¿Se acabó el trabajo? (y V): Epílogo

Pues no; para según qué parece que no se necesita personal...

Hace unos días la OCDE exigía medidas urgentes para reducir el desempleo mundial. La OIT, la agencia del trabajo de Naciones Unidas, contaba en su informe “Tendencias Mundiales del Empleo 2014” más de 200 millones de desempleados en el mundo en 2013 (202 exactamente; el 6% de la masa laboral mundial). Los más perjudicados son los jóvenes: hasta 74,5 millones de potenciales trabajadores de menos de 24 años están desempleados (el 13%, es decir más del doble de la tasa general)… Por regiones (¡atención!) el 45% está en… ¡Asia! pero no en América Latina (ya sabía yo que no me equivocaba viniendo acá…). La gran crisis del 2008 destruyó una enorme cantidad de empleos: más de 62 millones estarían asociados al crack. Si las cifras son desalentadoras, la tendencia según la OIT es… empeorar. Efectivamente, en los próximos 3 años se esperan hasta 13 millones de nuevos parados. Y si bien se crearían empleos, estos serían absorbidos por los trabajadores que se incorporan al mercado, con tendencia a aumentar el desempleo de larga duración (como se contó acá), el empleo precario y el informal (“en negro”, vaya).  Además, el previsible aumento demográfico hará más urgente crear nuevo empleo: la IOM estima que será necesario crear unos 600 millones de puestos de trabajo durante 15 años para mantener constantes las tasas de empleo. Parece complicado…

El siglo XXI, por tanto, parece que no varía la tendencia a la modificación estructural del empleo de toda la industrialización. La duda es qué estructura queda… Con el fin del XIX desaparecieron, a la práctica, los campesinos; con el XX, los obreros industriales. El XXI deja un páramo para determinados perfiles laborales. Cada nueva etapa del capitalismo, con sus disrupciones tecnológicas, ha ido finiquitando la workforce que la fundamentó. ¿La famosa destrucción creativa de Schumpeter aplicada al trabajador de a pie? Parece… A principios del siglo XX, los abonos nitrogenados sintéticos, que aumentaron los rendimientos productivos en el campo, transformaban las explotaciones agrarias. A finales, las revolucionarias TIC permitían transformar el capitalismo “industrial” del siglo XX en un nuevo capitalismo “financiero”, donde trabajador y capital dejaban de colaborar. En consecuencia, la cadena de producción obreros-ingenieros-directivos quebraba (recuerde el segundo post de la serie) buscando organizaciones más esbeltas. Los sucesivos progresos técnicos, además, expulsaban a todo aquel trabajador que no se pudiese adaptar al nuevo entorno. Las subcontratas sustituyeron a los obreros y las consultoras a los ingenieros. La externalización era el nuevo paradigma.

El aumento de la eficiencia técnica ha ocurrido más rápido de como se afrontó el problema de la absorción de la mano de obra; la mejora del nivel de vida ha sido algo demasiado rápida, el sistema bancario y monetario del mundo han evitado que la tasa de interés caiga tan rápido como equilibrio requiere“. Esto (sorpréndase) lo escribía Keynes en 1930 en un corto y célebre ensayo -en realidad una conferencia pronunciada en Madrid- denominado “Economic Possibilities for our Grandchildren“. Keynes, ya pensaba entonces en los efectos de la tecnología como generador de desempleo: “nuestro descubrimiento de medios de economizar el uso del trabajo va descompasado con la capacidad para encontrar nuevos usos para el trabajo”. Aumentar la productividad con la automatización reduce, en la teoría, el uso de mano de obra y aumenta los ingresos. Idealmente, en la teoría, eso genera una demanda de nuevos productos y servicios que, a su vez, crea nuevos puestos de trabajo para los trabajadores desplazados. Sin embargo, no ha sido así. Hoy la confusión es el nuevo paradigma. Los bruscos cambios tecnológicos y sociodemográficos de los últimos años -en un mundo de por sí demasiado complejo- han desequilibrado al sistema. Esperemos que sólo sea de forma transitoria.

¿Que aspecto tiene el trabajador del futuro? Premio para el que lo sepa..Los perfiles demandados hoy son muy distintos a los que se buscaban sólo hace unos pocos años. Como preveía Keynes, emergen nuevos perfiles profesionales ante el cambio tecnológico. Hoy el obrero urbano sin cualificación suficiente viene a sufrir tanto como el herrero o el trabajador en un telar cuando les cayó encima la revolución industrial. Occidente ya es un mundo sin fábricas y con una profunda histéresis en la persistencia del desempleo. No obstante, intentemos contestar a la pregunta. ¿Como va a ser el nuevo trabajo? Pensando en las economías -digámoslo así- más maduras, donde las interacciones entre agentes y sectores son más complejas, y el gran peso de la producción no es de la fabricación industrial a bajo coste, podemos intuir algunas tendencias (en orden aleatorio, por supuesto…).

1) Menor intervención estatal y peso de los sindicatos: esa tendencia parece irrefrenable. El peso de los sindicatos va a la baja, y el clásico asociacionismo salarial no parece que cuaje mucho en la masa laboral. La postmodernidad es, básicamente, individual. Sólo las economías llamadas “emergentes” (en realidad, ya emergidas), que han optado por el proteccionismo para defenderse de las potencias del G8, quedan como ejemplos de estatización, intervención constante o gran peso de lo público.

2) Necesidad de nuevos perfiles: el aumento de la productividad en un sector (causa de progreso) le obliga, a la vez, a eliminar empleos. Si hace un siglo algo se producía con 100 horas y hoy con 2, eso sólo admite: A) destruir empleo, o B) producir 50 veces más… Pero los progresos en un sector siempre liberan fuerzas para la producción en otro. A su vez, las máquinas evitan empleos que, en realidad, son innecesarios. Por tanto, el reto es pasar de la cantidad a la calidad. Reformarse y reformularse.

3) Desajustes geográficos: los trabajadores con habilidades deseadas pueden ser escasas donde se contrata, mientras que lugares con mayor desempleo pueden crearlo de manera insuficiente. Nunca olvide que las empresas siempre acuden donde el talento es abundante o donde los costes son bajos. “Movimiento es vida”, decía Brad Pitt rodeado por zombies. Razón no le faltaba.

