棋). El Go es juego de mesa, ya documentado en China hace más de 2.500 años. Consiste en colocar piedras blancas y negras en las intersecciones de un tablero de 19 x 19 (el tamaño más usual). Empiezan las negras; una vez colocada la piedra, ahí se queda. Luego se coloca otra, alternando colores por turnos. La idea básica es capturar piezas del contrario; esto ocurre cuando una piedra queda rodeadas por piedras de otro color. Parece fácil, pero no lo es. Para tener idea de la dificultad del juego, las posibles posiciones “legales” serían un 1 seguido de 172 ceros. Y eso que las piezas del Go no se mueven.

Parece que el Go es más “cercano” a la mente humana que el ajedrez (una única pieza cada vez es un único movimiento). Quizás, fue más sencillo programar computadoras que jugasen (y nos ganasen) a otros juegos en los que solo habia que calcular opciones. Hoy casi cualquier software de ajedrez nos gana fácilmente. En 1994, por primera vez un software (el Chinook desarrollado por la Universidad de Alberta) le ganaba jugando a las damas a un humano: Marion Tinsley. Tinsley solo perdió en su vida siete partidas: dos fueron con Chinook. Años más tarde, el 10 de febrero de 1996, en Filadelfia, el Deep Blue de IBM le ganaba por primera vez a Garri Kaspárov en una partida. No obstante, el programa perdía toda la serie de partidas programadas entre ambos por un global de 2-4. Aquel Deep Blue era capaz de calcular 100 millones de opciones por segundo. En 1997, en Nueva York, se disputó la revancha. Esta vez se organizó un torneo en condiciones de competición, con un “Deeper Blue” mejorado. Su mejor baza se basaba en una mayor potencia de cálculo: hasta 200 millones de posiciones calculadas por segundo. Kaspárov, que fue campeón entre 1986 y 2000, perdió en el sexto juego de una serie consecutiva (3,5 a 2,5). Una victoria de Deep Blue sería un espantoso hito en la historia de la humanidad declaró el campeón antes de empezar la serie que acabaría perdiendo.

Imagen tomada del Financial Times

En 2014 Google (en realidad Alphabet, su matriz) adquirió DeepMind. Esta empresa, fundada en 2010 en Londres, desarrollaba software de aprendizaje autónomo. Uno de sus fundadores era Demis Hassabis. Con 13 años, Demis era maestro del ajedrez, y llegó. ser el segundo mejor jugador del mundo en la categoría sub-14 (solo detrás de la famosa Judit Polgár). Demis calificaba entonces con 2.300 puntos ELO, que se usa para categorizar a los mejores jugadores de ajedrez. Para fijar ideas, el mejor Kaspárov tuvo 2.851 ELO… Pero volvamos a DeepMind. En 2010 ya no tenía sentido diseñar una máquina que te pudiese ganar al ajedrez. ¿pero y al Go? Demis, recibido como doctor en Neurociencia Cognitiva por el University College de Londres en 2009, se enfrentaba a un complejo reto: en el Go hay tantas opciones posibles que ninguna computadora las puede calcular todas. La solución no sería el calculo: sería aprender del error y usar la intuición. Así surgió el software AlphaGo. El código usaba las reglas del juego y luego empezaba a jugar contra sí mismo, aprendiendo mediante prueba y error. Su algoritmo se basa en lo que se denomina una red neuronal artificial “acelerada” (en argot “deep learning”). Esto es un código de programación formado por incontables nodos de cálculo interconectados en árbol, en un símil de las neuronas que forman nuestro cerebro. Un nodo no tiene una función concreta, pero a medida que van intercambiando información con otros nodos se “fija” información. A cada intercambio cierta información de entrada tiene cada vez más valor, y a partir de ahí se desarrolla un patrón de conocimiento. En otras palabras, el algoritmo puede aprender de forma autónoma con la nueva información que entra de forma recurrente.

AlphaGo no era, pues, otro software que realizaba infinitas series de cálculos como Deep Blue (que era puro “big data“, como Chinook). Tras 30 millones de partidas de entreno contra sí mismo el programa estaba listo para enfrentarse a un jugador profesional. Eso pasó en octubre de 2015. AlphaGo le ganó 5-0 a Fan Hui, su primer rival profesional. En marzo de 2016 se enfrentó al coreano Lee Se-dol, jugador 18 veces campeón del mundo. AlphaGo ganó 4-1 en la serie. Si están intrigados, no se pierdan “AlphaGo” el documental de Netflix (también colgado en Youtube), que se grabó durante las partidas con Se-Dol. En mayo de 2017, otra versión de AlphaGo (la “Master”) se enfrentaba a Ke Jie, el número 1 mundial de Go en Whuzhen. Redoble de tambores. Google DeepMind había ofrecido un millón y medio de dólares al ganador y trescientos mil al perdedor. Después de tres partidas de más de tres horas cada una, AlphaGo Master ganaba 3-0 al campeón. “Es implacable y despiadado” declaró Ke Jie tras la derrota. En 2017 Google Deepmind desarrollaba una nueva versión mejorada del software: el AlphaGo Zero. Si su versión anterior precisó de varios meses para poder competir, Zero lo consiguió en sólo 70 horas. En los test, AlphaGo Zero le ganó 100-0 a AlphaGo. En 2019, Se-dol se retiraba. “Aunque yo fuera el número 1, hay un ente al que no se puede derrotar” declaraba. La Inteligencia Artificial (IA) de AlphaGo Zero resultaba, simplemente, imbatible.

