La triple hélice del ecologismo


Los años 60 fueron la década de mayor progreso del siglo XX. 20 años antes los europeos nos matábamos entre nosotros y con todos. 40 años antes, igual. Pero algó nuevo pasó en los 60: la revolución sexual, la emancipación femenina, los lucha por los derechos soaicles y contra el racismo, la canción protesta, las revueltas estudiantiles,… Cambiaban los valores vigentes. Se construía una nueva sociedad occidental. El mundo, eso sí, seguía dividido bajo la influencia de dos superpotencias militares y económicas: la URSS (oriental y comunista) y Estados Unidos (occidental y capitalista). La guerra fría, con conflictos “de menor intensidad”, deslocalizados en otros paises, y una intensiva carrera nuclear se prolongaría, por 46 años, hasta 1989 (un día hay que hablar de ese año…). Pero los “happy 60” eran, en realidad, herederos de los 50: los años del desarrollismo en los países democráticos; una expansión económica basada en acceder a materias primas muy baratas (en especial, el petróleo) , resultando el desarrollo de las clases medias occidentales. La época de los baby boomers gringos y europeos. Pues fue precisamente, en ese periodo encajado entre los 60 y 80, cuando se produjo la fundación de los grupos activistas que han resultado clave del ecologismo del siglo XX. Es interesante saber cómo se fundaron para entender porqué hacen lo que hacen, porqué son como son y, sobretodo, qué pueden llegar a ser.

En 1961, en Suiza, el Príncipe holandés Bernardo de Lippe-Biesterfeld era nombrado primer presidente de una organización impulsada por Victor Stolan, Julian Huxley y Max Nichols preocupada por los animales en peligro de extinción. Era la World Wildlife Fund que, en 1986, cambió su nombre por World Wide Fund for Nature, colectivo más conocido por su anagrama WWF y su tierno osito panda… Exactamente 10 años después, en Canadá, un grupo de inquietos jóvenes fundaba Greenpeace. Era un grupo muy diferente a WWF. De entrada, estos nunca admitirían a un príncipe como patrón… Esto era mucho más horizontal, asambleario y… catastrofista. A Greenpeace lo armó el miedo a que los ensayos nucleares de los gringos en Alaska en los 70 generasen una gran ola, un enorme tsumani que destruyese Vancouver… Por eso su primer nombre no fue el de “paz verde”, sino “Don’t Make a Wave Commitee”. Eran asamblearios y reaccionarios. Unos sans culottes. Diferentes WWF y Greenpeace, pero con un ADN muy marcado: uno muy cercano al mecenazgo; el otro a la denuncia social. ¿Por cierto, recuerdan quién era el presidente de honor de WWF España hasta hace cuatro días? El Rey Juan Carlos I; bueno, hasta que fue expulsado cuando se le descubrió de joda cazando elefantes en Botswana… Sólo podía ser en WWF. Está en su ADN.

Aunque de ámbito básicamente local, ambos grupos eran marcadamente ideológicos y con vocación global. Algunos han interpretado esa visión trascendente de la ecología como una mezcla de ciencia y espiritualidad que impulsaba de forma justificada a una “causa superior”. Igual es una interpretación muy sesgada, pero en los 60 (al menos en Occidente) se estaba a las puertas de una revolución cultural promovida por una juventud culta. Una juventud dispuesta a romper los esquemas tradicionales de familia y estado,  incrédula con los beneficios de la industrialización que había hecho progresar a sus padres económicamente. Una visión contracultural (la de los hippies, los beatniks, los… )  cercana a la relectura que entonces se hacía del marxismo: un neo-marxismo mucho más flexible que el original, dialéctico y conflictivo también, pero que ni por asomo se acercaba al bondage del “socialismo real” que chinos y soviéticos practicaban entonces. Pero esa lectura sería incompleta si olvidásemos la influencia del pánico a la catástrofe ambiental que confluía en el tiempo con la crisis nuclear. No está de más recordar que en 1962 no nos fuimos todos a tomar por saco por los pelos, cuando entre Kennedy, Krushev y Fidel Castro se pusieron a jugar al “Risk” con todos nosotros. La cosa quedó en tablas entonces, pero nos fue de poco…

Al acabar la segunda guerra mundial, con los americanos con sus fábricas intactas (el Plan Marshall buscaba tanto ayudar a Europa como a conseguir clientes), la industrialización masiva originó varias y graves catástrofes ambientales. Hasta entonces los problemas ambientales eran (en palabras del gran y recientemente fallecido Barry Commoner) “smoke, sewage and soot”. Polución y humo, vaya. Pero en los 70 y 80 la cosa cambió de escala. Desde la fuga en la planta química de Seveso, la contaminación en el Love Canal de NY, el incidente de la central nuclear de Three Mile Island en Harrisburg, que inspiró la película “El síndrome de China”, la terrible fuga de pesticidas en Bhopal (India) con miles de muertos, o a la catástrofe nuclear de Chernobyl en Ucrania, tuvimos por primera vez pánico ambiental global. Pánico que, en Occidente, llevada a pensar en la desigualdad social (la vieja lucha de clases marxista); en un nuevo conflicto entre industria y población; entre capital y proletariado. En ese entorno de lucha, en poco tiempo las espectaculares acciones de denuncia de Greenpeace, se hicieron populares. Colgarse de las torres de refrigeración de las centrales nucleares, bloquear con lanchas a los balleneros, atarse a plataformas petrolíferas… Eran los que mejor se movían en ese terreno, sin duda. Estaba en su ADN.

