Uber, Zidane y querer romper paredes a cabezazos

La pantalla de Uber. Busque su modalidad de transporte, espere y viajeEn el verano de 2009  Garrett Camp y Travis Kalanick, dos jóvenes informáticos norteamericanos, diseñaron una aplicación denominada UberCab. La idea era sencilla: tras un click a una aplicación de un smartphone, un taxi (cercano y libre) te pasaría a buscar por dónde estuvieses. Esa app funcionaría de forma simple: creada una cuenta, entrados los datos de una tarjeta de crédito y un e-mail, cada vez que se solicite, UberCab buscaría el taxi más cercano por GPS tras triangular la ubicación de la persona y el auto, que llegaría rapidísimo. Lo de ‘Über‘ sería por el prefijo alemán, que significa “por encima de” o “más allá de“. Se trataba de un win-win de manual: taxi y cliente se pueden encontrar sin verse, sin llamadas, incluso estando uno muy cerca del otro. Eficiencia en tiempo, ahorro de combustibles y sostenibilidad en una misma acción. En junio de 2010 lanzaron el servicio UberCab (vea el video de cómo funcionaba la app hace 4 años) en la ciudad de San Francisco para smartphones con sistema operativo IOS o Android. La idea era atractiva, y consiguió más de 32 millones de dólares del Venture Capital norteamericano a final de 2011. Inversores convencidos de la idea son Goldman Sachs, Menlo Ventures o el Bezos Expeditions, de mi admirado Jeff Bezos de Amazon.

Pero las cosas se empezaron a torcer. A poco de implantarse, los taxistas de San Francisco protestaron. Eso se ha ido repitiendo en todas y cada una de las ciudades donde UberCab se ha ido presentando. En realidad, ya denominado como “Uber“, pues en 2010 la Autoridad Metropolitana de San Francisco prohibió del “Cab” -en inglés “taxi”- para “no llevar a engaños“. Porque Uber no sólo permite localizar taxis sin pasajeros cercanos, sino también otros autos con conductor (o sea sin licencia municipal) dispuestos a llevarte por un precio convenido, y que le han facilitado a Uber sus datos. Y ahí estaba el problema para los taxistas. Uber no sólo quería ser un localizador de taxis libres, sino algo mucho más ambicioso: el “everyone’s private driver” (como dicen en su propia publicidad). En otras palabras, localizando chóferes (cualesquiera) Uber pasaba a ser un comisionista P2P del enlace por GPS entre cliente y conductor por un trayecto convenido, tuviera o no de una licencia de la administración. Para los taxistas Uber era el nuevo Napster de su industria: un pirata que les iba a quitar lo que legalmente les pertenecía por su licencia. Para Uber los taxistas son unos retrógrados, que están anclados en un modelo de negocio obsoleto, cuando ellos sólo buscan beneficiar al consumidor. ¿Es realmente así?

Los taxistas en pie de guerra contra Uber

Los taxis los inventaron a finales del siglo XVI, los (sorpresa)  Taxis. Estos eran una familia de origen lombardo, llamada Della Torre e Tasso, que cambiaron su nombre a Thurn and Taxis cuando se radicaron en tierras alemanas. Ruggiano de Tassis estableció un servicio postal en Italia en 1580 y, más tarde, su nieto Franz von Taxis estableció un servicio de postas entre Holanda y Francia a principios del siglo XVII, y luego entre el imperio otomano del Rey Maximiliano I y el rey español Felipe I en 1604, de forma que les aseguraba llevarles el correo. Esse tipo de servicio en el siglo XV no era caro…¡era carísimo! pues debía asegurarse la inversión de los taxistas (o sea de los Sres. Taxis) para que con sus carrozas de color amarillo se llevase el correo de un lugar a otro en tiempo mínimo (aseguraban 15 días en verano y 18 en invierno, por ejemplo, entre Bruselas y Granada en el siglo XVI). De ahí que el servicio de licenciara, y hasta el siglo XVIII la familia Taxis mantuviese ese monopolio postal en buena parte de Europa occidental. Como con otras muchas cosas, el monopolio de la licencias de  transportes se mantuvo hasta el siglo XX, cuando se implanto el mismo modelo de monopolio público de taxi en las ciudades. De forma generalizada en casi todo el planeta el servicio de transporte de pasajeros con conductor se limita, otorgando un número limitado de licencias a algunos conductores mediante una concesión administrativa de permisos.

¿Tiene sentido hoy que el taxi siga siendo una concesión? Si se limitan licencias es para incentivar unas inversiones privadas difíciles de obtener en competencia. Esos monopolios artificiales tienen por intención asegurarle a un inversor su enorme inversión (como por ejemplo, la construcción y explotación de autopistas o la telefonía móvil). Es de suponer que en 1950 tuviese sentido que un taxista viese protegida su inversión en un automóvil de gasolina (que hasta Toyota era carísimo), y generar en ese sector una estructura de monopolio artificial (pues no se le pide a un taxista ningún mérito, garantía o capacidad especial). Sin embargo, hoy no parece que existan esas barreras para el sector. Así, limitar el número de taxis, equivale a que el consumidor pueda estar pagando más de lo que toca (si hay menos número de taxis de lo que se precisa, seguro que se paga más por ello). Eso lo podría confirmar el desorbitado precio de venta de las licencias de taxi en el mercado secundario (mire lo que piden en Argentina o en España). En Argentina (donde vivo) o Uruguay existen los populares remís. Ese servicio de transporte de pasajeros en auto, no son licenciatarios como los taxis, sino que te llevan de un lugar a a un precio fijo según acuerden cliente y conductor. Surgieron a final de los 90, como respuesta a la creciente inseguridad y pueden ser tan buenos o tan malos como cualquier taxi, pero generalmente el precio es inferior y sin sorpresas. Lamentablemente, el esquema de los monopolios artificiales que progreso, tecnología y educación han dejado obsoletos es muy común. Piense en las farmacias, los notarios, la venta de loterías, los estancos… ¿Tiene sentido limitar su número con una concesión sin ninguna exigencia especial? ¿Es lógico mantener esos oligopolios y sectores protegidos que el tiempo dejó sin sentido? parece que no…