4) Sectores: La gran pregunta es: ¿Cuál es la próxima big thing? ¿El cloud computing? ¿La Nanotecnología? ¿La Genómica? ¿La salud? ¿El cuidado de los mayores? La respuesta vendrá de las nuevas empresas que los emprendedores puedan crear – y destruir – con más facilidad que nunca, del acceso a los capitales inversores, y de la facilidad para constituir esas oportunidades de negocio.

5) Trabajar menos y mejor: el telecommuting (trabajar desde casa), la reducción voluntaria de jornada, las excelencias temporales no retribuidas, la promoción lateral (cambiar de tareas sin cambiar de empresa)… todos esos nuevos formatos, que vienen a ser algo así como “trabajar menos” o, al menos, “trabajar diferente” (y así conseguir un mayor estímulo), se espera que también vayan al alza.

6) Mantenimiento de las cotizaciones sociales en el cambio de empleo: La pensión privada, los ahorros personales y la Seguridad social son (en cada país según corresponda) esa parte del salario que cada vez puede ser más valiosa. Asegurar, por no decir blindar, esos capitales aportados, acceder a ellos, privatizarlos, etc. serán una variable que en los próximos años debería formar parte del paquete retribuido de cualquier trabajador, y que contribuirá a ser más flexibles.

Quiero trabajar

¿Desaparecerá el trabajo? Está claro que no. Porque, en el fondo, la historia del empleo es la misma que la de la economía, como ha podido ver en toda esta serie de posts. Desde la industrialización y el taylorismo, hasta su crisis en el ultimo tercio del siglo XX con el big downsizing, cuando la “economía social del mercado” ya presentaba cierta esclerosis. Ese modelo de crecimiento, de profunda inspiración católica, y creado en los años 40 como única y atractiva alternativa al socialismo-comunismo, entraba en apuros con la embargo del petróleo de los 70. La única forma de soportar ese escenario de costes crecientes (porque energía es economía), era una devaluación interior (en términos reales)de las economías occidentales tan consumidoras de petróleo como dependientes de él. En ese momento (tanto en el 70 como en el 79) fue imposible reducir los salarios (por el peso de los sindicatos), así que cayeron las tasas de beneficio. Sólo aumentaron los beneficios empresariales cuando el pleno empleo dejó de ser un compromiso de los gobiernos, los salarios dejaron de estar controlados por los sindicatos, y se reestructuró la base de la economía productiva en Occidente (pasando de industrial a financiera). Tecnología (las nuevas TIC) y política (el fin del comunismo y el triunfo neoliberal) cambiaron el mundo del trabajo para siempre. La desindustrialización de occidente y la gran globalización mundial son esta última etapa de un entorno laboral cada vez más “líquido” y exigente.

Por lo tanto, el trabajo no se acabará. Mutará en forma y número pero sin desaparecer. Porque, en el fondo, eso es el capitalismo: consumo y destrucción hasta un nuevo estado. Así que desespérense lo justo: los puestos de trabajo que se crearán en el futuro inmediato no se van a parecer a los que se han perdido; los que se acaban de perder, no podrán ser fácilmente cubiertos por los desempleados de hoy. El reto fundamental -a nivel individual y colectivo- es comprender cómo la naturaleza del trabajo está cambiando en cada momento, y cómo preparar a tantos trabajadores como sea posible para esos empleos del futuro, sin dejarse a nadie por el camino. Casi nada…  “La depresión mundial reinante, la enorme anomalía del desempleo en un mundo lleno de necesidades, los desastrosos errores cometidos… nos ciegan para ver lo que está sucediendo bajo la superficie y nos impiden alcanzar la verdadera interpretación de los hechos” decía Keynes en 1930. Probablemente fue así.  Probablemente es así. Probablemente siempre sea así.

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¿Se acabó el trabajo? (IV): la ley del precio único y las grandes burbujas)

La masiva incroproación de los chinos al empleo global

Año 2000. El paso de la economía industrial a la financiera, iniciado en los 80 en Estados Unidos y el Reino Unido, captaba nuevos adeptos entre las históricas socialdemocracias de Europa Occidental. Se extendía, pausado pero imparable, un modelo de crecimiento económico basado en el libre comercio y la libre empresa, aunque muy a menudo cercana al gobierno de turno (ya fuese bajo la fórmula del clientelismo, en los países latinos, o de los lobbys, en los anglosajones). Progresivamente, además, los sindicatos perdían su poder e influencia. Desde 1981 (el año en que Ronald Reagan acababa la huelga de controladores aéreos norteamericanos a lo bestia, despidiendo a 12.172 de los 13.000 amotinados) hasta hoy se cuenta una caída sostenida de más del 15% de las filiaciones a los sindicatos. Con la voluntad del nuevo modelo desde arriba, y sin mucha resistencia por abajo, se iría implantando un nuevo modelo laboral en Occidente. Estaba basado en los contratos temporales para los menos cualificados o los nuevos/jóvenes, conviviendo con contratos más sólidos y con derechos para los más antiguos. A la vez se establecían redes de protección social (básicamente de tipo económico), en la forma de salarios mínimos para los que trabajaban e ingresos mínimos para los que no (ya fuesen subsidios de desempleo más o menos largos, o rentas de inserción con intención de evitar las bolsas de pobreza). No obstante, esa red de seguridad laboral era muy desigual según el país o la región (20% de todo el gasto social en los países de la OCDE; menos del 10% en Asia), tanto en  importes, coberturas, o duración.

En paralelo, la globalización llevaba a China, India y Rusia al capitalismo (casi 3.000 millones de personas). Aunque implantaron algunas reformas liberalizadoras, el suyo era un capitalismo algo sui generis: autoritario, poco o nada democrático, y manejado directamente por el estado. Los emergentes (a los que se unían Brasil y Sudafrica para formar los BRICS) optaban por el proteccionismo de sus economías para crecer, y ese modelo les funcionaba muy bien (Rusia, Brasil, India y China crecieron un +7,9% entre 2000 y 2010). El éxito se basaba en su menor renta (que permitía asumir menores costes de producción) y en su poder demográfico. Y eso era un modelo muy atractivo para las empresas occidentales, que se volcaron a invertir y (des)localizarse allí (esos datos en un informe del Banco de España aquí). Ese modelo marcaba una ley de único precio a escala mundial. Esta teoría económica (no es una ley exactamente) predice que, si no existen barreras al comercio para un producto, no existirán dos o más precios para éste. Con la globalización de los mercados eso aplicaría también al trabajo… ¿Cómo? Fácil: si un tipo en Francia fabricaba lo mismo que uno en China, los dos deberían cobrar lo mismo, porque su producto costaría -al final- lo mismo. A la práctica eso implicaba que, o (1) se cobraba lo mismo que el chino, o (2) se iba al paro, o (3) se hacían las cosas que los chinos no sabían (todavía) hacer.

