Los felices años 20


“Ariel, listen to me. The human world, it’s a mess”

(Sebastián, “La Sirenita”, Walt Disney Pictures, 1989)

Raymond Coyne/Courtesy of Lucretia Little History Room, Mill Valley Public Library. © The Annual Dipsea Race

Llevamos un año desde que la discutida OMS advirtió de la detección de una nueva cepa vírica en China. Casi sin darnos cuenta, y desde que el coronavirus comenzó a extenderse, nos sumergimos en una “nueva normalidad”. El distanciamiento social, los confinamientos, las restricciones a la movilidad,  los cierres de negocios (temporales y permanente), el establecimiento de toques de queda o los hisopados nos resultan normales, cuando un año atrás era un escenario inimaginable. 100 años antes del SARS-CoV-2 de 2019 a.k.a. COVID-19 ya sufrimos una pandemia global. Fue la llamada “Gripe Española” (algunos sugieren que surgió en Kansas y otros que el primer brote apareció en New York) que contagio a un tercio de la población mundial (entonces de unos 1.800 millones de personas) y se calcula mató no menos de 50 millones de personas entre 1918 y 1919 (algunos lo elevan a 100 millones). Esa enfermedad, a diferencia del actual brote coronavirus, afectaba especialmente a hombres y mujeres jóvenes. ¿Tasa de contagios? 30%… ¿tasa de mortandad? 3%. Terrible. Hasta esa fecha no se había conocido en la Tierra pandemia igual. Mató más personas en un año que la peste negra del siglo XIV y mataba más gente en un día que la que mató el SIDA en 25 años. 

Pero después de 1919 llegó 1920. Muchas cosas pasaban en el inicio de los años 20 (del siglo pasado). Finalizaba la gripe, pero también la primera guerra mundial, el conflicto más devastador de la historia: 20 millones de muertos en 4 años. Se masificaban las mejoras tecnológicas de la llamada “segunda revolución industrial” (que eran anteriores), La industrialización en Europa y Estados Unidos avanzaba a toda velocidad: uso masivo de petróleo y electricidad, automóviles en masa (mi abuelo era uno de los tres únicos mecánicos de automóvil en Madrid en 1930), extensión del ferrocarril, abonos nitrogenados sintéticos… Mejoras en la organización del trabajo: el taylorismo dividía el trabajo tareas y el fordismo especializaba al trabajador en ellas. Sobre esa base se constituían los primeros grandes conglomerados industriales que buscaban economías de escala en la producción. Surgía el consumo de masas (Estados Unidos doblaba su riqueza en 10 años), aparecía una “nueva mujer” (podía votar, trabajaba y no tenían que lavar o limpiar como sus madres). El jazz, el charlestón, el Art Decó, el cine ¡sonoro!, bailar, la radio, la aviación, los discos…  Y si en Estados Unidos eran los “roaring 20s” (literalmente los “rugidores años 20” aunque con Ley Seca, eso sí), en Francia eran los “années folles” (los “años locos”) y en Alemania los “Glückliche Zwanziger Jahre” (los “felices años 20” de la República de Weimar). Alegría por todas partes.

Warner Bros. Pictures/Bazmark Film III Pty Limited

Hegel dejó escrito que todos los grandes hechos (y personajes) de la historia universal, aparecen dos veces. Y si a la gripe española le sucedieron los felices años 20, también a la peste negra le siguió el luminoso Renacimiento. ¿Sucederá esto con el SARS-CoV-2? Desde hace meses muchos autores buscan paralelismos entre esos resurgimientos felices, y un posible escenario post-COVID-19. Se supone que todos descuentan la existencia de una vacuna efectiva (es decir, que inmunice y cause menos de 1 muerto por millón por su aplicación) o que se desarrolle una fuerte inmunidad grupal. El CEO de Moderna (uno de los laboratorios que dispondría de una de las vacunas más efectivas) no piensa igual. Sea como sea, hasta entonces seguiremos con la distancia social, el lavado de manos, el uso compulsivo de alcohol en gel, los barbijos, evitar multitudes… Respuestas similares a las de hace un siglo. Y si bien el virus de la gripe española (H1N1) no desapareció por completo (se siguen encontrando trazas de aquel virus en otras gripes), la sociedad desarrolló una inmunidad colectiva. Un reciente estudio de Science apuntaba si el coronavirus (y sus mutaciones) se volviese endémico podría unirse al grupo de los que al igual que los cuatro coronavirus del resfriado común y el SARS-CoV-1 que hoy causan resfriados comunes en otoño e invierno. Quizás entonces lleguen los nuevos felices años de-2020-en-adelante.