Uber es la Start-up TIC más capitalizada del mundo

Pero ¿Y Uber? ¿Es tan altruista como parece? Que su valoración sea hoy de 18.700 millones de dólares, parece un enorme negocio de futuro para localizar taxis…. La ventaja competitiva de Uber (que vale más que Repsol) se basa en que sólo él dispone de una valiosa información (ubicación de clientes y proveedores en tiempo real) y que, por tanto, puede condicionar el proceso de fijación de precios al casar oferta y demanda. Cuando hay taxis disponibles, Uber baja el precio del taxi una media del 25%. Sin embargo, cuando no hay taxis disponibles, o mucha demanda (cosa que Uber sabe), su transporte Uber (el UberX) resulta bastante más caro. El algoritmo de Uber (el surge pricing) es similar al de compra de plazas de avión por internet: con más demanda y misma oferta los precios suben…  Algunos estudios muestran que el UberX es más caro más del 50% del tiempo. Hay casos documentados de abuso flagrante: el tipo de Nueva York que pagó 219 dólares por viajar 11 kilómetros, los precios 6 veces superiores al normal en Fin de Año, o cuando elevó los precios por el huracán Sandy, justificado en su “Dynamic Pricing System“. Las quejas obligaron a Uber a pactar con las autoridades de Nueva York unos precios máximos en situaciones especiales. Es obvio que Uber presenta un nuevo e interesante modelo de negocio, pero ¿este sistema es el que realmente se precisa? ¿El modelo obsoleto del taxi con licencia queda mejorado por el enorme poder que concentra Uber?

No sé si Uber tendrá éxito (hoy es la mayor start-up del mundo…), pero sí tengo claro que el negocio de los taxis con licencia (es decir la hiperregulación sin sentido) está condenado al fracaso. Nada justifica ya que un taxi tenga una licencia exclusiva… Es parecido a la suspensión que tuvo el ex futbolista Zinédine Zidane (uno de los mejores de la historia) para poder entrenar a un club de la segunda división española, al no tener licencia. ¿Era eso un problema? ¿Qué ventaja tiene exigirla? ¿Asegura el carnet de director técnico ser mejor? ¿Protege al socio de un club que Zidane -que lo ganó todo- no tenga carnet, y uno que nunca jugó a fútbol sí? Está obvio que no: se trata de otra barrera que dificulta la competencia y no añade valor. Uber no es un modelo de consumo colaborativo (aunque les gustaría ser un common social…), sino un algoritmo de generación de coste marginal cero (lo que Rifkin cuenta en “Marginal Zero Cost“…), todavía sin competidores y será necesario limitar esa posición dominante. Quizá aparecen cincuenta Ubers y usted podrá encontrar su taxi en la app que más le guste, igual que ahora llama directamente a la compañía de taxi que quiere. Quizá se obligue a Uber a hacer público su algoritmo, reconociéndole derechos como una patente. Qué sé yo…   En cualquier caso, y desde la visión de esa eficiencia económica, Uber está creando un segmento de negocio nuevo a partir de una commodity que complementa al taxi de licencia, que ha perdido su razón de ser (y, de paso, genera nuevos empleos). Sería otro ejemplo más de la famosa destrucción creativa que proponía Schumpeter (que ya se contó en este post de 2011), y contra el que queda claro que no tiene sentido pegar cabezazos como argumento en la discusión.

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¿Está muerto el activismo ecologista? “Podemos” como paradigma

La portada del famoso %22the death of environmentalism%22 com el no menos famoso y falso proverbio chino de que el simbolo de crisis es oportunidad y amenaza. Pues no

En Octubre de 2004 dos ecologistas americanos, Michael Shellenberger y Ted Nordhaus, presentaban un texto titulado “The Death of Environmentalism” (traducido al castellano aquí y aquí). Estos señores no eran, en absoluto, desconocidos; fundadores del Breakthrough Institute (algo así como “el instituto de los grandes logros”, centrado en propuestas para una nueva sociedad desde una visión claramente ecologista) tenían un interesante historial de activismo green. Durante la reunión anual de la Environmental Grantmakers Association, una relevante institución norteamericana donantes de fondos a asociaciones ambientales, presentaron ese provocativo texto que iniciaría un interesante debate sobre el futuro del ecologismo. Para evitar dudas le añadieron “políticas en un mundo post-ambientalista” de subtítulo. Y sabrá que el prefijo post + algo (post-moderno, post-romántico, post-material…) suele plantear la defunción del algo, a veces con la idea de renovar ese algo. El texto tuvo una amplia repercusión global, consiguió referencias en Wired o en el New York Times, y abrió uno de los más interesantes debates sobre ecología en esos años (como escribía “The Economist” en abril de 2005 en “Rescuing environmentalism“). Criticados duramente por los ecologistas históricos (como Sierra Club o Greenpeace) y nombrados “héroes” para otros, esos dos “bad boys“del ecologismo, abrían un más que necesario debate: la necesidad de actualizar en el siglo XXI un decadente movimiento ecologista-ambientalista.

Shellenberger y Nordhaus (norteamericanos), defendían la idea de que los grupos ambientalistas habían fracasado totalmente en su intento de cambiar la sociedad. Entendían que la acción ecologista ya sólo se significaba por ser poco más que un conjunto de actuaciones descoordinadas de protesta, aisladas, más cercanas a las de un simple grupo de presión, que a una alternativa real política o social. Desde su visión, tener un sesgo ideológico más social y menos ambiental habría herido de muerte al movimiento ecologista. Enfoques demasiado cercanos al neomarxismo, centrados en la problemática social, en un recurrente rechazo al capitalismo y a la tecnología, y por todo ello menos enfocados al ecologismo, habrían resultado fatales. Igualmente -decían- la apuesta por el litigio legal como principal línea de actuación  así como un mensaje catastrofista generaban un negativismo sin mucho recorrido. Curiosamente, el texto provenía de la mirada crítica del sector ecologista de Estados Unidos, un país que ha obviado demasiado a menudo al medio ambiente (que paradójicamente, y como se comentó en este otro post, no creen en el calentamiento global, pero sí en el ahorro energético). Tanto Clinton, como Bush Padre (con Rio) Bush Jr. (con Kyoto) o Obama (aún no sé si ha hecho algo, la verdad) nunca lo entendieron como un tema a incorporar en la agenda, o al menos hasta hace muy poco

