La fallida conspiración mundial para acabar con los zapatos de tacón


¿Por qué las mujeres llevan zapatos de tacón? Para diferenciarse. Buscan presentarse más atractivas y llamar más la atención. Además de ganar algo de altura, los zapatos de tacón ayudan a parecer más esbeltas y femeninas. Enderezan la espalda, llevan el busto hacia adelante y sacan el trasero, que resulta más respingón. Diferenciación clara. Pero claro, como funciona, todas las mujeres acaban por adoptar la misma estrategia: ya nadie se fija en esa chica tan alta y esbelta. Con tanto tacón ya no hay diferenciación, pero sí dolor de pies, rodillas y espalda.  ¿Sería posible una alianza mundial femenina que aboliese los incómodos zapatos de tacón por unos planos? Parece interesante, pues ya no de disponía de la ventaja de ser “alta” (todas lo son) y, así se iría mucho más cómoda. A la práctica, el que una mujer llevase zapatos de tacón no obligaría al resto a calzarlos. Sin embargo, la intuición nos dice que, de poder suceder esa imaginaria alianza femenina, en poco tiempo, alguna se saltaría el pacto calzándose unos bonitos zapatos de tacón de aguja (quién sabe si rojos), y tras ella… el resto.

¿Es así? Y de ser así ¿Por qué? ¿Realmente se podría dar ese juego? Usar la palabra “juego” no ha sido trivial. En economía se llama juego a aquella actividad donde la predicción sobre lo que harán los demás condiciona tus decisiones. Las cartas, la salida de nuevos productos, la guerra nuclear o el ligoteo son juegos en el sentido económico del término. Piensen, por ejemplo, en el póker: se ocultan las cartas mientras se va apostando de forma continua hasta que se enseñan y se descubre quién lleva mejor mano; hasta ese momento, uno puede decidir retirarse y sólo perder un poco si cree que su combinación de cartas no es suficiente para ganar. De hecho, si todos se retiran uno puede llegar a ganar sin enseñar sus cartas. Pero en el póker no valen de mucho los cálculos de probabilidades: no tiene mucho sentido calcular la probabilidad de que el otro tenga tres reinas si uno tiene dos ases y una reina. Se trata más de fijarse en lo que hacen los demás: su rostro, sus manos, el sudor, su actitud cuando otro abandona, si se empieza con apuestas pequeñas o no… Aplicar este ejemplo al caso del ligoteo es inmediato ¿no? Es el permanente: “si ella cree que yo creo que ella cree…”. Y casi siempre se pierde, claro; igual incluso menos en el póker…

Motivados o no por el ligoteo, en 1944 los amigos Oskar Morgensen (economista, a la izquierda) y John Von Neumann (matemático, a la derecha) publicaron el innovador “Theory of Games and Economic Behavior” (hoy, un clásico). Justo finalizaba la II Guerra Mundial y empezaba la guerra fría, y la relación entre soviéticos y americanos era, literalmente, un juego (siniestro, pero juego). Von Neumann y Morgensen indicaron con su libro el camino de cómo jugar.  El principio de la Teoría de Juegos es simple: un juego (en sentido económico) consiste en un conjunto de jugadores, una serie de decisiones (o estrategias) posibles y la definición de premios para cada combinación de decisiones tomada. Von Neumann y Morgensen dedicaban la mayor parte del libro a hablar de casos de dos jugadores en juegos de suma cero: en esos lo que uno gana, el otro lo pierde. Por ejemplo, lanzar un penalti en el fútbol. La Teoría de Juegos, cada vez más parecida a la matemática aplicada, ha avanzado en muchos campos y se ha desarrollado enormemente desde ahí: biología, sociología, psicología… De hecho, no todas las situaciones son de suma cero (afortunadamente) pues en la vida no todo lo que gana uno lo pierde otro, pero en sus inicios era perfectamente aplicable a la estrategia militar USA vs. URSS.

