El sucio petróleo sintético de las arenas asfálticas (o porqué Canadá pasa de Kioto)


Un día cualquiera hace 4.500 millones de años. La Tierra es una bola casi incandescente, llena de erupciones volcánicas y colisiones de meteoritos (uno acaba de arrancar lo que será la Luna). Allí donde la lava es más fría, y el vapor de agua se condensa, se forman pequeños charcos de un líquido repugnante, mezcla de agua, amoníaco, metano y otras porquerías en suspensión. El Sol aporta energía y se producen billones de trillones de reacciones químicas. Se generan las primeras moléculas complejas: formaldehídos, glicinas y alcoholes. Y pasan así mil millones de años. A alguna molécula despistada se le ha ocurrido rodearse de una membrana. No se imagina la que va a liar, porque es la primera célula. Estamos hace 3.000 millones de años y se acaba de formar la vida en la Tierra. Se parece más a una bacteria que a otra cosa, pero como que da igual. El bicho se especializa y aprende a realizar la fotosíntesis: genera glucosa a partir de la luz del Sol y, con ello poco a poco, se crea la atmósfera. Mil millones de años más y la célula se ha transformado en eucariota: tiene material genético. El reloj del planeta marca -1.700 millones de años.

Otros mil millones de años después surgen los primeros organismos pluricelulares. Flotan por los mares y son, básicamente, agua. La única forma que tienen de resguardarse del sol es con gruesas membranas de hidrocarburos. Se parecen al plancton. Al morir, caen al fondo marino y se juntan con otros sedimentos. Pasan los años y esa capa residual de materiales orgánicos queda sepultada a varios kilómetros de profundidad. Otras capas que se acumulan por encima drenan con su peso el agua. No hay ni gota de oxígeno. Pasan los años y esos estratos sepultados a dos o tres kilómetros de profundidad se endurecen. Cada vez la presión de las capas superiores es mayor y el calorcito del centro de la Tierra hace madurar a los hdrocarburos. Cada vez son más ligeros y menos viscosos. Las capas impermeables de residuos se impregnan del hidrocarburo como una esponja. Más o menos a la quinta parte de la materia orgánica de la Tierra le ha pasado eso. Maldición. Se acaba de generar petróleo. El reloj marca -100 millones de años, más o menos. Hasta que no marque -5 millones de años, no llegará el primer Australopithecus.

Si todo el petróleo del planeta hubiese quedado impregnado en pizarras nadie lo habría encontrado nunca. Es muy denso. Como un alquitrán. Sólo las capas más ligeras fueron ascendiendo, como buscando una salida. Pero se impregna en las arenas, así que hace falta una especie de “tapa” para que deje de moverse por el subsuelo. Esa capa impermeable separará al petróleo más denso (parecido a un betún) del más ligero que se almacenará en una bolsa. Si lo ha encontrado y quiere extraerlo no crea que es como sorber refresco de un vaso con una caña: es más bien chupetear de un vaso de hielo granizado. Pero en realidad, tampoco se sorbe. Cuando se perfora una bolsa, si la presión es suficiente el petróleo puede ascender solito por la perforación; de no ser así, es necesario introducir algún tipo de fluido a alta presión (normalmente agua) para que entrando en el yacimiento lo impulse hacia arriba. Y la separación deriva, en realidad, del contenido en hidrocarburos y de su viscosidad, es decir de ser más o menos líquido.

La mayor parte de ese petróleo ligero y líquido quedó atrapado en la zona del actual Oriente Medio hará uso quince millones de años. Pero otra enorme cantidad de esa mezcla de componentes orgánicos en descomposición, mucho más sólida, se amontonó en otros sitios, como en el Delta del Orinoco, en Madagascar, en Siberia o cerca de las Rocosas. Precisamente en Canadá, en la zona de la actual Alberta, todo el petróleo ligero se dispersó dejando un fango alquitranado y viscoso a poca profundidad. Son las famosas arenas asfálticas del Canadá (las “oil sands” o “tar sands“). Petróleo que no ha acabado de formarse, a diferencia del que impregna las pizarras que no sabe cómo salir (“pizarras bituminosas“), y del ligero que ya ha salido (“petróleo convencional“). Es una mezcla de arcilla, agua, área y betún que se extrae a cielo abierto, no con pozos. Refinando esa especie de alquitrán se obtiene un petróleo sintético y de menor poder calorífico que el convencional (un 30% menos). Pero cocinar esa sustancia se ha convertido hoy en un posible sustituto del petróleo que rusos, árabes o iraníes producen (en realidad, esos tipos no producen nada, más bien lo extraen).