"Cambia el sistema no el clima"; un interesante mensaje donde el activismo social canibaliza al ecologico. Y ni uno ni otro

¿Cómo surgió el ecologismo? El elevado crecimiento demográfico, el desarrollo técnico y científico y el propio devenir del hiperconsumista capitalismo occidental, marcadamente antiecológico, de finales del siglo XX, planteó a buena parte de la sociedad la necesidad de denunciar el riesgo a una catástrofe ecológica irreversible (aquí un post sobre el origen, las características y la personalidad del ecologismo). El movimiento ecologista surgía como puro activismo social, que SIEMPRE surge ante la debilidad o incapacidad de los partidos políticos tradicionales para representar los intereses y demandas (nuevas o no) de crecientes sectores sociales. En cualquier caso, el activismo ambiental no deja de ser un fenómeno reciente, opuesto SIEMPRE a las instituciones de gobierno existentes y que, en su origen, ocupó el espacio de las antiguas organizaciones de clase obrera, que en los 90 fueron sistemáticamente congeladas, jibarizadas o destruidas (recuerde este otro post) por el neoliberalismo. Fue el desinterés de los partidos tradicionales por la cuestión ambiental y ecológica, el que genero ese espacio de activismo; algo paradójico pues si existe esa inquietud social… ¿por qué no la asumen los partidos mainstream?

Era obvio que, con el tiempo, el original activismo off system de los ecologistas (como lobby más o menos estructurado), pasaría a la acción política real. Sus primeras iniciativas surgieron en Europa (Reino Unido, Francia y Alemania) a finales de los 70. Estos partidos suelen asumir dos ubicaciones en el espectro político tradicional izquierda-derecha: o cercanos a la izquierda marxista, alternativos, y con claras consignas antimilitares y antinucleares, o cercanos al conservacionista ambiental, más apolíticos y generalmente muy locales. Serían los llamados, respectivamente, verdi-rojos (algunos les llaman “sandías”, despectivamente: verdes por fuera, rojos por dentro) o verdi-verdes.  Sus resultados (ya sea como partidos ecologistas puros o como ecosocialistas) han sido conseguir una adhesión muy pequeña del electorado mordiendo cuota del tradicional electorado de izquierda, siendo su máxima aspiración llegar a ser “bisagras“. Sus mejores resultados (sobre el 10%) suelen darse en las elecciones al Parlamento Europeo o en las elecciones generales alemanas; sin embargo, en las elecciones nacionales de cada país (en Europa; testimoniales en el resto del mundo) suelen tener resultados entre el 1% y el 8% del total de votos emitidos (puede chequearlo aquí). Esto resulta también algo paradójico, pues si no existe nadie que esté contra el medio ambiente (¿conoce alguno?), entonces… ¿por qué no forma parte de las prioridades políticas del electorado?

El cartel electoral de Podemos; parace que si pudieron. La duda es si podran mas, pero los que quieran deberian fijarse en lo que hacen.

La durísima crisis económica en el sur de Europa ha generado espacio para nuevas formaciones políticas,como la Syriza de Alexis Tsypras o con el movimiento 5 Stelle Nacionale de Beppe Grillo, con un estilo y propuestas contrapuestas a los agotados partidos políticos existentes. En España Podemos, una iniciativa fundada en… ¡enero de 2014!, tendría hoy la intención de voto del 30% del electorado español. Otra cosa será su posterior capacidad para vertebrarse y subsistir dentro de un sistema político y, en especial económico, muy complejo. En realidad de Podemos interesa analizar la forma y no el fondo (que propongan lo que quieran y si les votan, que ganen: eso es la democracia). ¿Es posible diseccionar el éxito de Podemos en las europeas? (la que les dio 1,2 millones de votos en España…). De entrada, un equipo profesional, con politólogos, y gente muy motivada (qué saben lo que hacen); elevada personalización (no olvide que no se votan programas, sino rostros, maneras, líderes, marcas…); mensajes muy claros y lenguaje muy simple (“la casta” y otros elementos folklóricos de la rancia lucha de clases: “los de abajo y los de arriba“); ambición (“nos presentamos para ganar“); guiños intergeneracionales; ausencia de pasado y antecedentes (ni buenos ni malos); uso de las redes sociales (los militantes ahora son activistas) y la tranquilidad que da saber que no se tendrá que cumplir ningún programa y que, por tanto, se puede vender lo que se quiera… Pero lo cierto es que Podemos supo leer en el fracaso del movimiento 15M español (una explosión renovadora de ideas, aunque sin líderes, programa ni instituciones) cómo articular un liderazgo efectivo y claro, tomando su herencia (sus ideas). Nada nuevo ni original (vea su campaña en este video), pero sí muy efectivo, ayudado por la mediocridad de los soberbios, rígidos y trasnochados partidos tradicionales españoles.

Ese progresivo abandono del ecologismo del espacio central de la comunidad puede extraer, quizás, interesantes lecciones de la emergencia de Podemos. Probablemente lo que falló en el movimiento ecologista (totalmente fracasado como alternativa) fue la pérdida de la batalla de las ideas. El rechazo de soluciones pragmáticas, la deriva a la utopía permanente, la ausencia de transversalidad, la negación del análisis de costo-beneficio… Todo ello nos ha privado de un movimiento verde pensativo. Y aunque Shellenberger y Nordhaus certificaron la defunción del ecologismo clásico con el nuevo siglo, no es posible decir lo mismo del activismo social. Efectivamente, desde 2010 han surgido interesantes movimientos ciudadanos: las primaveras árabes, Occupy Wall Street, el citado #15M,  el movimiento pro vivienda asequible en Israel, la movilización estudiantil en Chile… y demás movimientos de ocupación (a todos los niveles) del espacio público y del debate. Todos ellos no son sino movimientos de reacción y protesta que, de entrada, quieren denunciar un estado de las cosas. No se centran en proponer soluciones; simplemente buscan poner de manifiesto la situación actual y exigir cambios (por lo general a los demás). Por esa misma razón, el actual ecologismo debe plantearse hacia dónde y de qué manera canalizar toda esa necesidad (insatisfecha) de los ciudadanos para integrar, articular, movilizar y representar sus inquietudes ambientales (y si quiere, por extensión, sociales). El progresivo empowerment de las comunidades, así como la posibilidad que establece la tecnología digital de generar procesos de inteligencia colectiva y, con ello, de enriquecer el debate, nos lleva a un escenario donde puede ser posible innovar y transformar la sociedad de un modo efectivo. Y eso sí que no podemos desaprovecharlo.

