Megaciudades, archipiélagos y metabolismos urbanos


¿Cómo será el planeta del siglo XXI? Sobretodo urbano. Ya hay más personas viviendo en las ciudades que en el medio rural. Esta urbanización galopante es el resultado de la superpoblación mundial (en 2050 se esperan 9.000.000.000 de personas) y de la búsqueda de oportunidades económicas derivadas de la industrialización, ahora ya a nivel global. Es la tendencia que se inició en el siglo XIX con la revolución industrial y que continúa desde entonces. Ciertamente, el boom científico, tecnológico, industrial (en este orden) de la época, la segmentación de la sociedad en burguesía y clase trabajadora (el proletariado) -según la concepción marxista- , el desarrollo del capital, nuevas formas de transporte, el comercio a gran escala… sentaron las bases de la época industrial y, con ella, la urbanización. Y es que la modernidad es eso físicamente: urbanización. En otras palabras, la transformación de una sociedad tradicional, preindustrial y rural en otra moderna, industrial y urbana.

La primera gran urbanización mundial, del XVIII al XIX, ya conllevó problemas; la ciudad victoriana era, básicamente, densa. El crecimiento demográfico, la concentración en la urbe y la inmigración rural determinaron un espacio caótico y desorganizado. La máquina de vapor y la Spinning Jenny no eran elementos de organización del espacio urbano, sino un auténtico pull de personas, del campo a la ciudad, que buscaban una vida mejor. No era tanto un espacio de encuentro como de conflicto: lucha de clases. ¿Podía un mejor urbanismo ayudar a generar, digamos, estabilidad? Harto de la densa ciudad victoriana, Ebenezer Howard publicó en 1902 “Garden cities of To-morrow, probablemente el primer planteamiento de ciudad sostenible. Le importaba un bledo el medio ambiente. En realidad, ese concepto aún no existía: la conciencia ambiental no es moderna sino postmoderna… Howard entendía la ciudad como el puente entre el individualismo capitalista (de la burguesía que accedía a los medios de producción) y el socialismo pujante de los primeros sindicatos en Gran Bretaña (que defendía los intereses del cada vez más numeroso proletariado). Lo dicho, lucha de clases (si la pasta segmenta, se crean clases). Una ciudad que no fuese habitable sería una mayor fuente de conflictos. Howard planteaba un equilibrio entre ciudad y campo: “human society and the beauty of nature are meant to be enjoyed together”. Y ese equilibrio venía de conjuntar los modelos push (de campo a ciudad) y pull (de ciudad a campo). Howard convertía esos motores en imanes con la idea “where they will go?“. Los dos imanes town y country se juntaban en uno único: el “town-country magnet”. En el famoso “three-magnets diagram” se establecía el concepto de la “ciudad-jardín”: una propuesta virtuosa que se intentó implementar en algun poblacho sin mucho éxito. En eso se quedó.

Empezaba el siglo del desarrollismo urbanista OCDE, interrumpido por las dos guerras mundiales. En ese escenario el urbanismo buscaba orientar, dirigir, plantear y proponer especios en esa expansión de la ciudad, derivada del crecimiento demográfico resultado de mejores condiciones de vida (vacunas e higiene) y confort (energía masiva y barata; ya sabemos de qué va eso). Ese progresivo crecimiento urbano era inabarcable: cada pocos años hacían falta nuevos términos para explicar qué era la ciudad: las grandes ciudades pasaron a metrópolis, luego a megalópolis, éstas al crecer regiones urbanas hasta ser conurbaciones, buf… Y la organización urbanistica de la ciudad se planificaba mediante zonificación, buscando huir de la densa ciudad victoriana (auténticas ciudades-carbón). La idea era segregar físicamente industria y viviendas (como los ensanches en España de principio de siglo) en zonas (de ahí el nombre de zoning). Pero los modelos desarrollistas de ciudad, al final, eran incapaces de evitar la segregación de usos y personas en la ciudad, y se zonificaba según actividad y renta (barrios ricos, pobres, ciudades dormitorio, etc.). Y lo peor, obviaban su coste energético (total, era casi gratis). Lo absurdo era que el coste del suelo fuese superior a los costes energéticos a medio plazo, pero funcionaba.