Porcentaje del sector industrial en occidente¿Y qué hacer? Muchos de nuestros padres vivieron tranquilamente de un grado medio o, incluso, sin estudios. Estar treinta años en una misma empresa no era habitual… De pronto, eso ya no era así. A finales de los 90, no sólo era habitual la rotación laboral, sino que los tiempos de recuperación del empleo en Occidente, tras una crisis, eran cada vez mayores: la revolución tecnológica de los 80 precisaba de nuevas competencias y era preciso reciclarse. El trabajador poco capacitado se había convertido a principios del 2000 en sobreabundante a nivel global.  No obstante, tener una licenciatura o ingeniería tampoco aseguraba nada…  Llegaban los mileuristas, o los JASP, y lo hacían para quedarse, con sus completos CV y… sus sueldos precarios. En su momento, el sistema educativo no había asumido la necesidad de formar en nuevas competencias. Las reformas eran postergadas una y otra vez. La brecha salarial ya generaba desigualdades educativas con formaciones de primera categoría en instituciones privadas, pero cada vez peores en la pública. Si no lo cree, sólo debe revisar la mierda de reformas educativas en España desde los 80, cada vez más mierdas, para entender la mierda de nivel formativo en España). ¿Qué consecuencias de derivaban? una clase media occidental muy poco flexible en lo laboral, sin una buena base técnica de conocimientos, y con ciertas carencias en sus competenciales personales.

Las tasas de la Fed y la generacoón de burbujas. Siempre explotan, pero la de 2008 fue la pera

Un poco antes, desde 1994 (más o menos) una locura inversora centrada en las Tecnologías de la Información y Comunicación (o TIC) recorría los mercados globales. Era el inicio del engorde de la burbuja punto-com. El NASDAQ reventaba en el 2000, después de la inyección loca de capital en muchas empresas que tecnológicamente aún estaban muy verdes como para ser una alternativa a los negocios tradicionales (por ejemplo, Amazon capitalizaba igual que  Alcoa o EBay como JP Morgan… absurdo en 1999). Detectar una burbuja, en el fondo, es sencillo: cuando halle un mercado donde hayan altos volúmenes de transacciones a precios muy distintos del valor económico fundamental, tendrá una. Y ya sabe que (aunque no se quiera creer) las burbujas siempre explotan… Así que a medida que la economía empeoraba en 2001, la Reserva Federal norteamericana (Fed) reducía sus tipos de interés de forma drástica. Greenspan seguiría esa política hasta 2004. Por su parte, el Banco Central Europeo seguía los pasos de la Fed y bajaba los tipos, sin subirlos hasta 2005 . Si bien facilitar el acceso a todo ese capital ilimitado e increíblemente barato tenía por objetivo que las industrias occidentales redujesen sus costes financieros y se adaptasen a ese nuevo entorno global, la realidad fue otra. Todo esa inundación de crédito, escarmentado en la burbuja tecnológica, se fue a otro lado: al mercado inmobiliario (en especial en Estados Unidos, UK, Irlanda y España).

Se creaba así una nueva burbuja (José García-Montalvo en 2003 ya decía esto), sin que a nadie le importase mucho. Y es que con esos negocios casi nadie pierde: la construcción es muy intensiva en mano de obra no cualificada, y con ella el paro cae muy rápido. Además, un aumento del valor de la vivienda favorece al votante medio (que suele tener alguna en propiedad). La revalorización de la vivienda entre 1997 y 2007 fue, por ejemplo en España del +191% según The Economist (la segunda mayor de la OCDE) y superior a la de Reino Unido (+168%) o Estados Unidos (+85%).  Igualmente, la nueva construcción generaba grandes ingresos fiscales para el sector público. Lo dicho, CASI todos ganaban. Con el doping de los tipos de interés bajos las clases medias, cada vez más empobrecidas, no tan sólo vivían del crédito y de comprar productos baratos hechos en China, sino que enloquecían comprando casas con créditos hipotecarios como nunca antes se vio. Además, se mantenía el consumo. El problema es que mientras el crédito fluía en las empresas no hacía falta ser muy creativo… La burbuja crediticia sumió a muchos países en una falsa prosperidad, con un mercado interno boyante, pero de pies de barro. Los planes optimistas de la gente se quedaron en eso: en simples planes. A la vez se generaba un enorme problema que sólo podría resolverse (como sabemos hoy) en el futuro.

La perdida de empleos en las recesiones del siglo XX. Esta clara que esta es la peor de todas..

Tras ese espejismo de economía boyante, seguía la descapitalización intelectual de los trabajadores occidentales. Los “blue collar” o incluso los “white collar” se veían obligados luchar por un salario estancado, en un entorno global de costes laborales deflacionarios (como vio en el post anterior). Elizabeth Warren y Amelia Tyagy detectaban en 2004 los efectos de ese nuevo modelo en su (re)conocido “The two income trap“: las familias occidentales, que disfrutaban de dos ingresos (la mujer ya se había incorporado al empleo de forma masiva desde los 60), no tenían mayor poder adquisitivo que la generación anterior, aunque disponían de un +75% de ingresos.  Muchos de los costos fijos de la familia subieron – cuidado de la salud, cuidado de niños, búsqueda de un hogar de tamaño suficiente, un segundo automóvil para que mamá llegue al trabajo, etc.-, pero a la vez  los servicios públicos bajaban en calidad y cantidad (aunque no así los impuestos que servían para pagarlos…). Como demostraban Warren y Tyagi, no era frivolidad en el gasto, sino que se trataba de la imposibilidad de la familia media de llegar a un escenario de confort en costes. En realidad, buena parte de los compradores de viviendas entendían que era una apuesta conservadora por la seguridad a largo plazo. Incluso más que el ahorro en productos financieros.