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¿Se acabó el trabajo? (y V): Epílogo

Pues no; para según qué parece que no se necesita personal...

Hace unos días la OCDE exigía medidas urgentes para reducir el desempleo mundial. La OIT, la agencia del trabajo de Naciones Unidas, contaba en su informe “Tendencias Mundiales del Empleo 2014” más de 200 millones de desempleados en el mundo en 2013 (202 exactamente; el 6% de la masa laboral mundial). Los más perjudicados son los jóvenes: hasta 74,5 millones de potenciales trabajadores de menos de 24 años están desempleados (el 13%, es decir más del doble de la tasa general)… Por regiones (¡atención!) el 45% está en… ¡Asia! pero no en América Latina (ya sabía yo que no me equivocaba viniendo acá…). La gran crisis del 2008 destruyó una enorme cantidad de empleos: más de 62 millones estarían asociados al crack. Si las cifras son desalentadoras, la tendencia según la OIT es… empeorar. Efectivamente, en los próximos 3 años se esperan hasta 13 millones de nuevos parados. Y si bien se crearían empleos, estos serían absorbidos por los trabajadores que se incorporan al mercado, con tendencia a aumentar el desempleo de larga duración (como se contó acá), el empleo precario y el informal (“en negro”, vaya).  Además, el previsible aumento demográfico hará más urgente crear nuevo empleo: la IOM estima que será necesario crear unos 600 millones de puestos de trabajo durante 15 años para mantener constantes las tasas de empleo. Parece complicado…

El siglo XXI, por tanto, parece que no varía la tendencia a la modificación estructural del empleo de toda la industrialización. La duda es qué estructura queda… Con el fin del XIX desaparecieron, a la práctica, los campesinos; con el XX, los obreros industriales. El XXI deja un páramo para determinados perfiles laborales. Cada nueva etapa del capitalismo, con sus disrupciones tecnológicas, ha ido finiquitando la workforce que la fundamentó. ¿La famosa destrucción creativa de Schumpeter aplicada al trabajador de a pie? Parece… A principios del siglo XX, los abonos nitrogenados sintéticos, que aumentaron los rendimientos productivos en el campo, transformaban las explotaciones agrarias. A finales, las revolucionarias TIC permitían transformar el capitalismo “industrial” del siglo XX en un nuevo capitalismo “financiero”, donde trabajador y capital dejaban de colaborar. En consecuencia, la cadena de producción obreros-ingenieros-directivos quebraba (recuerde el segundo post de la serie) buscando organizaciones más esbeltas. Los sucesivos progresos técnicos, además, expulsaban a todo aquel trabajador que no se pudiese adaptar al nuevo entorno. Las subcontratas sustituyeron a los obreros y las consultoras a los ingenieros. La externalización era el nuevo paradigma.

El aumento de la eficiencia técnica ha ocurrido más rápido de como se afrontó el problema de la absorción de la mano de obra; la mejora del nivel de vida ha sido algo demasiado rápida, el sistema bancario y monetario del mundo han evitado que la tasa de interés caiga tan rápido como equilibrio requiere“. Esto (sorpréndase) lo escribía Keynes en 1930 en un corto y célebre ensayo -en realidad una conferencia pronunciada en Madrid- denominado “Economic Possibilities for our Grandchildren“. Keynes, ya pensaba entonces en los efectos de la tecnología como generador de desempleo: “nuestro descubrimiento de medios de economizar el uso del trabajo va descompasado con la capacidad para encontrar nuevos usos para el trabajo”. Aumentar la productividad con la automatización reduce, en la teoría, el uso de mano de obra y aumenta los ingresos. Idealmente, en la teoría, eso genera una demanda de nuevos productos y servicios que, a su vez, crea nuevos puestos de trabajo para los trabajadores desplazados. Sin embargo, no ha sido así. Hoy la confusión es el nuevo paradigma. Los bruscos cambios tecnológicos y sociodemográficos de los últimos años -en un mundo de por sí demasiado complejo- han desequilibrado al sistema. Esperemos que sólo sea de forma transitoria.

¿Que aspecto tiene el trabajador del futuro? Premio para el que lo sepa..Los perfiles demandados hoy son muy distintos a los que se buscaban sólo hace unos pocos años. Como preveía Keynes, emergen nuevos perfiles profesionales ante el cambio tecnológico. Hoy el obrero urbano sin cualificación suficiente viene a sufrir tanto como el herrero o el trabajador en un telar cuando les cayó encima la revolución industrial. Occidente ya es un mundo sin fábricas y con una profunda histéresis en la persistencia del desempleo. No obstante, intentemos contestar a la pregunta. ¿Como va a ser el nuevo trabajo? Pensando en las economías -digámoslo así- más maduras, donde las interacciones entre agentes y sectores son más complejas, y el gran peso de la producción no es de la fabricación industrial a bajo coste, podemos intuir algunas tendencias (en orden aleatorio, por supuesto…).

1) Menor intervención estatal y peso de los sindicatos: esa tendencia parece irrefrenable. El peso de los sindicatos va a la baja, y el clásico asociacionismo salarial no parece que cuaje mucho en la masa laboral. La postmodernidad es, básicamente, individual. Sólo las economías llamadas “emergentes” (en realidad, ya emergidas), que han optado por el proteccionismo para defenderse de las potencias del G8, quedan como ejemplos de estatización, intervención constante o gran peso de lo público.

2) Necesidad de nuevos perfiles: el aumento de la productividad en un sector (causa de progreso) le obliga, a la vez, a eliminar empleos. Si hace un siglo algo se producía con 100 horas y hoy con 2, eso sólo admite: A) destruir empleo, o B) producir 50 veces más… Pero los progresos en un sector siempre liberan fuerzas para la producción en otro. A su vez, las máquinas evitan empleos que, en realidad, son innecesarios. Por tanto, el reto es pasar de la cantidad a la calidad. Reformarse y reformularse.