El más citado entre esos optimistas quizá sea el Dr. Nicholas Christakis, investigador en medicina de Yale, que publicó hace unos meses “La flecha de Apolo”, y vaticina un brillante futuro… en 2024. Predice un 45-50% de población vacunada en 2022 y la recuperación socioeconómica en 2023. Y aunque el COVID mucho menos letal (0,5%-1% de mortandad) que la gripe española (3%), la peste bubónica (50%) o el Ébola (80%), los efectos de esta pandemia y sus cuarentenas sobre la sociedad sí podrían ser mucho más perdurables: telemedicina, rediseño de oficinas, teletrabajo, liberación de los centros económicos, afectación psicológica, y “no more handshakes”. Pero eso por un tiempo; luego, el despelote: “cuando las pandemias terminan hay una fiesta”, resume Christakis. Otros hablan del “Revenge Travel. En 1980 los chinos asqueados de años de revolución cultural maoísta se entregaron al consumo. La idea viene de ahí. Como ejemplo, los primeros desconfinamientos en Guanzhou implicaron ventas en Hermès de 2, 7 millones de dólares en un día. Según la consultora McKinsey, los viajes nacionales se han recuperado en China un 60%, y la ocupación hotelera aumenta gradualmente. No sería extraña una explosión del consumo asociado a la movilidad, el turismo de larga distancia o la acumulación de bodas y festejos varios, postergados durante dos años o más.

© Getty Images / Ideal Image

¿Es replicable el entorno de 1920 al actual? No vamos a enfrentarnos a los vengativos y reprimidos consumidores, por lo que parece que el consumo se debería recuperar en uno o dos años… La enorme inyección de liquidez realizada por todos los bancos centrarles debería servir, además, para financiar nuestra adaptación a un mundo post pandemia más global, pero más distanciado que impulsarán la Cuarta Revolución Industrial: la inteligencia artificial (IA) y el aprendizaje automático o machine learning (ML), junto con las redes 5G, harán común a la realidad aumentada y virtual; el cloud computing extenderá y llevará a cualquier lugar y en cualquier momento nuevos servicios digitales; trabajo y aprendizaje se transformarán con herramientas de IA/ML aumentando la productividad global; el big data nos descubrirá con la analítica automática de miles de millones de datos lo que ignorábamos incluso de nosotros mismos; la internet of things (sumada al Big Data) interconectará todo liberando nuestros tiempo, transformando el ocio o incluso la agricultura. Y esta cuarta revolución, además, es verde: un New Green Deal, que consciente de nuestra fragilidad ante un minúsculo virus, asume los peligros del reto climático, abandona los combustibles fósiles y lleva las energías renovables a todas partes. Un optimista futuro resultado de la acumulación de todos los “best case scenarios” posibles que surgiría como respuesta a la pandemia. No me digan que no es tentador e ilusionante.