The double income trap, o como mas puede ser menos en el mejor de los casos

Efectivamente: porque la solución al problema a la creciente desigualdad no era otro que expandir y facilitar los préstamos a las familias (tuvieran ingresos altos o bajos…). En realidad, facilitar el crédito permitía no afrontar los problemas reales por parte de los políticos. Se obviaba la necesaria reestructuración de las empresas para competir en el mercado global, y se postergaba la necesidad de los trabajadores de formarse en el nuevo entorno competitivo. “Bueno, fácil: enviemos a nuestros hijos a estudiar“. Eso pensaron muchos padres. Al intentar enviar a su hijo a una universidad privada, que de media cuesta unos 50.000 dólares estadounidenses al año, vieron que eso era lo que estaban ganando… ¡los dos!. ¿La solución? Más deuda. Así que no le extrañará que sólo la deuda en préstamos para estudiantes sea de más de 1oo.ooo millones de dólares en Estados Unidos.  Más que lo que se debe en las tarjetas de crédito. Ya sabe cuál es la próxima burbuja: la de los impagos de tipos con estudios superiores de los prestamos que les permitieron estudiar, por sus bajos salarios para devolverlos… Mal escenario para el trabajador occidental en 2010: poco competitivo, sobreabundante y precario, y con una red social que los asiáticos no tienen ningún interés en desarrollar; con el serio riesgo de que mucha de la histórica clase media quede fuera del sistema, o de que muchos trabajadores -de media edad- no vuelvan a acceder al mercado laboral… La amenaza del Low Wage World o el modelo de America Latina importado a la OCDE, aparece hoy más real que nunca…

Puntito

(Continuará en… Parte V: el fin del trabajo)

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¿Se acabó el trabajo? (III): La brecha salarial y la gran deflación

Tian'anmen 1989. Este tipo era un valiente

En 1989 Francis Fukuyama, un politólogo americano de origen japonés, escribía un artículo titulado “¿El fin de la Historia?” que se haría famoso (lo puede leer aquí con otros artículos). Viendo como el comunismo se desmoronaba (el texto es de agosto de 1989: el muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de ese año), Fukuyama planteaba si el liberalismo, sin más alternativas, iba a ser la única ideología desde entonces. Es más:  Fukuyama entendía que se iba a iniciar una época donde sólo sería viable un sistema político: la democracia liberal. La historia (con minúscula, es decir la sucesión de hechos en el tiempo) ya nos había mostrado la derrota del Estado Fascista en 1945 y, ahora, la del Estado Comunista en 1989. Fukuyama entendía que, sin los dos extremos, quedaba todo el terreno libre para la democracia parlamentaria liberal, es decir, la conjunción del libre mercado, la existencia de un marco jurídico estable y la formación de una democracia representativa. Se acababa la Historia (con mayúscula, el espacio de lucha de las ideologías) con la victoria sin oponentes de la democracia liberal. Sin los rusos, los chinos (con Mao muerto y enterrado) no podrían “servir de faro de las diversas fuerzas antiliberales del mundo” según Fukuyama. Ganaba el mercado, pues si las ideologías no eran necesarias, sólo quedaba espacio para la economía…  Era una idea muy interesante: la victoria final de la economía por encima de las ideologías y las guerras (que a partir de entonces deberían ser, a priori, innecesarias).

La caída del muro de Berlin dejaba desnuda a la Unión Soviçetica. Se acababa el siglo XX y la aventura comunistaEn 1989 no sólo caía el “socialismo real” de los comunistas europeos con el muro de Berlín. Entre el 4 de abril y el 5 de junio de 1989, miles de chinos protestaban en la Plaza de Tian’anmen en Beijing reclamando cambios. Unos (estudiantes e intelectuales) pedían cambios políticos: más democracia; otros (obreros, base del PCCh), pedían cambios económicos: la inflación andaba desbocada y el desempleo crecía (recuerde este post). La cosa se acabó por las malas con la toma de la Plaza por parte de dos divisiones de soldados y tanques. Tras esa tragedia, Deng Xiaoping, premier chino entre 1978 y 1997, convencido de que los chinos confundían capitalismo y democracia emprendió una decidida apertura económica. Así que, al revés de los ex-soviéticos de Europa que optaban por la mezcla (neo)liberal democrática, los chinos impulsaban un marxismo con salsa capitalista aux fines herbes: un neocapitalismo autoritario con planificación estatal. Con la URSS en descomposición y la China de reformas, el mundo de 1989 era unipolar (dominado por los estadounidenses),  con un hegemónico modelo socioeconómico en occidente que combinaba -con mayor o menor fortuna- democracia, consumismo, bienestar y modernidad… ¿Cómo resistirse a eso? Si Fukuyama tenía o no razón -cosa que me importa un bledo-, su idea de la victoria de la economía sobre la ideología sí parecía acertada. Porque el mundo en el que el este se enfrentaba al oeste, pasaría a ser el del norte enfrentado al sur. De capitalistas contra comunistas, se pasaría al conflicto de “ricos” contra “pobres”.

Mind the gap, o sea recuerda el hueco… ¿entre los salarios?

1989 iniciaba, además, una brutal apertura de los mercados mundiales y, con ella, la deslocalización de buena parte de la producción industrial. Se aceleraba el proceso iniciado con las reformas de Reagan en los 80, donde el capitalismo industrial se convertía en financiero (mire el gráfico de la izquierda). Triunfaban el capitalismo y la globalización, más parecidos -eso sí- a una occidentalización que otra cosa (pregunten a Thomas Friedman). Por el Este y el Sur, las economías planificadas (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los llamados BRICS) entraban en el juego. ¿Cómo? con un enorme poder demográfico, apostando por el proteccionismo de sus mercados internos, y por un capitalismo autoritario, donde el gobierno establecía el 90% de las reglas del juego. Mientras, por el Este aparecían millones de exsoviéticos en 1992 (¿oyó hablar del fontanero polaco?) y más millones de chinos exmaoístas de formas sostenida desde 1994, más o menos (mire el gráfico de arriba). Todos ellos dispuestos a trabajar por unos salarios bajísimos para el Oeste, pero altísimos para el Este.