Pero en los 70 llegó el patapám: la crisis del petróleo de octubre de 1973 obligó a repensarlo todo. Siempre es lo mismo en el colapso: como nos recuerda Rubin, el modelo se ha construido sobre energía de suministro seguro y precio bajo; cuando alguno de los elementos del modelo cae (sube el precio, crisis geopolítica…), pues cae todo. Así que el urbanismo difuso derivado del desarrollismo de la postguerra, segregado del downtown, ya no era eficiente ante los elevados costes del combustible. Como ejemplo más claro, el del  urbanismo sprawl americano (los barrios residenciales suburbanos del automóvil) fundamentado en una movilidad barata. Demasiada dispersión. Carísima. No sirve. En un escenario de costes energéticos crecientes ¿qué retos presenta el urbanismo? la solución más inmediata es obvia: optar por la contracción y concentración obligada por el alto coste de la movilidad privada, con elevado coste social. Como dice Zygmunt Bauman, la ciudad es el espacio de los extraños: “socialmente distantes aunque físicamente cercanos. Forasteros dentro de nuestro alcance físico. Vecinos fuera del alcance social“. Pero es que ciudad es hoy PIB. Ese fenómeno de crecimiento de las grandes ciudades (lo que se llama concentración expandida) puede derivar en el paisaje global que Richard Florida denomina “archipiélagos urbanos”: contadas megalópolis hiperconcentradas (como Sao Paulo, Bombai, Tokyo o Mexico DF) con millones de habitantes rodeadas por… nada (en términos relevantes de PIB, se entiende).

Richard Rogers en 1995 fue el primer arquitecto en dar unas charlas en la BBC Radio 4 (las prestigiosas Reith Lectures). El tema: “Sustainable city“. Toma ya. Esas charlas se recogieron más tarde en el libro “Ciudades para un planeta pequeño”. Rogers tiene unas ideas diferentes que, aparentemente, parten de una reflexión de ciudad. Rogers propone asimilar las urbes a metabolismos orgánicos: las ciudades vendrían a resultar un black box con entrada de materias primas (inputs) y salidas de residuos (outputs). O sea como un organismo vivo. Distingue dos grandes tipos de metabolismo: el lineal, que consume y genera residuos en grandes proporciones, y el circular donde se minora el consumo de nuevas materias primas y se maximiza el reciclado de residuos: el flujo de materia es circular y se reaprovecha el residuo. Para avanzar en esa circularidad, proponía adaptar las urbes a modelos de ciudad compacta (cohesionada socialmente, de trama urbana compacta, cercanía de servicios, producción local de energía, reciclaje) como las mediterráneas, contrapuestas con la ciudad difusa como la típica norteamericana (de uso masivo del vehículo, exigencia de suelo, impermeabilidad social, pérdida de la unidad, externalización de impactos energéticos).  En ese modelo el uso eficiente de las materias primas en general, buscando el máximo reciclado, es el elemento clave.

Otro modelo existe, por tanto. Mejorado y memorable: integración de infraestructuras energéticas y de servicios, creación de espacio público, integración del verde, movilidad inteligente,  construcción low carbon, autoproducción energética, reciclado,espacios para la relación. Entender y recuperar el modelo de Howard que, en el fondo, buscaba dar respuesta a las grandes migraciones. PIB pero sin perder la habitabilidad. Organismos… sí, pero habitables. El urbanismo como reductor de conflictos. Luego resulta difícil de implementar: precios del suelo, arquitectos divos, urbanistas de medio pelo, promotores voraces, predominio de la estética, reduccionismo a zonas verdes… Muchas tentaciones (incluso el mismo Rogers y su chapuza de Valladolid). No es un decálogo. El papel de la arquitectura es clave no sólo para la recuperación de la habitabilidad urbana, sino para la propia sostenibilidad del modelo, y no sólo energético sino principalmente social. Dice Rogers: “ciudades bellas, seguras y equitativas“. Igual basta con las dos últimas. Las actuaciones de sostenibilidad en el urbanismo no pueden ser acupuntura. Y lo parecen.

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Acerca de David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) is an Industrial Engineer by the UPC and MBA by ESADE Business School and Ph.D (c) in Economy. All his professional career has been devoted to solve problems in the energy sector, starting with renewables in 1995, and currently lives in Buenos Aires (Argentina). Blogging at www.davidruyet.net is an opportunity to share opinions about current topics regarding to energy and economy.
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