3) Desajustes geográficos: los trabajadores con habilidades deseadas pueden ser escasas donde se contrata, mientras que lugares con mayor desempleo pueden crearlo de manera insuficiente. Nunca olvide que las empresas siempre acuden donde el talento es abundante o donde los costes son bajos. “Movimiento es vida”, decía Brad Pitt rodeado por zombies. Razón no le faltaba.

4) Sectores: La gran pregunta es: ¿Cuál es la próxima big thing? ¿El cloud computing? ¿La Nanotecnología? ¿La Genómica? ¿La salud? ¿El cuidado de los mayores? La respuesta vendrá de las nuevas empresas que los emprendedores puedan crear – y destruir – con más facilidad que nunca, del acceso a los capitales inversores, y de la facilidad para constituir esas oportunidades de negocio.

5) Trabajar menos y mejor: el telecommuting (trabajar desde casa), la reducción voluntaria de jornada, las excelencias temporales no retribuidas, la promoción lateral (cambiar de tareas sin cambiar de empresa)… todos esos nuevos formatos, que vienen a ser algo así como “trabajar menos” o, al menos, “trabajar diferente” (y así conseguir un mayor estímulo), se espera que también vayan al alza.

6) Mantenimiento de las cotizaciones sociales en el cambio de empleo: La pensión privada, los ahorros personales y la Seguridad social son (en cada país según corresponda) esa parte del salario que cada vez puede ser más valiosa. Asegurar, por no decir blindar, esos capitales aportados, acceder a ellos, privatizarlos, etc. serán una variable que en los próximos años debería formar parte del paquete retribuido de cualquier trabajador, y que contribuirá a ser más flexibles.

Quiero trabajar

¿Desaparecerá el trabajo? Está claro que no. Porque, en el fondo, la historia del empleo es la misma que la de la economía, como ha podido ver en toda esta serie de posts. Desde la industrialización y el taylorismo, hasta su crisis en el ultimo tercio del siglo XX con el big downsizing, cuando la “economía social del mercado” ya presentaba cierta esclerosis. Ese modelo de crecimiento, de profunda inspiración católica, y creado en los años 40 como única y atractiva alternativa al socialismo-comunismo, entraba en apuros con la embargo del petróleo de los 70. La única forma de soportar ese escenario de costes crecientes (porque energía es economía), era una devaluación interior (en términos reales)de las economías occidentales tan consumidoras de petróleo como dependientes de él. En ese momento (tanto en el 70 como en el 79) fue imposible reducir los salarios (por el peso de los sindicatos), así que cayeron las tasas de beneficio. Sólo aumentaron los beneficios empresariales cuando el pleno empleo dejó de ser un compromiso de los gobiernos, los salarios dejaron de estar controlados por los sindicatos, y se reestructuró la base de la economía productiva en Occidente (pasando de industrial a financiera). Tecnología (las nuevas TIC) y política (el fin del comunismo y el triunfo neoliberal) cambiaron el mundo del trabajo para siempre. La desindustrialización de occidente y la gran globalización mundial son esta última etapa de un entorno laboral cada vez más “líquido” y exigente.

Por lo tanto, el trabajo no se acabará. Mutará en forma y número pero sin desaparecer. Porque, en el fondo, eso es el capitalismo: consumo y destrucción hasta un nuevo estado. Así que desespérense lo justo: los puestos de trabajo que se crearán en el futuro inmediato no se van a parecer a los que se han perdido; los que se acaban de perder, no podrán ser fácilmente cubiertos por los desempleados de hoy. El reto fundamental -a nivel individual y colectivo- es comprender cómo la naturaleza del trabajo está cambiando en cada momento, y cómo preparar a tantos trabajadores como sea posible para esos empleos del futuro, sin dejarse a nadie por el camino. Casi nada…  “La depresión mundial reinante, la enorme anomalía del desempleo en un mundo lleno de necesidades, los desastrosos errores cometidos… nos ciegan para ver lo que está sucediendo bajo la superficie y nos impiden alcanzar la verdadera interpretación de los hechos” decía Keynes en 1930. Probablemente fue así.  Probablemente es así. Probablemente siempre sea así.

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¿Se acabó el trabajo? (IV): la ley del precio único y las grandes burbujas)

La masiva incroproación de los chinos al empleo global

Año 2000. El paso de la economía industrial a la financiera, iniciado en los 80 en Estados Unidos y el Reino Unido, captaba nuevos adeptos entre las históricas socialdemocracias de Europa Occidental. Se extendía, pausado pero imparable, un modelo de crecimiento económico basado en el libre comercio y la libre empresa, aunque muy a menudo cercana al gobierno de turno (ya fuese bajo la fórmula del clientelismo, en los países latinos, o de los lobbys, en los anglosajones). Progresivamente, además, los sindicatos perdían su poder e influencia. Desde 1981 (el año en que Ronald Reagan acababa la huelga de controladores aéreos norteamericanos a lo bestia, despidiendo a 12.172 de los 13.000 amotinados) hasta hoy se cuenta una caída sostenida de más del 15% de las filiaciones a los sindicatos. Con la voluntad del nuevo modelo desde arriba, y sin mucha resistencia por abajo, se iría implantando un nuevo modelo laboral en Occidente. Estaba basado en los contratos temporales para los menos cualificados o los nuevos/jóvenes, conviviendo con contratos más sólidos y con derechos para los más antiguos. A la vez se establecían redes de protección social (básicamente de tipo económico), en la forma de salarios mínimos para los que trabajaban e ingresos mínimos para los que no (ya fuesen subsidios de desempleo más o menos largos, o rentas de inserción con intención de evitar las bolsas de pobreza). No obstante, esa red de seguridad laboral era muy desigual según el país o la región (20% de todo el gasto social en los países de la OCDE; menos del 10% en Asia), tanto en  importes, coberturas, o duración.