El aumento de la fuerza laboral de final del siglo XX, con los paises de la europa del Este en 1992 y el crecimiento sostenido de Extremo Oriente desde 1996

Se generaba una enorme deflación salarial mundial que afectaría a los empleos de todo el planeta. Un exceso de oferta laboral mundial (en China por la migración interior desde el campo a la ciudad, y en los países de la Europa del Este emigrando), que se combinaba con el traslado de la capacidad manufacturera mundial desde Estados Unidos y Europa Occidental buscando esos ahorros de costes en el Este (léase China, Polonia, Hungría, Eslovenia, Chequia…). Todo ello pasaba a limitar, cuando no a reducir, los salarios en Occidente. Desaparecían las bases salariales. A la vez, por el Oeste, las empresas adelgazaban por la base, gracias a la revolución organizativa que permitían las tecnologías de la información y la comunicación (o TIC)  como vimos en el post anteriorJeremy Rifkin describía ese proceso en 1996, en el que fue todo un superventas: “El fin del trabajo“. Para Rifkin el efecto neto de la disrupción de las TIC resultó desplazar millones de trabajadores a posiciones laborales inestables, en una nueva época donde el desempleo pasaba a ser, además de global, un elemento estructural. Las complejas TIC permitían hacer más productivos a los trabajadores más cualificados (o que mejor se adaptaban a esa complejidad), y el trabajo de los menos cualificados pasaba a ser menos valorado o, incluso, prescindible. Así, los directivos (sobre el papel más cualificados) eran mucho más productivos (porque, además, las TIC reducían tiempo y permitían trabajar más). Eso iniciaba la brecha salarial: el salario de los menos cualificados podía bajar (o desaparecer), mientras el de los más cualificados podía subir.

La brecha salarial o income gap, que empieza a crecer a mitad de los 90, cuando se juntan la deflacion salarial y el gran downsizing

Piense que los managers fueron una figura surgida tras la crisis de 1929, cuando los directores de las empresas eran, por lo general, sus propietarios. El crash les hizo ver que era difícil para una sola persona gestionar la complejidad del mercado. Debían profesionalizar las empresas, y establecieron directivos empleados (pero no dueños). No eran accionistas, sino asalariados con elevada responsabilidad y, por ello, elevado sueldo y alguna retribución adicional en especie. Eran los tiempos en que Rockefeller decía con orgullo que el mayor salario no debía superar en 40 veces el menor. Hoy es de 430 en Estados Unidos, 147 veces en Alemania o 127 en España (según la AFL-CIO americana). ¿Por qué? La reorganización de las empresas occidentales de los 80 separaba al manager del asalariado de base. Las empresas pasaban a tener una enorme cabeza y un reducido cuerpo (a menudo externalizado). Eran organizaciones más flexibles, donde despidos y promociones eran difíciles de prever. ¿Cómo alinear intereses? ¿Con accionistas que fuesen managers? A veces. La mayoría de veces era complicado: en ocasiones el hijo del dueño (si estaba) igual no era el más preparado; otras veces los managers no estaban interesados en invertir sus ahorros en acciones de su empresa sólo para trabajar ahí (y eso si les dejaban). Así que se optó de forma mayoritaria por convertir a los managers profesionales en accionistas light. Aparecían las famosas stock options, que buscaban alinear el interés de la empresa con el del alto directivo, generando accionistas híbridos que ganaban mucho (incluso muchísimo) si a la empresa le iba bien. De pronto unos pasaban a cobrar mucho y los otros muy poco.

Las fusiones y adquisiciones mundiales desde los años 90 no pararon de crecer. Luego hubo la cáida del Nasdq americano, el 11S, la entrada de los chinos… y la gran recesión

Pero el downsizing había dejado las empresas bien chiquitas. Les quedaba el llamado core business (su actividad central y fuente de su ventaja estratégica) y poco más. Así que en los 90 se iniciaron las fusiones de empresas, las plusvalías, los grandes acuerdos de compra, las grandes firmas, las big five, los campeones nacionales… Aligeradas de personal, ahora buscaban ganar tamaño o, al menos, reducir riesgo. El downsizing de los 80 se había pasado de frenada, aparentemente, y las empresas eran apetitosas para la compra de un competidor voraz. Así que las fusiones eran un interesante elemento defensivo para ganar mercados, clientes, patentes, las famosas sinergias y… algo de tranquilidad para la alta dirección (la de la compradora al menos…). Todo ello resultaba durísimo para las clases medias europeas y estadounidenses: fábricas que cerraban para localizarse en otras geografías más productivas, reingeniería de procesos que se cebaban en las estructuras intermedias, en especial en el segmento de trabajadores 45 a 55 años; subcontratación masiva, con reducida protección laboral, como modelo productivo…

La tremenda pérdida de capacidad manufacturera (o sea industria) de la OCDE desde finales de los 90

En suma reconversiones de empresas, reducciones de plantilla, cierres y traslados al extranjero (las famosas deslocalizaciones), imponían a la clase media global una presión enorme que, en versiones anteriores del capitalismo, estaban limitada a las clases trabajadoras. Efectos que , en el año 1998, Richard Sennet describía como la “corrosión del carácter” en el libro del mismo título. Los cambios en las estructuras laborales vigentes hasta la fecha se modificaban, corroyendo “los rasgos personales que valoramos en nosotros mismos y por los que queremos ser valorados“. El fin del modelo de trabajo y vida profesional pegado a la carrera estable junto a una empresa “para toda la vida” era ya una realidad en toda Europa. Las mejoras de productividad derivadas del nuevo capitalismo eran paralelas a la precarización de sus clases medias. En el año 2000 la duda era cómo mantener el poder adquisitivo de las clases medias occidentales, en serio peligro. Si el consumo se desmoronaba, y la rueda dejaba de girar… Vaya usted a saber… ¿Qué hacer?

Puntito

(Continuará en… Parte IV: la ley del único precio y la gran burbuja)

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¿Se acabó el trabajo? (II): la revolución informática y el big downsizing

El fin de la sociedad industrial, y el paso a la sociedad del conocimiento

En 1969 el filósofo francés Alain Touraine escribió un visionario ensayo titulado: “La societé post-industrielle”.  Sólo pocos meses después de mayo del 68, Touraine ya intuía que algo estaba cambiando. Esas protestas eran el síntoma de una transición que podría, incluso, reestructurar toda la sociedad. Lo cierto es que era imposible seguir manteniendo en Occidente las mayores tasas de crecimiento de la historia, y que se dieron en los “Thirty Glorious“, de 1945 a 1973! Pero es que, además, el rechazo social al agotado sistema fordista coincidía con la crisis del petróleo de 1973. 30 años de costes energéticos ridículos (sobre unos 2 dólares el barril) tocaban a su fin con el embargo de la OPEP. Un nuevo mundo energético llegaba (con la energía nuclear, el gas natural y las renovables) junto con ese cambio de la conciencia social. En 1973, precisamente, el sociólogo de Harvard Daniel Bell (fallecido hace un par de años) escribía “The Coming of Post-Industrial Society“. En ese ensayo daba por acabado al capitalismo industrial (como Touraine), y vislumbraba un futuro inmediato donde esa sociedad productora (para eso estaba pensado el sistema de Ford: producir a gran escala) mutaba a una sociedad de consumidores. Según Bell, la gran empresa industrial del siglo XX (fruto del entendimiento entre el capital y el trabajo y, sobre todo, de la coordinación de las clases sociales) se transformaba en un nuevo espacio donde tecnología, finanzas y  servicios eran los que mandaban. Bell le daba un nombre: “sociedad del conocimiento“.