El problema de las arenas asfálticas es que precisan de mucha energía para obtener el petróleo sintético: hay que reblandecer el alquitrán con agua caliente (con mucha agua: cuatro veces la cantidad de petróleo a obtener) y para ello se consume gas natural. Luego se vuelve a usar gas natural para hidrogenar el betún. O sea que hay un montón de emisiones asociadas (RAND estima que del orden del 30% superiores). Y es que el petróleo sintético canadiense produce el 5% de las emisiones de todo el país (0,1% del Mundo), o sea que se juegan mucho. Si para extraer un barril de petróleo en el Golfo, por ejemplo, se precisa 1/20 de la energía que contiene, para el betún canadiense hay que autoconsumir el 30% de su energía. Existe un interesante índice para calcular esa tasa de retorno energético: el EROEI. Ese indicador relaciona la energía que debemos usar para obtener un formato diferente. En las arenas asfálticas ese valor sería bajísimo. Y luego están los problemas ambientales. De hecho, buena parte de las arenas se llevarían para su refino al Golfo de México, a través de un oleoducto denominado Keystone XL, de cierto impacto ambientalAquí lo que cuenta la CAPP -los petroleros canadienses- y aquí lo que cuenta Greenpeace. No coinciden, la verdad. Como decían en la Moviola: juzguen ustedes.

Piense que extraer un barril en el Golfo cuesta menos de 15 $ o menos de 40 $ en Nigeria. Pues un barril canadiense sintético sale por entre 60 y 80 $. ¿Entonces? Pues con el barril de Brent a 100 $ sin idea de bajar, el petróleo cocinado de Canadá empieza a ser rentable. Y Canadá tiene mucho. No. Muchísimo. Se calcula que 170.000 millones de barriles de petróleo (Arabia Saudí tiene 250.000 millones de barriles). Hoy, se producen unos 2 millones de barriles sintéticos de esos al día (mbd); piense que cada día se consumen unos 90 mbd, más o menos. Pero la cantidad va al alza (la AIE espera que se produzcan hasta 5 mbd en 2020). Y el negocio también. Y seguramente va de eso. Y es que las exportaciones petroleras de Canadá son el 3% de su PIB y su primer cliente es Estados Unidos. Todo son ventajas para ambos: demanda cercana, gas natural cercano (¡el shale gas americano!), menor dependencia de los países del Golfo, costes óptimos… La factura es de unos 70.000 millones de dólares al año. Negocio prometedor. Pero claro, el invento depende de dos factores: el precio coyuntural del petróleo -que debe ser alto- y el internalizar los costes de la factura del CO2 -que han de ser bajos-. Y ahí está el truco.

El ministro de medio ambiente canadiense, Peter Kent, justificó su “no” a cualquier posible compromiso en el post-Kyoto en el excesivo coste que tendría para Canadá: 14.000 millones de dólares. Fueron los liberales, con Jean Chrétien  a la cabeza, que en su día asumieron el Protocolo de Kyoto. Entonces el buen rollo que había con Clinton hacía pensar que Estados Unidos y Canadá serían pesos pesados del compromiso. Al final, los gringos se borraron, pero Canadá asumió un enorme coste. El gobierno conservador de Stephen Harper hoy no lo ve tan claro (bueno, nunca lo vio). Y eso es debido al estrecho margen que existe entre producir petróleo sintético y pagar los costes de CO2 que se asocian. Y no es posible trasladarlo al precio final porque si los americanos no pagan (que no pagan), los canadienses deben asumir ese coste. Para un coste del CO2 de 20 $/tn, resulta que los productores canadienses deben comerse unos 4 $/tn, porque tienen que compensar sus emisiones (tremendo el informe de Michael Levi al respecto; tan bueno como su blog). Y luego está el coste del refino. El margen es muy justito. Así que la cosa la tienen clara: mientras el petróleo esté alto y salga a cuenta el sintético de sus arenas, en Kyoto no van a estar ni gringos ni canadienses. Pobre plancton; tanto sacrificio pa ná.

Acerca de David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) is an Industrial Engineer by the UPC and MBA by ESADE Business School and Ph.D (c) in Economy. All his professional career has been devoted to solve problems in the energy sector, starting with renewables in 1995, and currently lives in Buenos Aires (Argentina). Blogging at www.davidruyet.net is an opportunity to share opinions about current topics regarding to energy and economy.
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