En paralelo, la globalización llevaba a China, India y Rusia al capitalismo (casi 3.000 millones de personas). Aunque implantaron algunas reformas liberalizadoras, el suyo era un capitalismo algo sui generis: autoritario, poco o nada democrático, y manejado directamente por el estado. Los emergentes (a los que se unían Brasil y Sudafrica para formar los BRICS) optaban por el proteccionismo de sus economías para crecer, y ese modelo les funcionaba muy bien (Rusia, Brasil, India y China crecieron un +7,9% entre 2000 y 2010). El éxito se basaba en su menor renta (que permitía asumir menores costes de producción) y en su poder demográfico. Y eso era un modelo muy atractivo para las empresas occidentales, que se volcaron a invertir y (des)localizarse allí (esos datos en un informe del Banco de España aquí). Ese modelo marcaba una ley de único precio a escala mundial. Esta teoría económica (no es una ley exactamente) predice que, si no existen barreras al comercio para un producto, no existirán dos o más precios para éste. Con la globalización de los mercados eso aplicaría también al trabajo… ¿Cómo? Fácil: si un tipo en Francia fabricaba lo mismo que uno en China, los dos deberían cobrar lo mismo, porque su producto costaría -al final- lo mismo. A la práctica eso implicaba que, o (1) se cobraba lo mismo que el chino, o (2) se iba al paro, o (3) se hacían las cosas que los chinos no sabían (todavía) hacer.

Porcentaje del sector industrial en occidente¿Y qué hacer? Muchos de nuestros padres vivieron tranquilamente de un grado medio o, incluso, sin estudios. Estar treinta años en una misma empresa no era habitual… De pronto, eso ya no era así. A finales de los 90, no sólo era habitual la rotación laboral, sino que los tiempos de recuperación del empleo en Occidente, tras una crisis, eran cada vez mayores: la revolución tecnológica de los 80 precisaba de nuevas competencias y era preciso reciclarse. El trabajador poco capacitado se había convertido a principios del 2000 en sobreabundante a nivel global.  No obstante, tener una licenciatura o ingeniería tampoco aseguraba nada…  Llegaban los mileuristas, o los JASP, y lo hacían para quedarse, con sus completos CV y… sus sueldos precarios. En su momento, el sistema educativo no había asumido la necesidad de formar en nuevas competencias. Las reformas eran postergadas una y otra vez. La brecha salarial ya generaba desigualdades educativas con formaciones de primera categoría en instituciones privadas, pero cada vez peores en la pública. Si no lo cree, sólo debe revisar la mierda de reformas educativas en España desde los 80, cada vez más mierdas, para entender la mierda de nivel formativo en España). ¿Qué consecuencias de derivaban? una clase media occidental muy poco flexible en lo laboral, sin una buena base técnica de conocimientos, y con ciertas carencias en sus competenciales personales.

Las tasas de la Fed y la generacoón de burbujas. Siempre explotan, pero la de 2008 fue la pera

Un poco antes, desde 1994 (más o menos) una locura inversora centrada en las Tecnologías de la Información y Comunicación (o TIC) recorría los mercados globales. Era el inicio del engorde de la burbuja punto-com. El NASDAQ reventaba en el 2000, después de la inyección loca de capital en muchas empresas que tecnológicamente aún estaban muy verdes como para ser una alternativa a los negocios tradicionales (por ejemplo, Amazon capitalizaba igual que  Alcoa o EBay como JP Morgan… absurdo en 1999). Detectar una burbuja, en el fondo, es sencillo: cuando halle un mercado donde hayan altos volúmenes de transacciones a precios muy distintos del valor económico fundamental, tendrá una. Y ya sabe que (aunque no se quiera creer) las burbujas siempre explotan… Así que a medida que la economía empeoraba en 2001, la Reserva Federal norteamericana (Fed) reducía sus tipos de interés de forma drástica. Greenspan seguiría esa política hasta 2004. Por su parte, el Banco Central Europeo seguía los pasos de la Fed y bajaba los tipos, sin subirlos hasta 2005 . Si bien facilitar el acceso a todo ese capital ilimitado e increíblemente barato tenía por objetivo que las industrias occidentales redujesen sus costes financieros y se adaptasen a ese nuevo entorno global, la realidad fue otra. Todo esa inundación de crédito, escarmentado en la burbuja tecnológica, se fue a otro lado: al mercado inmobiliario (en especial en Estados Unidos, UK, Irlanda y España).

Se creaba así una nueva burbuja (José García-Montalvo en 2003 ya decía esto), sin que a nadie le importase mucho. Y es que con esos negocios casi nadie pierde: la construcción es muy intensiva en mano de obra no cualificada, y con ella el paro cae muy rápido. Además, un aumento del valor de la vivienda favorece al votante medio (que suele tener alguna en propiedad). La revalorización de la vivienda entre 1997 y 2007 fue, por ejemplo en España del +191% según The Economist (la segunda mayor de la OCDE) y superior a la de Reino Unido (+168%) o Estados Unidos (+85%).  Igualmente, la nueva construcción generaba grandes ingresos fiscales para el sector público. Lo dicho, CASI todos ganaban. Con el doping de los tipos de interés bajos las clases medias, cada vez más empobrecidas, no tan sólo vivían del crédito y de comprar productos baratos hechos en China, sino que enloquecían comprando casas con créditos hipotecarios como nunca antes se vio. Además, se mantenía el consumo. El problema es que mientras el crédito fluía en las empresas no hacía falta ser muy creativo… La burbuja crediticia sumió a muchos países en una falsa prosperidad, con un mercado interno boyante, pero de pies de barro. Los planes optimistas de la gente se quedaron en eso: en simples planes. A la vez se generaba un enorme problema que sólo podría resolverse (como sabemos hoy) en el futuro.

La perdida de empleos en las recesiones del siglo XX. Esta clara que esta es la peor de todas..

Tras ese espejismo de economía boyante, seguía la descapitalización intelectual de los trabajadores occidentales. Los “blue collar” o incluso los “white collar” se veían obligados luchar por un salario estancado, en un entorno global de costes laborales deflacionarios (como vio en el post anterior). Elizabeth Warren y Amelia Tyagy detectaban en 2004 los efectos de ese nuevo modelo en su (re)conocido “The two income trap“: las familias occidentales, que disfrutaban de dos ingresos (la mujer ya se había incorporado al empleo de forma masiva desde los 60), no tenían mayor poder adquisitivo que la generación anterior, aunque disponían de un +75% de ingresos.  Muchos de los costos fijos de la familia subieron – cuidado de la salud, cuidado de niños, búsqueda de un hogar de tamaño suficiente, un segundo automóvil para que mamá llegue al trabajo, etc.-, pero a la vez  los servicios públicos bajaban en calidad y cantidad (aunque no así los impuestos que servían para pagarlos…). Como demostraban Warren y Tyagi, no era frivolidad en el gasto, sino que se trataba de la imposibilidad de la familia media de llegar a un escenario de confort en costes. En realidad, buena parte de los compradores de viviendas entendían que era una apuesta conservadora por la seguridad a largo plazo. Incluso más que el ahorro en productos financieros.