Los 70 presentaban a esa “nueva” sociedad occidental la GPT más GPT de todas: la moderna informática (es decir, procesar y transmitir datos en formato digital). Esa nueva tecnología sería una respuesta de la contracultura de los jóvenes de los 60 (hippies, estudiantes hartos, comunistas voluntarios, ecologistas…) que iba a cambiar el mundo de sus padres, pues… ¡los informáticos del 78 eran los estudiantes de informática del 68! En 1971, la Intel Corp. Fundada por Robert Noyce y Gordon Moore diseñaba el i4004, el primer microprocesador en un chip de 4 bits. Era la primera CPU como la entendemos y el pistoletazo de salida a la irrefrenable carrera de la mejora exponencial del proceso de datos definida por la Ley de Moore (el de Intel): cada dos años se duplicaría el número de transistores en un circuito integrado. En 1977 Steve Wozniak y Steve Jobs sacaban el Apple II, el primer computador personal fabricado a gran escala. En 1981 IBM replicaba el invento con el IBM Personal Computer que costaba 5,000 dólares, y podía usar un sistema operativo llamado CPM por 400 dólares u otro MSDOS de una empresa -entonces desconocida- llamada Microsoft Corp. (o MS) por 100 dólares, baratísimo entonces y porque cabía en un sólo disco (Disk Operative System o DOS), mientras que el CPM usaba dos.  En 1982 salía el primer clon del IBM PC porque Intel fabricaba CPU’s para todos, y cada año más potentes. Mientas, el tipo de Microsoft, llamado William “Bill” Gates, producía software diseñado para funcionar con los chips de Intel y la rompía. En menos de 10 años el panorama tecnológico diario había cambiado. Y mucho.

La reducción de horas trabajadas, la electricidad, el big downsizing y la mejora que resulto la informatica

Como la electricidad, la moderna informática de los 70 a los 80 (la llamada “tercera generación”o si quiere IT) tendría un rol similar sobre la organización del trabajo: reorganizalo. Sobre 1900, la electricidad permitía competir a las fábricas pequeñas, que no necesitaban ya producir vapor y turbinar como las industrias grandes: bastaba con conectarse a un cable. Además, permitía segmentar y regular la cadena de montaje fácilmente. La IT permitía hacer mucho más que eso: cambiar la forma de organizar el trabajo, por tres interesantes propiedades. Primera: reducía el coste de comunicarse, usando datos digitales, a gran velocidad y en gran número. Segunda: aumentaba la polivalencia del trabajador: un directivo prescindía de su secretaria para redactar una carta; un empleado de banca entraba unos datos y prescindía de cinco interventores; un ingeniero pensaba la pieza y la dibujaba en CAD, y no el delineante… Y Tercera: horizontalizaba el proceso; lo que hacía ahora un trabajador no dependiese de obedecer a su jefe, sino a un programa informático. Por todo eso, la IT era una auténtica revolución para mejorar la productividad: transformaba el trabajo en más intensivo. En pocas palabras, lo que antes hacían dos o tres personas ahora lo podía hacer una sola. Mire el gráfico de arriba: la productividad crecía de nuevo. Con la IT los trabajadores eran más autónomos (el llamado empowerment) por esa horizontalidad y la polivalencia (Toyota ya descubrió que eso mejoraba la productividad; recuerde el post anterior). Pero ahora se disponía de una nueva variable para la mejora de la productividad: la reducción de costes, de estructuras… y de trabajadores.

En todo este tiempo (1970-1980) las tasas de beneficio se habían ido al carajo. La llegada de los islamistas a Irán en 1979 subía el precio del petróleo a máximos históricos lo que las iban a hundir más. Pero iniciando los 80 ocurrían dos hechos muy importantes: por un lado, la victoria de Ronald Reagan en 1980; por otro, el juicio a la Banda de los Cuatro en China (paralelo al control de Den Xiaoping del Partido Comunista Chino –o PCC- en 1981). El comunismo mundial ya estaba en crisis desde 1976 con la muerte de Mao. La revolución cultural, en realidad, lo era sobre todo contra la versión “capitalista” del PCC, que pensaba en otra forma de organizarse. Deng decía desde 1960 sobre el color del gato “lo importante es que cace ratones”, así que la cosa estaba más que clara. Por tanto, sólo quedaba la URSS, porque lo de los chinos -sin Mao- era cuestión de tiempo. Así que a   Reagan se le ocurre en 1983  llevar a la URSS a una carrera loca y carísima por la tecnología militar  (la Iniciativa de Defensa Estratégica o“guerra de las galaxias”, que nunca fue criticada por el Papa polaco Juan Pablo II). En paralelo le abre múltiples frentes con guerras en terceros países. Y luego les remata: caída de precios del petróleo por falta de oferta y subida del precio del dólar, etc.. ¡Zas! Con Bush Padre ya, la URSS (por cierto, sin IT) llega totalmente ahogada a noviembre de 1989, con un pragmático como Gorbachov para liderar la transición. Se acabó el comunismo “real”. Caía el Muro de Berlín y, a la práctica, finalizaba el siglo XX.