Pero volvamos a los 70. Sin que ni WWF, ni Greenpeace hubiesen sido muy conocidos y/o efectivos aún, los americanos instituían el 22 de abril de 1970 el primer Dia de la Tierra (Earth Day). En paralelo, en 1972, en Estados Unidos se tramitaban la Clean Air Act y la Clean Water Act destinadas a proteger el medio ambiente. Antes se creó la Environmental Protection Agency (EPA) federa,l a finales de 1970, para monitorizar los impactos sobre el medio ambiente de los negocios y la industria. De forma silenciosa y tremendamente efectiva, un grupo privado, el Environmental Defense Fund (EDF) con el apoyo económico de la Ford Foundation y el asesoramiento de bufetes de abogados expertos, había conseguido llamar la atención de Nixon que era el primer gran ambientalista. Lo logró EDF: el primer lobby ambiental. Fueron el primer grupo ecologista que operaba desde dentro del sistema, reivindicando el rol de un estado regulador. La idea del “control to protect” sería la tercera gran estrategia del ecologismo militante. Sólo la demora o la no efectividad del camino legislativo motivaba al activismo ambiental combativo de grupos como Greenpeace y WWF. Y eso resultaba de la combinación de actuaciones de denuncia (cuanto más llamativas mejor) en el mass media, junto con el apoyo científico.

Así que ya ve de qué manera esta formada esta triple hélice del ecologismo, como la que descubrieron Watson y Crick: mecenazgo, reivindicación y lobby. Y de ahí las bases del activismo ambiental o, si se quiere por extensión, del movimiento ecologista. Bases que, después de 40 años, han gozado de un poder sin precedentes. Es más: incluso han generado una base electoral en las economías más democráticas que se identifica con sus causas. Combinando eso con el disponer de apoyos financieros, tanto de fundaciones filantrópicas, mecenas, empresas o de sus asociados, se explica que este movimiento empezase a influir fuertemente en la sociedad occidental. Era una nueva pieza del puzzle político europeo (en Estados Unidos, menos). Los partidos denominados “verdes” empezaban a ganar escaños en parlamentos, senados, ayuntamientos… Sólo era cuestión de tiempo que la socialdemocracia europea se acercase a sus posicionamientos: por una parte, comerse parte del pastel electoral de la izquierda clásica y, por otra, para parecer más centristas y moderados (“los ecosocialistas al extremo: son ex-comunistas“). A excepción de Alemania… ¿Dónde están hoy en día estos movimientos? Está claro que electoralmente bloqueados. No crecen. Su base no se expande. Por otra parte, los compromisos ambientales globales no avanzan. Es un escenario global demasiado complejo. Siendo más necesarios que nunca, es paradójico que sigan sin un espacio político notable, salvo contadas excepciones. ¿Hacia dónde avanza el ecologismo? ¿Debe mutar? ¿Están sus planteamientos agotados? ¿Ha muerto en realidad este ecologismo clásico?

Acerca de David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) is an Industrial Engineer by the UPC and MBA by ESADE Business School and Ph.D (c) in Economy. All his professional career has been devoted to solve problems in the energy sector, starting with renewables in 1995, and currently lives in Buenos Aires (Argentina). Blogging at www.davidruyet.net is an opportunity to share opinions about current topics regarding to energy and economy.
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4 respuestas a La triple hélice del ecologismo

  1. Nacho Maldonado dijo:

    Estimado David:
    Enhorabuena por tu blog. Vaya por delante que soy un seguidor regular de tus artículos, muy interesantes, didácticos y con gran cantidad de datos y todo eso es muy de valorar y agradecer…pero te pediría (tómalo, por favor, como una crítica constructiva) que cuidaras un poco más la redacción, ya que a veces deja que desear y eso desfavorece tu excelente trabajo.
    Con afecto y admiración,
    Nacho.

  2. Hola David:

    Ya te he comentado varias veces (en público y en privado) que me encantan tus “posts”. Tu estilo es fresco, directo, independiente, bien documentado, y dices verdades como puños. Personalmente, el tema de la redacción que comenta aquí el compañero Nacho me parece “pecata minuta”.

    Leyendo el final de este post, se me ocurre sugerirte un posible continuación lógica, la cual se podría ramificar en dos entregas: Una sobre el desarrollo de la legislación ambiental en USA y en Europa entre los años 70 y 90 (ya has apuntado alguna cosa), y luego otra sobre el auge de la gestión ambiental en las grandes corporaciones y luego empresas de todo tipo entre finales de los 90’s y principios de 2000. Si lo ves interesante, cuenta con mi colaboración!

  3. dani...él dijo:

    Difícilmente puede morir el ecologismo en el momento de la historia de mayores tropelías con los escasos recursos naturales. Pero se mantendrá al margen unos añitos. Precisamente por la escasez de fuentes de energía que ponen en serios aprietos el crecimiento, entramos en aquella fase en la que una salida hacia adelante, del color que sea, es más importante que preservar el futuro de generaciones venideras. Como más crecemos, más esclavos somos de dejar de lado el ecologismo y a su vez sucumbir para siempre.

  4. Pingback: ¿Está muerto el activismo ecologista? “Podemos” como paradigma | el blog de David Ruyet

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