The double income trap, o como mas puede ser menos en el mejor de los casos

Efectivamente: porque la solución al problema a la creciente desigualdad no era otro que expandir y facilitar los préstamos a las familias (tuvieran ingresos altos o bajos…). En realidad, facilitar el crédito permitía no afrontar los problemas reales por parte de los políticos. Se obviaba la necesaria reestructuración de las empresas para competir en el mercado global, y se postergaba la necesidad de los trabajadores de formarse en el nuevo entorno competitivo. “Bueno, fácil: enviemos a nuestros hijos a estudiar“. Eso pensaron muchos padres. Al intentar enviar a su hijo a una universidad privada, que de media cuesta unos 50.000 dólares estadounidenses al año, vieron que eso era lo que estaban ganando… ¡los dos!. ¿La solución? Más deuda. Así que no le extrañará que sólo la deuda en préstamos para estudiantes sea de más de 1oo.ooo millones de dólares en Estados Unidos.  Más que lo que se debe en las tarjetas de crédito. Ya sabe cuál es la próxima burbuja: la de los impagos de tipos con estudios superiores de los prestamos que les permitieron estudiar, por sus bajos salarios para devolverlos… Mal escenario para el trabajador occidental en 2010: poco competitivo, sobreabundante y precario, y con una red social que los asiáticos no tienen ningún interés en desarrollar; con el serio riesgo de que mucha de la histórica clase media quede fuera del sistema, o de que muchos trabajadores -de media edad- no vuelvan a acceder al mercado laboral… La amenaza del Low Wage World o el modelo de America Latina importado a la OCDE, aparece hoy más real que nunca…

Puntito

(Continuará en… Parte V: el fin del trabajo)

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¿Se acabó el trabajo? (III): La brecha salarial y la gran deflación

Tian'anmen 1989. Este tipo era un valiente

En 1989 Francis Fukuyama, un politólogo americano de origen japonés, escribía un artículo titulado “¿El fin de la Historia?” que se haría famoso (lo puede leer aquí con otros artículos). Viendo como el comunismo se desmoronaba (el texto es de agosto de 1989: el muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de ese año), Fukuyama planteaba si el liberalismo, sin más alternativas, iba a ser la única ideología desde entonces. Es más:  Fukuyama entendía que se iba a iniciar una época donde sólo sería viable un sistema político: la democracia liberal. La historia (con minúscula, es decir la sucesión de hechos en el tiempo) ya nos había mostrado la derrota del Estado Fascista en 1945 y, ahora, la del Estado Comunista en 1989. Fukuyama entendía que, sin los dos extremos, quedaba todo el terreno libre para la democracia parlamentaria liberal, es decir, la conjunción del libre mercado, la existencia de un marco jurídico estable y la formación de una democracia representativa. Se acababa la Historia (con mayúscula, el espacio de lucha de las ideologías) con la victoria sin oponentes de la democracia liberal. Sin los rusos, los chinos (con Mao muerto y enterrado) no podrían “servir de faro de las diversas fuerzas antiliberales del mundo” según Fukuyama. Ganaba el mercado, pues si las ideologías no eran necesarias, sólo quedaba espacio para la economía…  Era una idea muy interesante: la victoria final de la economía por encima de las ideologías y las guerras (que a partir de entonces deberían ser, a priori, innecesarias).

La caída del muro de Berlin dejaba desnuda a la Unión Soviçetica. Se acababa el siglo XX y la aventura comunistaEn 1989 no sólo caía el “socialismo real” de los comunistas europeos con el muro de Berlín. Entre el 4 de abril y el 5 de junio de 1989, miles de chinos protestaban en la Plaza de Tian’anmen en Beijing reclamando cambios. Unos (estudiantes e intelectuales) pedían cambios políticos: más democracia; otros (obreros, base del PCCh), pedían cambios económicos: la inflación andaba desbocada y el desempleo crecía (recuerde este post). La cosa se acabó por las malas con la toma de la Plaza por parte de dos divisiones de soldados y tanques. Tras esa tragedia, Deng Xiaoping, premier chino entre 1978 y 1997, convencido de que los chinos confundían capitalismo y democracia emprendió una decidida apertura económica. Así que, al revés de los ex-soviéticos de Europa que optaban por la mezcla (neo)liberal democrática, los chinos impulsaban un marxismo con salsa capitalista aux fines herbes: un neocapitalismo autoritario con planificación estatal. Con la URSS en descomposición y la China de reformas, el mundo de 1989 era unipolar (dominado por los estadounidenses),  con un hegemónico modelo socioeconómico en occidente que combinaba -con mayor o menor fortuna- democracia, consumismo, bienestar y modernidad… ¿Cómo resistirse a eso? Si Fukuyama tenía o no razón -cosa que me importa un bledo-, su idea de la victoria de la economía sobre la ideología sí parecía acertada. Porque el mundo en el que el este se enfrentaba al oeste, pasaría a ser el del norte enfrentado al sur. De capitalistas contra comunistas, se pasaría al conflicto de “ricos” contra “pobres”.

Mind the gap, o sea recuerda el hueco… ¿entre los salarios?

1989 iniciaba, además, una brutal apertura de los mercados mundiales y, con ella, la deslocalización de buena parte de la producción industrial. Se aceleraba el proceso iniciado con las reformas de Reagan en los 80, donde el capitalismo industrial se convertía en financiero (mire el gráfico de la izquierda). Triunfaban el capitalismo y la globalización, más parecidos -eso sí- a una occidentalización que otra cosa (pregunten a Thomas Friedman). Por el Este y el Sur, las economías planificadas (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los llamados BRICS) entraban en el juego. ¿Cómo? con un enorme poder demográfico, apostando por el proteccionismo de sus mercados internos, y por un capitalismo autoritario, donde el gobierno establecía el 90% de las reglas del juego. Mientras, por el Este aparecían millones de exsoviéticos en 1992 (¿oyó hablar del fontanero polaco?) y más millones de chinos exmaoístas de formas sostenida desde 1994, más o menos (mire el gráfico de arriba). Todos ellos dispuestos a trabajar por unos salarios bajísimos para el Oeste, pero altísimos para el Este.