La cadena de montaje de Ford se convertía en otra cosa. ¿Que cosa? Una serie de perfiles polivalentes en paralelo

En paralelo, además de esa estrategia, Ronald Reagan nombraba en 1980 como secretario del Tesoro a Donald Regan, empezando la desregulación, o la llamada Reaganomics. Siguiendo los postulados de Milton Friedman y los Chicago Boys, el eje central de la economía pasaba a ser la acción individual y la reducción de la función del Estado. Sólo reduciendo el Estado puedes cobrar menos impuestos (los máximos bajaron del 70% al 28%). No obstante no se redujo el gasto público: había que pagar la “guerra de las galaxias”. Estados Unidos pasaba a ser una nación deudora, tendencia que no dejaría hasta hoy… La razón era sencilla: tras el fin de la II Guerra Mundial (y para evitar la tentación libertaria del comunismo) había que demostrar que el capitalismo podía ser igualitario. Era necesario el estado del bienestar y en Occidente se asumió el pacto keynesiano del desarrollo económico y pleno empleo, lo que resultó un éxito. Caído el muro, ya no era necesario el estado protector, cosa que Reagan y Thatcher aplicaron rápidamente y que la IT permitía con tasas de beneficio crecientes. Esta semana se dieron cuenta en Holanda… Al capitalismo industrial fundado sobre la base del compromiso social entre capital y obrero (y los ingenieros por en medio) le sucedía otro diferente. En la empresa industrial del siglo XX se producía el alineamiento de los managers, los ingenieros y los obreros con un objetivo común, y lo que algunos autores denominan contrato social de la industria. En la empresa post industrial, los ingenieros se contrataban desde consultoras, y los obreros eran subcontratados desde empresas contratistas más chicas. Quedaban los managers y la mejora productiva.

Era el inicio de la re-engeniería de las empresas: el rethinking, el resizing, el downsizing proactivo y el reactivo… Las economías a escala habían desaparecido en los 80 con la revolución informática. Con la multitarea el tamaño ya no importaba y, por lo tanto, todo era fácilmente segmentable y reducible. Llegaban los servicios que pronosticó Daniel Bell. La obsesión de las empresas por ser más delgadas y más eficientes las llevaba a desmembrarse… Era el gran downsizing. Empresas cada vez más pequeñas, estrechas, y esbeltas. Post-industriales, como pronosticaba Touraine. Además, la empresa industrial necesitaba tamaño para competir y, a la vez, lo que se denomina integración vertical: controlar sus materias primas y llegar al cliente; posicionarse de forma eficiente en toda la cadena de valor. En la empresa post-industrial el beneficio estaba en la externalización, la subcontratación, la deslocalización o, simplemente, en la diversificación financiera. La desregulación financiera hacía el resto, fomentando la creación de empresas financieras y no industriales. Ahí estaba el valor. Comprar empresas y desmembrarlas como hacía el putero de Richard Gere de “Pretty Woman“. Nada que ver con la eficacia técnica. Muertos los sindicatos, sin posibilidad de resurrección, los managers dejaron de fijar su salario con referencia al de los obreros, y sí con el de la generación del valor (era la única métrica asociable). Llegaban los bonus. Porque la IT era básicamente una revolución gerencial: la gestión eficiente de la información permitía transformar de forma radical la organización del trabajo moderno. Eso iba a cambiar totalmente a Occidente.

Pero la cosa no acabaría ahí. Estaba también Oriente.

Puntito

(Continuará en… Parte III: la brecha salarial y la gran deflación)

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¿Se acabó el trabajo? (I): De la revolución industrial a Toyota

Miles de desempleados espera fuera del State Labour Boreau en NEw Yoek en 1933. 80 años despues estas colas están igual en el sur de Europa

Que 1 de cada 3 personas que pueden trabajar no lo hagan es -además de un problema enorme- la constatación de un fracaso. España (país al que le pasa eso) tiene hoy unos seis millones de parados y una tasa de paro que puede llegar al 27,8% según la OCDE. Desde que comenzó la crisis, en Norteamérica primero y en Europa después, unos dos millones de personas han abandonado el país, el 25% desde Cataluña (yo uno de ellos).  ¿Es un país de vagos? ¿De estúpidos?  ¿Nos han echado el mal de ojo? Creo que no. Dicen que cuándo se vuelva a crecer, volverá el empleo. Pero eso tardará, pues España precisa de una elevada tasa de crecimiento para generar empleo (si se aplica la ley de Okun a España al menos hace falta un +2,5%). La crisis generada por el estallido de la burbuja de deuda, mutó de financiera (cayeron bancos, se secó el crédito) a económica (se frenó la demanda), y, de ahí, a a fiscal (los gobiernos occidentales emitieron deuda para generar gasto público y ahora no saben como pagarla). No se crece porque no hay crédito; y no hay crédito porque los bancos están hechos mierda; y los bancos siguen así porque… ¡correcto! ¡no se crece! ¿Pero es sólo crecimiento?  La idea de este post (y los siguientes) es  discurrir sobre qué ha pasado con el trabajo, y plantear si el trabajo (al menos como lo entendemos hoy) podría llegara a ser un lujo, a algo en vías de extinción…

¿Cuándo empezó el “progreso”? Los trabajos de Angus Maddison nos dan una respuesta. Este señor, fallecido en 2010, estudió la historia del crecimiento económico con intención de “explicar porqué algunos países consiguieron mayores tasas de crecimiento y un mayor nivel de renta que otros”. Muchos de los gráficos de Maddison (como “A history of world GDP”) son clásicos instantáneos. Verá del gráficos que los países con mayores poblaciones crecían más, pues el tamaño de la población era el factor determinante de la economía. El mercantilismo propio de los grandes imperios, base de la creación de los grandes estados nación europeos desde el siglo XVI, se truncó (Sobre 1820) con la revolución industrial iniciada en el XVIII. La economía tradicional basada en el trabajo manual (o sea más trabajadores, más crecimiento) fue reemplazada por otra dominada por la industria, donde la tecnología era la clave. Piense que en el siglo XIX Inglaterra dominaba el mundo con menos del 2% de la población, sin que China la siguiera ¿Cómo era posible? La mecanización de la industria textil, primero, el desarrolló de la moderna metalurgia después (el IronBridge, el primer puente metálico, se construyó en 1779),  la máquina de vapor (la primera gran “general purpose technology” o GPT, si obviamos la imprenta y la rueda) y la famosa Spinning Jenny de Hargreaves cambiaban el escenario. Todo ello permitía aumentar la cantidad de productos producidos y, a la vez, reducir sus costes de fabricación.  Lo que se llama mejorar la productividad, vaya. Y por el numerador (lo que se produce) y no el denominador (lo que gastas en producir).

Evolucion comparada del PIB de diferentes paises durante los últimos 1000 años. ¿Qué paso en 1820? ¿Y en 1980?

