De la Cumbre del Clima de Durban a las dudas sobre la gobernanza global


El fin de la Cumbre del Clima de Durban hace un mes largo (inspirando cuatro post consecutivos en diciembre, que se pueden consultar aquí) me hizo pensar mucho. De hecho, el gran Antonio Cerrillo -el periodista más longevo dentro de La Vanguardia– me pidió la opinión sobre el resultado. No sobre si los acuerdos fueron buenos o malos. La pregunta era si entendía que el mecanismo de participación de la COP era adecuado (lo que le conté, y que Antonio recogió entre otras opiniones, lo tituló con un significativo “¿Sirven de algo las cumbres del cambio climático?” el 12 de diciembre de 2011). La principal conclusión sería que las cumbres del clima, como ocurre con tantas otras cosas, son más un síntoma que una enfermedad.

Para empezar ¿Qué significa eso de “COP“? es la abreviatura de “Conferencia de las Partes“. Un nombre horrible para la reunión de los representantes de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Clima. En Durban fueron 190 países y unos 20.000 representantes batiéndose el cobre para llegar a un acuerdo. El resultado demuestra la dificultad para asumir compromisos ante uno de los principales problemas globales de la humanidad (los otros, sin duda, son la sobrepoblación y la pobreza extrema). Parece como si la lectura de cualquier problema global se realizara siempre en clave local. Eso por no decir en clave electoral local. Probablemente, la responsabilidad de los gobiernos democráticos para los que sus electores no peligran en caso de pasar del medio ambiente tenga relevancia. Luego los de Greenpeace nos recuerdan que los líderes actúan (por ese chascarrillo, López de Uralde acabó en el trullo). Es curioso. El principal agente en la lucha por el medio ambiente (o sea el ecologismo global off-system), acaba reivindicando el liderazgo de los políticos como baza principal en la búsqueda de soluciones globales. O sea, pidiendo las soluciones in-system.

Es algo paradójico ver como ha variado la posición del ecologismo desde su inicio, en las décadas de los 60 y 70. El movimiento ecologista surge de la mezcla del pánico generado por los desastres ecológicos derivado de la industrialización masiva del siglo XX (el smog de Londres en los 50, el vertido químico en Love Canal, la fuga en Seveso, Three Mile Island…) con el pensamiento neomarxista de los movimientos alternativos de la época (estudiantes, hippies, etc.). Es decir, su origen es ácrata y profundamente antigubernamental; incluso weberiano. De ahí ese rechazo al Estado, visto como un ente dominador y represor. Hoy, por el contrario, el ecologismo reivindica la norma y la prohibición como base de la defensa ambiental. La protección del medio ambiente se ha traducido en regulaciones más que en propuestas. En otras palabras, se dejan en manos de los gobiernos las decisiones sobre el medio ambiente, limitando el rol político del ecologismo a la presión mediática y a un cierto papel de lobby ambiental.

Confieso que me haría ilusión que ese mismo ecologismo ejerciese un liderazgo real, más efectivo, más inteligente. Que hablase menos, reivindicase menos e hiciese más. ¿Por qué no aliarse con las empresas, si al final son las que asumen la práctica de  las políticas ambientales? ¿Por qué no capilarizarse en el tejido profesional? ¿Por qué no movilizar al consumidor? Probablemente la visión neomarxista, que forma el ADN del movimento ecologista, acabe sesgando su objetivo principal: de la defensa del medio ambiente. El neomarxismo -que también constituye el ADN del 15-M y del Occupy, aunque ahí sea una versión más infantil- implica una visión menos rígida que el marxismo original, supera el llamado “socialismo real” (el de los rusos y chinos antes de los 80) y asume el diálogo como principal herramienta. Pero la evidencia de la desigualdad social (o sea, la revisitación de la lucha de clases denunciada por Marx) intersecciona con la defensa ecológica en la definición de prioridades. Además, los partidos políticos de vocación ecologista también acaban jugando a eso, para ampliar la base de su electorado. ¿Se puede ser de derechas y ecologista? Parece que no. ¿Se puede ser liberal y ecologista? Parece que tampoco. ¿Se puede ganar dinero con el medio ambiente? Ni de coña. ¿Hablamos de árboles o de redistribución de la riqueza? Pse… Claro que, en defensa de esta postura, algunos parecen darles la razón.