El aumento de la fuerza laboral de final del siglo XX, con los paises de la europa del Este en 1992 y el crecimiento sostenido de Extremo Oriente desde 1996

Se generaba una enorme deflación salarial mundial que afectaría a los empleos de todo el planeta. Un exceso de oferta laboral mundial (en China por la migración interior desde el campo a la ciudad, y en los países de la Europa del Este emigrando), que se combinaba con el traslado de la capacidad manufacturera mundial desde Estados Unidos y Europa Occidental buscando esos ahorros de costes en el Este (léase China, Polonia, Hungría, Eslovenia, Chequia…). Todo ello pasaba a limitar, cuando no a reducir, los salarios en Occidente. Desaparecían las bases salariales. A la vez, por el Oeste, las empresas adelgazaban por la base, gracias a la revolución organizativa que permitían las tecnologías de la información y la comunicación (o TIC)  como vimos en el post anteriorJeremy Rifkin describía ese proceso en 1996, en el que fue todo un superventas: “El fin del trabajo“. Para Rifkin el efecto neto de la disrupción de las TIC resultó desplazar millones de trabajadores a posiciones laborales inestables, en una nueva época donde el desempleo pasaba a ser, además de global, un elemento estructural. Las complejas TIC permitían hacer más productivos a los trabajadores más cualificados (o que mejor se adaptaban a esa complejidad), y el trabajo de los menos cualificados pasaba a ser menos valorado o, incluso, prescindible. Así, los directivos (sobre el papel más cualificados) eran mucho más productivos (porque, además, las TIC reducían tiempo y permitían trabajar más). Eso iniciaba la brecha salarial: el salario de los menos cualificados podía bajar (o desaparecer), mientras el de los más cualificados podía subir.

La brecha salarial o income gap, que empieza a crecer a mitad de los 90, cuando se juntan la deflacion salarial y el gran downsizing

Piense que los managers fueron una figura surgida tras la crisis de 1929, cuando los directores de las empresas eran, por lo general, sus propietarios. El crash les hizo ver que era difícil para una sola persona gestionar la complejidad del mercado. Debían profesionalizar las empresas, y establecieron directivos empleados (pero no dueños). No eran accionistas, sino asalariados con elevada responsabilidad y, por ello, elevado sueldo y alguna retribución adicional en especie. Eran los tiempos en que Rockefeller decía con orgullo que el mayor salario no debía superar en 40 veces el menor. Hoy es de 430 en Estados Unidos, 147 veces en Alemania o 127 en España (según la AFL-CIO americana). ¿Por qué? La reorganización de las empresas occidentales de los 80 separaba al manager del asalariado de base. Las empresas pasaban a tener una enorme cabeza y un reducido cuerpo (a menudo externalizado). Eran organizaciones más flexibles, donde despidos y promociones eran difíciles de prever. ¿Cómo alinear intereses? ¿Con accionistas que fuesen managers? A veces. La mayoría de veces era complicado: en ocasiones el hijo del dueño (si estaba) igual no era el más preparado; otras veces los managers no estaban interesados en invertir sus ahorros en acciones de su empresa sólo para trabajar ahí (y eso si les dejaban). Así que se optó de forma mayoritaria por convertir a los managers profesionales en accionistas light. Aparecían las famosas stock options, que buscaban alinear el interés de la empresa con el del alto directivo, generando accionistas híbridos que ganaban mucho (incluso muchísimo) si a la empresa le iba bien. De pronto unos pasaban a cobrar mucho y los otros muy poco.

Las fusiones y adquisiciones mundiales desde los años 90 no pararon de crecer. Luego hubo la cáida del Nasdq americano, el 11S, la entrada de los chinos… y la gran recesión

Pero el downsizing había dejado las empresas bien chiquitas. Les quedaba el llamado core business (su actividad central y fuente de su ventaja estratégica) y poco más. Así que en los 90 se iniciaron las fusiones de empresas, las plusvalías, los grandes acuerdos de compra, las grandes firmas, las big five, los campeones nacionales… Aligeradas de personal, ahora buscaban ganar tamaño o, al menos, reducir riesgo. El downsizing de los 80 se había pasado de frenada, aparentemente, y las empresas eran apetitosas para la compra de un competidor voraz. Así que las fusiones eran un interesante elemento defensivo para ganar mercados, clientes, patentes, las famosas sinergias y… algo de tranquilidad para la alta dirección (la de la compradora al menos…). Todo ello resultaba durísimo para las clases medias europeas y estadounidenses: fábricas que cerraban para localizarse en otras geografías más productivas, reingeniería de procesos que se cebaban en las estructuras intermedias, en especial en el segmento de trabajadores 45 a 55 años; subcontratación masiva, con reducida protección laboral, como modelo productivo…

La tremenda pérdida de capacidad manufacturera (o sea industria) de la OCDE desde finales de los 90

En suma reconversiones de empresas, reducciones de plantilla, cierres y traslados al extranjero (las famosas deslocalizaciones), imponían a la clase media global una presión enorme que, en versiones anteriores del capitalismo, estaban limitada a las clases trabajadoras. Efectos que , en el año 1998, Richard Sennet describía como la “corrosión del carácter” en el libro del mismo título. Los cambios en las estructuras laborales vigentes hasta la fecha se modificaban, corroyendo “los rasgos personales que valoramos en nosotros mismos y por los que queremos ser valorados“. El fin del modelo de trabajo y vida profesional pegado a la carrera estable junto a una empresa “para toda la vida” era ya una realidad en toda Europa. Las mejoras de productividad derivadas del nuevo capitalismo eran paralelas a la precarización de sus clases medias. En el año 2000 la duda era cómo mantener el poder adquisitivo de las clases medias occidentales, en serio peligro. Si el consumo se desmoronaba, y la rueda dejaba de girar… Vaya usted a saber… ¿Qué hacer?

Puntito

(Continuará en… Parte IV: la ley del único precio y la gran burbuja)

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