El paso siguiente fue una nueva forma de organizar el trabajo. Llega el siglo XX. La nueva producción en serie, o en cadena, simplificaba tareas complejas en varias operaciones simples, para que las pudiese realizar cualquier obrero sin necesidad de tener excesivo (o ningún) conocimiento técnico. En 1901 se empezó a fabricar un horrendo automóvil de gasolina: el Olds Curved Dash. Antes de que Henry Ford popularizase la idea de la producción en cadena, el Sr. Ransom Olds fundaba la Oldsmobile y diseñaba el primer coche producido en serie, que venía a costar unos 650 dólares. Olds separaba las piezas para una fabricación simple, que luego eran ensambladas ordenadamente en la cadena. Si en 1901 construía 425 autos, en 1905 ya fabricaba 5.000 al año. Exitazo. Sin darse cuenta, se empezaban a fabricar automóviles low cost. La vida es dura, y la historia atribuye la cadena de montaje a Ford, pero el primero fue Olds… Ni Ford ni Olds inventaron nada nuevo: era el mismo vehículo de cuatro ruedas (con los neumáticos de Dunlop de 1888) impulsado por un motor de dos cilindros y cuatro tiempos, refrigerado con agua y sin marcha atrás, que había desarrollado Carl Benz en 1893. Pero… ¿realmente se les ocurrió a estos dos la división del trabajo complejo en unidades sencillas?Frederick Winslow Taylor proponía la llamada “organización científica del trabajo”: dividir el trabajo en unidades sencillas, especializar del trabajador y, en especial, estudiar los tiempos dedicados a cada tarea. El tratado de Taylor “Scientific Management” probablemente fue el primer gran tratado del management moderno. Ford tomó muchas ideas -no todas- de Taylor, la principal: “Hardly a workman can be found who doesn’t devote his time to studying just how slowly he can work”. Una población no cualificada, inmigrante y con escasa cultura, por no decir ignorando el inglés (el “melting pot”), y una actividad sencilla y repetitiva por persona aseguraban la producción.

La cadena de montaje de Ford. Aburrida, aburrida, aburrida y eficiente en costesEsa organización, con tareas tan aburridas, no era perfecta: los obreros estaban hartos de hacer siempre lo mismo. Las bajas, renuncias y ausencias se multiplicaban. Ford no sabia qué hacer. Y se le ocurrió el (famoso) “Five dollar a day salary”: en 1914 dobló el salario de todos sus trabajadores. ¡Tachán! las bajas desaparecieron. Al día siguiente del anuncio, 10.000 tipos hacían cola en la fábrica. Éxito. Ford se basó en la estandarización (había un único modelo, el Ford Modelo T, en “any colour that he wants so long as it is black”)  y una enorme expansión de mercado (se producía un auto en menos de 2 horas a costes bajos). La leyenda dice que Ford quería que sus operarios pudiesen así comprar sus autos. Pues no: sólo quería motivarles. En realidad, consiguió aumentar la productividad con esa subida de salario… (es la “inflación salarial”). El modelo funcionaba: tras el fin de la II Guerra Mundial llegaban los “thirty glourious“, el gran boom keynesiano. Pero cuando no se produce más subiendo sueldos, es necesario subir el precio de los productos fabricados. Y eso es “inflación” a secas. Pues eso empezó a pasar. La revolución de la productividad que fue el fordismo se marchitaba mientras avanzaba el siglo XX… hasta que llegó el famoso “productivity slow down” americano de los 70. El modelo daba síntomas de agotamiento.

%22Eres joven y callate%22 decia el slogan ironicamente. Pues no se iban a callar para nada los guachosObvio que no todo fue el tedio del fordismo, pues enormes cambios demográficos llegaban: el baby boom americano, la entrada masiva de la mujer en el mercado laboral… Pero los movimientos contraculturales que estallaban al final de los años 70 entendían que la “obediencia del salario” ya no era aceptable. El rechazo a la despersonalización Fordista, bajo el que sus papás trabajaban, también se coló en las revueltas de los jovenes del año 68. Piense: el sistema está definido; la tarea está definida; los tiempos limitados; hablen poquito. Estaban hartos; incluso más hartos que sus padres. Y no sólo estaban hartos los (famosos) estudiantes franceses con el paro de la Sorbona y la huelga general de 10 millones de personas en mayo. No. En ese año, los checos se hartaron de los rusos (aunque no les fue muy bien), los americanos se hartaron de la guerra del Vietnam y los japoneses de Zengakuren lo mismo… Aparecen algunos movimientos violentos anti sistema, por no decir terroristas. La mayoría en países que se habían caracterizado por su enorme desarrollo industrial durante los “thirty glorious” 1945-1973 estallaban en protestas. Los jóvenes occidentales de los 70, más pudientes que sus papás, no iban a tragarse eso de “clase obrera”…

¿Qué hacer? El mundo industrial giró sus ojos a… Japón, un éxito de competitividad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (+10% anual de 1960 a 1980). Cierto es que durante el siglo XX el teléfono, la electricidad o el motor de combustión eran GPTs con el potencial de alterar  la sociedad, impactando en las estructuras socioeconómicas existentes. La electricidad permitía a las fábricas organizarse de forma diferente y competir. Las pequeñas fábricas, los pequeños artesanos podían acceder a la energía sin los problemas de las máquinas de vapor, y a un coste nunca visto. Hasta entonces una fábrica implicaba un gran patrón, capital, y… Ya no. Llegaba un democrático small is beautiful energético. La electricidad, además, era básica para el adecuado control de tiempos y mecanizar la fábrica. Y con ayuda de todo eso, Toyota (en realidad, su ingeniero Taiichi Ohno) le daba la vuelta al modelo de Ford. Ohno imaginaba la fábrica al revés: el montaje iba tirando de los materiales precedentes, que se incorporaban justo a tiempo en el proceso (Just in time), porque era el pedido el que desataba la producción. Eso precisaba de trabajadores más flexibles, y se admitía que se corrigiesen entre ellos. Bastaba con unas simples tarjetas (el kanban) que los operarios se pasaban unos a otros con información, estableciendo trabajadores multifuncionales, no sólo obedientes… No había informática aún, pero la idea estaba ahí. Y se corregían como grupo, buscando los “cinco ceros” de Toyota: cero errores, cero averías, cero retrasos, cero papeles y cero existencias.  La mejora de productividad se podía mantener reduciendo la “tasa de producción defectuosa”… ¡el 66%!. Sigue el empleo. Exitazo.

¿De verdad?

Puntito

(Continuará en… Parte II: de la revolución informática al “big downsizing”)

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