Cuando Greenpeace -fundado en Canadá en 1971- exige soluciones en las COP a los “líderes políticos”, en realidad reivindica, de nuevo, el papel de un Estado regulador. De hecho, los neoliberales de los años 80 (o sea Thatcher y Reagan; el resto, imitadores) ya habían reducido el Estado a su mínima expresión en contraposición con la Europa Continental de amplia base socialdemócrata (de la Europa del Este mejor no hablar), Pero ojo. Ese Estado que parece que vuelve (o que se desea que vuelva) no lo haría precisamente boyante. El Estado moderno intervencionista (en esencia el europeo, que es el único que se cree eso del medio ambiente) está cargado de deudas y necesitado de colaborar, más que nunca. Eso por no decir que está desmoralizado y en clara retirada, asumiendo que el estado del bienestar que haya será el que se pueda pagar. ¿Qué liderazgo ambiental va a poder desarrollar ese Estado en bancarrota?

Pero volvamos a la utilidad de las asambleas (como las COP) como mecanismo de resolución de los problemas globales. En su día, y según los cables de Wikileaks, el presidente del Consejo de la UE, el soso de Van Rompuy, decía tras la Cumbre de Cancún que “fue un desastre: las cumbres multilaterales no funcionarán”. ¿Tenía razón? La Cumbre del Clima se organiza como una gran asamblea, donde todos los países tienen los mismos derechos. La aprobación se realiza por aclamación, por lo que cualquier país -por pequeño o grande que sea- puede condicionar el acuerdo final. En Copenhague, una entente formada por Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua bloqueó un acuerdo que parecía casi seguro; esta vez, en Durban, sólo Bolivia “objetó”. ¿Qué confianza puede quedarle a un mecanismo que si da un espacio de igual a igual a los outsiders, los outsiders bloquean? ¿No es un poco dispararse en un pié?

Pero más allá del mecanismo de participación, la falta de acuerdos ante un riesgo global como el cambio climático es significativa. Indica la ausencia de organizaciones que permitan articular una gobernanza global y marcar “The Global Agenda“. Y más ahora en que estamos viviendo una redefinición del orden internacional. Los que han dominado el mundo durante los siglos XIX y XX van a modificar su papel. La duda principal es si nuestros modelos actuales de liderazgo global, como Naciones Unidas, o la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Tribunal Penal Internacional de la Haya o el mismo G20, por ejemplo, siguen siendo válidos. Están muy monopolizados por las potencias occidentales y no integran la nueva realidad global. Son de pura visión (y presencia) occidental. ¿Qué no? en la cumbre del FMI de Seúl en 2010, China tenía los mismos derechos de voto que… Bélgica. Los europeos acabaron cediendo derechos para que China tuviese una representación más lógica.

Es probable que los cambios necesarios en los organismos existentes (o incluso nuevas instituciones), que consideren la nueva redistribución del poder económico mundial, puedan implicar un nuevo orden en las prioridades. Y ahí los conceptos geopolíticos occidentales pueden perder su preponderancia. ¿Se mantendrá la visión actual sobre la división de poderes o la libertad de expresión, por ejemplo? Lo acontecido en la Cumbre del Clima –o sea, en Naciones Unidas -, y la posición de los BRICS, indica ese papel secundario que tiene el medio ambiente en su visión, muy diferente a la europea. El eje de las decisiones mundiales estaría dejando el Atlántico Norte (Europa-Norteamérica) para irse al Pacífico-Índico (Norteamérica-China-India-Rusia), con una sensibilidad muy diferente. Hasta entonces es probable que los consensos sobre temas internacionales –en el clima o lo que sea- se consigan mediante acuerdos bilaterales y luego, por agregación, se definan nuevas mayorías. Tampoco está mal si es algo transitorio… ¿hacia dónde?

Acerca de David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) is an Industrial Engineer by the UPC and MBA by ESADE Business School and Ph.D (c) in Economy. All his professional career has been devoted to solve problems in the energy sector, starting with renewables in 1995, and currently lives in Buenos Aires (Argentina). Blogging at www.davidruyet.net is an opportunity to share opinions about current topics regarding to energy and economy.
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5 respuestas a De la Cumbre del Clima de Durban a las dudas sobre la gobernanza global

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