¿Pero sería esa cuarta revolución industrial tan inclusiva como la segunda? El matiz es otro: la segunda revolución industrial fue el origen del cambio en la sociedad, mientras que la cuarta sería su consecuencia. El impulso de la nueva tecnología llevó a la producción en masa y de ahí al consumo en masa. Hoy el reto es diferente: son los cambios en el comportamiento del consumidor los que nos llevan al cambio tecnológico. No sería lo mismo el push de la Segunda que el pull de la Cuarta. Pero no sólo es eso. Es plantear cual se antoja el eje central de esa transformación: la atomización del consumo y el acceso personalizado al individuo. La ultrapersonalización del producto. La individualización como eje del cambio. Parecería inclusiva, pero sería exclusiva: especial para usted. Hay datos de todos y chips para todos. Eso por no olvidar la extraordinaria concentración del sector de las infraestructuras y servicios digitales, concentrada en unos pocos grupos empresariales chinos y estadounidenses. Europa no está ni se la espera. Eso además de las enormes dudas que genera qué efectos tendrá la digitalización masiva sobre el empleo. Una cuarta revolución industrial que se antoja veloz, inevitable y profunda, aunque se intuye con enormes costes sociales.

AP Foto/Frank Augstein

Marx completaba la cita de Hegel: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa“. Sin enfrentar a Marx, la historia no se repite: las personas y los contextos nunca son iguales. Pero si se trata de repetir al menos los eventos… ¿no nos faltaría la tragedia? Con el final de la década de los años 20 llegó el crack bursátil de octubre de 1929. Resaca del enorme proceso de expansión económica de los felices años 20, llegaba la Gran Depresión, que rápidamente se extendería a toda Norteamérica y Europa. Igual que en 1920 estamos agotados por una enfermedad. También hay un enorme desfase entre la economía real y la actividad bursátil como ocurrió entre 1926 y 1929. También, como entonces, los capitales inyectados en la economía (esta vez por los bancos centrales de todos los países) parecen estar destinados más destinados a la especulación y al corto plazo que a otra cosa. Pero en los años 20 las clases medias estadounidenses, consumían, prosperaban y se endeudaban con los créditos a bajo coste para entrar en la bolsa. “Buy now, pay later” como credo. Hoy el escenario para las clases medias trabajadores es muy diferente. Según la 6º edicion del Informe de la Organización Mundial del Trabajo ha traido una caída del 17,3% global de la producción y no menos de 495 millones de desempleados. ¿Estaremos en un nuevo 1930 y no en un nuevo 1920?

Y es que quizás el siglo XXI no haya empezado hasta 2020 y antes de festejar nada, tenemos todavía que gestionar sus pesadas herencias: la sobrepoblación, la crisis climática y ecológica, el envejecimiento de la población, la quiebra de todos los sistemas previsionales de seguridad social y el fin de las clases medias como las conocíamos. El coronavirus no habría sido sino el gatillo que habría disparado esta tormenta perfecta. Tras ella, al bajar el agua del tremendo tsunami de la pandemia, estábamos todos desnudos. «Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi» escribia Tomasi de Lampedusa en “Il Gattopardo”, aquella novela que igual que hoy contaba el final de una época. Crítica universal a esos cambios que se disfrazan de estructurales y solo son superficiales; donde parece que todo cambia, pero todo queda igual. ¿Será así la industria 4.0? La historia no se repite, pero los errores que se cometen muchas veces sí. ¿Estamos condenados a repetir el pasado? Si un libro retrató mejor que ningún otro lo que fueron los felices años 20 en Estados Unidos fue “El Gran Gatsby”. F. Scott Fitzgerald finalizaba su extraordinario libro así: “De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado”. Al pasado. Hacia ahí vamos. A una farsa con unos repetidos y desiguales Felices Años 20 o a la tragedia de una Gran Depresión del 29. O muy probablemente a los dos.

Acerca de David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) has 25 years of proven experience within the renewable energy industry in Europe and South America. Graduated as industrial engineer with a specialization in nuclear energy in 1997, holds an MBA from ESADE Business School. He is also about to present his dissertation to receive a doctorate degree in economy in Spain. Blogging at www.davidruyet.net is an opportunity to share opinions on current issues related to energy energy and the economy.
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