Imagen tomada de Quarz

La derrota de Ke Jie fue un shock en China, pero tuvo enormes consecuencias. Dicen que el mismo Xi Jingpin, impresionado por la derrota, se involucró en el desarrollo delo que iba a ser la estrategia china en Inteligencia Artificial (IA): el llamado “Plan de desarrollo de inteligencia artificial de nueva generación”. Mientras Estados Unidos recortaba su presupuesto de apoyo a la IA, China designaba cinco empresas para liderar su programa en el horizonte 2025: Baidu (un motor de búsqueda: el Google chino), Alibaba (comercio electrónico: el Amazon chino), Tencent (dueño de WeChat, el Whatsapp chino de 1.000 millones de cuentas), iFlytek (reconocimiento de voz, pura IA) y SenseTime (imposible de clasificar en un solo rubro, es hoy la primera empresa de IA del mundo). 12 meses después de la directiva de Xi, las inversiones en start-up’s chinas de IA superaban a las estadounidenses; 18 meses después China ya solicitaba más patentes que Estados Unidos, y triplica las de IA: 900 patentes en reconocimiento facial por solo 150 de Estados Unidos, por ejemplo. Cierto es que China tiene ventajas para el desarrollo de estas nuevas tecnologías: dispone de un mercado interno enorme, poca competencia internacional, capacidad de autofinanciación y la colaboración tácita de sus clientes de internet y telefonía (cuyos datos de más de mil millones de smartphones y 840 millones de usuarios de Internet se utilizan sin muchas reparos por parte de las empresas chinas con la aquiescencia tácita del gobierno). En septiembre de 2017 Vladimir Putin (en teoría no muy aficionado al Go) declaraba “quién lidere la IA liderará el mundo“.

Después de cuatro años de la derrota de Kei Ji al Go, la AI ya no es sólo Alphabet (por un lado con el universo Google, pero por otro con empresas como Deepmind, pero también Waymo en movilidad o Verily en aplicaciones médicas), o Facebook (dentro de Facebook AI están plataformas para su Marketplace como GrokNet o Densepose de aplicaciones de reconocimiento corporal y facial), o Microsoft, o Apple, o Amazon o Tesla (en realidad, su Autopilot, y eso es pura AI)… Hay multitud de nuevas compañías chinas que avanzan decididas en la AI: desde el reconocimiento facial aplicado a cualquier cosa (como Axon AI o IDentifyAI o también Amazon Rekognition, pero también la enorme Sensetime o la también china Megvii con el más conocido Face++), sistemas LIDAR y de reconocimiento visual aplicados a la automoción autónoma (como Nuro o Aurora Innovation), reconocimiento de voz para reconocimiento médico o como feedback de publicidad (donde las norteamericanas Suki AI o Affectiva capitalizan cientos de millones de dolares… pero también está la china Mobvoi que ha pasado de los Smartwatch al reconocimiento de voz -en chino- y procesado de lenguaje natural). China no tiene un plan: tiene una estrategia, y hoy lidera la gestion de datos (23,8%) frente a Estados Unidos (casi el 14% de los datos mundiales); Europa ni está ni se la espera. No obstante, en esta pelea por el liderazgo mundial en AI, China quizás, de suficiente capacidad de doctores y doctorandos en AI o la capacidad de desarrollo de nuevos y potentes microprocesadores, que sí tiene Estados Unidos. Más allá del ganador o perdedor, enormes cambios se avecinan con la implantación masiva de la IA en nuestra sociedad, ya sea impulsado por chinos y norteamericanos. Quizás nada de eso habría empezado sin alguien pensando en cual podría ser mejor movimiento para un peón en un tablero cuadriculado.



Después de 4 años largos, vuelvo a escribir en el blog. Mil disculpas a todos los seguidores. Mi proyecto profesional ha sido muy demandante desde 2016. Simplemente, no me quedaba tiempo para escribir con el compromiso que asumo para los lectores de este blog. Cada post son entre 300 y 400 horas de análisis, búsqueda, borrador, redacción, lectura, re-lectura y corrección (este post, por ejemplo, precisó 25 revisiones antes de publicarse). Estoy de vuelta y espero seguir aquí. Gracias a todos los que se quedaron, por su paciente espera. A los que se fueron, les espero aquí de nuevo. A los nuevos, que sepan que no les pienso defraudar.

David Ruyet
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