Un capítulo de la enormemente compleja y elaborada Teoría de Juegos especialmente interesante lo constituyen los que se llaman juegos cooperativos; son aquellos en los que la colaboración entre los jugadores permite obtener mejores resultados que de tomarse decisiones individuales. El juego cooperativo más conocido, famoso y estudiado quizás sea el llamado dilema del prisionero. Supongamos que la policía detiene a dos sospechosos de un delito. Como no hay pruebas suficientes para condenarlos deciden hacerles confesar de forma astuta; se les separa y se les ofrece a los dos el mismo trato: “si confiesas y delatas a tu compañero y el otro dice que es inocente, le caerán al otro 20 años de cárcel y tú serás libre; si te callas o exculpas y el otro te delata confesando irás al trullo 20 años y él se irá a su casita tan pancho; si los dos os delatáis os caerán 5 años, y si los dos os calláis o lo negáis todo pues os aplicaremos una pena mínima de un año“. ¿Qué hacen los dos sospechosos? Se trata de una situación en que tenemos que una decisión individual (delatar al otro) me genera un máximo beneficio (salgo libre) y una máxima pérdida del conjunto (uno va 20 años a la cárcel), pero en la que es evidente que la opción de negarlo todo maximiza los beneficios para el conjunto (tenemos una pena mínima de 2 años entre los dos). Chivarse es lo que se llama una estrategia dominante, pues independientemente de lo que haga el otro siempre reduzco mi pérdida. ¿Qué ocurre? Pues que los dos confiesan, delatándose, y los dos se van una temporadita a la sombra. El incentivo de quedar libre aprovechándose del otro es enorme. Y es una lástima, pues si hubiesen cooperado, un año de condena y a los tres meses a la calle por buena conducta (no hay que olvidar que, en el fondo… ¡eran culpables!). Ahora igual se entiende mejor lo de la imposibilidad de consensuar el abandono universal femenino de los zapatos de tacón… el incentivo de volver a calzarse los zapatos una vez ya nadie los lleva y ser la más alta de nuevo es enorme.

La modelización del dilema del prisionero es aplicable a un montón de situaciones cotidianas: colarse en el tren (si lo hago yo me ahorro el billete, pero si lo hacemos todos es un caos), coger el automóvil y no el transporte público, dejar las luces encendidas inútilmente, dejar una nota en un coche que hemos abollado, pagar el rescate en un secuestro (este es más jodido), comprar piratería en el top manta,… Este problema clásico tiene una aplicación inmediata al estudio de las conductas ambientales y la cooperación. ¿Qué incentivo tengo a, por ejemplo, no tirar un papel al suelo? Suponiendo que eso genere una satisfacción individual -que es mucho suponer- está claro que la cooperación entre los agentes (que nadie tire papeles al suelo) mejora la situación final (la ciudad está más limpia siempre y gastamos menos en limpieza). Sin embargo, desde el punto de vista del que se beneficia, está claro que sale más a cuenta que el resto se encargue de resolver el problema. En otras palabras, si bien son evidentes los beneficios de cooperar, el egoísmo racional de la máxima ganancia individual lleva a no hacerlo. La literatura científica tiene un nombre para esos que se benefician de las medidas del conjunto sin colaborar con su solución: free rider. En la Marina les llaman polizones. Y es que el incentivo para no colaborar es enorme. Así que zapatos de tacón a tutiplén.

¿Soluciones? Legislar (no permitir las conductas free rider), comunicar (recordar al conjunto cuáles son los beneficios del esfuerzo individual y de la suma de actitudes) e informar (si los dos presos pudiesen hablar entre ellos, igual cooperaban), pero ahí va otra: ¿y si conseguimos sustituir el concepto cooperativo por el humano? ¿y si cooperar no fuese una simple opción más en el juego sino el eje vertebrador de nuestra relación con el medio y con nosotros mismos? ¿Y si dejamos de jugar?

Anuncios

Acerca de David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) is an Industrial Engineer by the UPC and MBA by ESADE Business School and Ph.D (c) in Economy. All his professional career has been devoted to solve problems in the energy sector, starting with renewables in 1995, and currently lives in Buenos Aires (Argentina). Blogging at www.davidruyet.net is an opportunity to share opinions about current topics regarding to energy and economy.
Esta entrada fue publicada en Medio Ambiente, Sociedad y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La fallida conspiración mundial para acabar con los zapatos de tacón

  1. Pingback: Margaret Thatcher, el NIMBY y el precio de la vivienda | el blog de David Ruyet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s